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Nuestro compañero el Mekong

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Puestos callejeros con venta de batidos y bocadillos. En la imagen su dueña/o

Laos nos trae un montón de placeres pero, sin duda, el que más apreciamos son los batidos. Fruta troceada con hielo picado, un poquito de leche condensada, almíbar y a la batidora. Los encontramos en casi todos sitios y después de pedalear durante horas, que aparezca un puesto de “shakes”, como aquí los llaman, nos hace olvidar las palizas que manejamos.

Nos dirigimos hacia el sur de Laos así que pasamos por su capital, Vientiane. La ciudad no vale mucho, tiene algo de  aire colonial francés. Incluso tiene una Avenida de los Campos Elíseos, con su Arco del Triunfo y todo. Algo se puede parecer a París la avenida, pero sólo en el orden de los elementos con su arco al fondo y una avenida ancha que llega hasta él.

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Edificio colonial francés en Vientiane

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Campos Elíseos de Vientiane

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Una de las mil cascadas de Laos

Pasamos en Vientiane una noche y nos dirigimos hacia la Meseta del Bolavén, más al sur. La meseta tiene como recurso principal la plantación de café. La zona nos encanta no sólo por el peculiar modo de vida que sus habitantes tienen, sino porque está llena de cascadas. Así, de vez en cuando, aparece lo que para nosotros es un regalo de la naturaleza, una cascada en la que nos podemos bañar. Con este calor no podemos pedir nada mejor así que, aunque sea un poco duro el pedaleo, la zona nos da ciertas recompensas.

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La meseta de Bolavén

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Un Toc-Toc

En la meseta todo parece otro país. Las gentes son de otra etnia, con pieles mucho más claras, hablan otro idioma y la mayoría son agricultores. Trabajan el café o la yuca principalmente y lo trabajan en familia. El padre maneja una especie de tractor pequeño al que llaman Toc-Toc; en la parte de atrás llevan la cosecha y encima de la cosecha van su mujer y sus hijos. Si el hijo es mayor de diez años ya está capacitado para manejar el Toc-Toc, así que no es sorprendente ver niños manejando ni estos peculiares vehículos, ni motos. Las mujeres fuman como carreteros. Bien fuman largos puros, o bien fuman de una caña de bambú en la que colocan un puñado de tabaco al otro lado del tubo, absorbiendo el humo por arriba. Es curioso ver que sólo ellas fuman. Al verles volver del campo siempre vienen de barro hasta las orejas y, aunque seguro que han hecho jornadas maratonianas, siempre nos regalan sonrisas y saludos divertidos. Si su velocidad no es muy alta, aprovechamos para agarrarnos a su parte de atrás y así nos remolcamos unos kilómetros. Estupefactos, no ponen pegas a nuestra caradura.

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Mujeres contando mazorcas en la Meseta de Bolavén

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Laos rural

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Estirar las piernas es siempre un placer

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Puente de madera

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Búfalos por todas partes

El paisaje cambia por completo, con montañas algo rocosas y bosques algo más penetrables que la selva a la que estamos acostumbrados. Además, hay cascadas, ríos y puentes cada pocos kilómetros.
Pasamos allí unos días yendo de pueblo en pueblo por la meseta, bañándonos siempre que podemos y bebiendo mucho café. Aquí está buenísimo y nos lo ofrecen vayamos donde vayamos. Hasta pedaleamos con más energía de vez en cuando.

Aunque estamos en época de lluvias, no nos estamos mojando demasiado. Cada vez que llega el monzón nos cobijamos en los miles de techados que aquí instalan para la ocasión. Además es una buenísima ocasión para conocer gente. En esos techados siempre hay motoristas, que suelen ir con 3 o hasta 4 pasajeros y algún que otro ciclista esperando que pase el chaparrón. Es alucinante ver llover así. Llueve con una fuerza y una violencia espe
ctaculares pero como ya están acostumbrados, ellos hacen vida normal. Además, las infraestructuras están bastante preparadas para ello. La mayoría de casas son elevadas y de madera. Así cada vez que vamos a una casa hay que subir una escalera. Abajo suele ser lugar de reunión para comer o guardar un coche y animales.

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Parada en un techado mientras esperamos a que pase el chaparrón

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Un chiringuito a orillas del Mekong después del monzón


Vista y vivida la meseta, nos dirigimos hacia Camboya haciendo escala en las “4000 Islas”; un archipiélago que se forma en el lado laosiano del Mekong justo antes de entrar en Camboya. Pasar unos días allí nos apetece por ser unas islas con un estilo de vida muy tradicional, muchas cascadas y playas muy bonitas. Además, para llegar hasta allí la carretera va por la orilla del río, así que pedaleamos sin esfuerzo y con buenas vistas en todo momento.

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Un señor reparando su red antes de ir a pescar por el Mekong

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Puente de madera encima de unas cataratas.. Resbalaba tanto que mejor pasarlo a pie

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Arrozales vayamos donde vayamos

De vez en cuando hacemos paradas en unos chiringuitos bastante peculiares. Muchos de ellos están, literalmente, encima del río; las mesas, colocadas encima de un agujero que dejan ver el Mekong por debajo, están preparadas para que uno pueda comer con los pies en remojo. Pero eso no es lo más surrealista de la situación. La primera vez que vamos a uno de estos bares, colocamos nuestros pies en el agua y nos invade un extraño cosquilleo en las plantas de los pies que nos hace sacar los pies del agua inmediatamente, mojando nuestro plato de comida y parte de la mesa. Las que regentan el chiringuito nos explican que son peces, que no nos asustemos.

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Chiringuito donde los peces te hacen podoterapia

“Es que nos están mordisqueando”, le explicamos.

Ellas, muertas de risa, nos explican que es bueno que nos mordisqueen, se comen pieles muertas del pie. Un mes antes, en Tailandia, vimos alguna tienda donde la gente metía los pies en acuarios y cientos de peces les comían la piel seca. Nosotros no nos vimos atraídos por ese peculiar tratamiento. Ahora, en Laos, se repite la situación pero de forma natural. Finalmente nos acostumbramos a ello y hasta nos resulta agradable. Así que si alguien se anima a pedalear por Laos puede contar con café delicioso, cascadas preciosas donde darse un chapuzón y podoterapia gratuita.

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Templo Wat Phou en Champasak

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Día de barros

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Lagos de nenúfares

El peor día es aquel que decidimos ir, en vez de por la carretera, por un camino menos transitado y con pueblos más remotos. Mala idea la de ir por allí en época de lluvias. Sólo conseguimos avanzar 40 kilómetros en 7 horas de pedaleo. Hay tanto barro que no es posible avanzar en bicicleta y nos toca empujar como nunca. Empujar una bici cargada es una labor dura ya que es fácil que se caiga, el barro ralentiza mucho porque nos hundimos en él y frustra mucho. Además, el barro se acumula en el
guardabarros y se seca. Una vez seco choca con la rueda y es bastante difícil avanzar; es como si nos pusieran un freno. En efecto conocemos pueblos encantadores rodeados de jardines de nenúfares y verdes arrozales donde búfalos pastan a sus anchas que jamás olvidaremos. Sin embargo, al final tenemos la suerte de que esa carretera termina por la inundación y un barquero nos cruza al otro lado, a nosotros y a nuestro barro.

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Pedaleando entre arrozales

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Por fin el fin del camino embarrado, salimos de allí en barca

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Llegando a las 4.000 islas

Las “4000 Islas” albergan encantos como una especie única de delfín, pueblos de pescadores, cascadas y playas de río preciosas. Nada de ello conocemos porque nada hay como una hamaca a la orilla del río después de varios duros días de bicicleta. De ahí no hay quien nos mueva durante dos días antes de encarar la carretera rumbo a Camboya.

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Nuestras vistas desde el bungalow en Don Khon, una de las 4.000 Islas

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Nuestra actividad principal en las 4.000 Islas

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El mojilao. Un mojito de licor local de arroz que nos alegró más de una tarde

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Búfalos al agua


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Sabaidee Laos

La proa de la canoa con la que vimos el Lago Inle

Qué pena da irse de un lugar en el que estamos a gusto. Así estamos en el lago Inle, donde hemos conocido a una pareja de colombianos con los que intimamos y vemos todo lo que hay que hacer en este espectacular lugar.

Conocer el Lago Inle nos supone zambullirnos en una cultura de la que no tenemos ni idea y que es única en el mundo.

En este lago los pescadores tienen una forma única de pescar. Solos, manejan canoas de unos 5 metros de longitud. Se colocan en la proa manteniendo el equilibrio de forma asombrosa y, con un remo larguísimo que sujetan con una pierna, justo detrás de la rodilla, consiguen remar moviendo la pierna con una agilidad admirable a la vez que lanzan sus redes. Verles en acción es un auténtico espectáculo; su equilibrio, mientras se apoyan con un solo pie en una canoa estrechísima mientras lanzan una red a la vez que reman con un pie, es alucinante.

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Pescadores que reman con una pierna. Lago Inle

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Uno de los monasterios que hay en el lago

Por todo el lago hay islas que son templos donde viven comunidades de monjes budistas, así como pueblos flotantes y hasta huertos flotantes. Su gente vive una vida totalmente ajena al mundo moderno y las comunidades que habitan en
él dependen del lago en su totalidad para subsistir.

Pues bien, después de pasar allí unos días, ajustamos las bicicletas, que ya llevan unos kilómetros encima, nos vestimos preparados para pedalear al calor tropical, montamos nuestras alforjas y por último nos despedimos de la encantadora señora que regenta el hostal donde nos alojamos. Muy apenada nos pregunta dónde nos dirigimos. Le decimos que hacia Tachileik, la frontera con Tailandia. De repente la cara le cambia de color y en su inglés infantil nos dice que no, que no podemos irnos. Hay una gripe porcina en el país y han cerrado las fronteras terrestres. Contrastamos la información en Internet y, en efecto, la frontera está cerrada. Sin fecha de apertura. Puede ser mañana como en dos meses. Ella nos dice que vayamos a la otra frontera, la del sur, pero claro, no se da cuenta de que nuestro medio de transporte es una bicicleta. Llegar a la frontera que nos dice puede suponer 10 días de pedaleo y un cambio total de planes, ya que nuestra idea es entrar en el norte de Tailandia para luego ir a Laos.

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El embarcadero del lago, donde se organizan mercados acuáticos

Empezamos a estudiar opciones y la que más nos convence es bajar a Yangon, la antigua capital de Myanmar, y tomar un avión a Chiang Mai, al norte de Tailandia. Así podemos conocer la antigua capital de Myanmar, que nos la íbamos a perder. Todo parece bastante amable dentro de lo que cabe. Cogemos un autobús nocturno y llegamos a Yangon.

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A las 5.30 AM los monjes van por la ciudad recogiendo alimentos que sus fieles les preparan. Yangon

En el aeropuerto de Yangon tengo muchos motivos por los que estar preocupado:

  • Nos piden cuarenta dólares por bicicleta en el avión
  • Vamos con 13 kg de equipaje extra, lo que puede suponernos 130 dólares
  • Son las 14.15 y el avión sale a las 15h

A la azafata del aeropuerto le decimos que en la agencia no se nos ha informado del sobrecoste por el transporte de las bicis. Cuela. La bolsa que pesa 13kg más le decimos que no nos la llevamos y en cuanto se da la vuelta la metemos como equipaje de mano. Cuela. Enseñamos los billetes a todo el que está delante de nosotros antes de la aduana para que nos dejen pasar y llegar al avión que ya está embarcando. Cuela.

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El lago lleno de nenúfares y Magnífica mojándose los dedos del pie

Así que sin saber bien cómo, allí estamos sentados en ese avión de hélices rumbo a Chiang Mai. Empieza a llover de tal forma que pensamos que no va a salir el avión, pero arrancan motores y con todos los pasajeros asustados, el avión despega sin contratiempos. De nuevo estamos en Tailandia, esta vez en el norte, en Chiang Mai, con idea de pedalear hasta Laos.

Chiang Mai es una ciudad llena de templos impresionantes, los barrios tienen las puertas de las casas siempre abiertas y es muy fácil ver la vida tailandesa de puertas adentro. Sus mercados nocturnos nos encantan y volvemos a probar todo tipo de comida a precios de broma antes de subirnos de nuevo a nuestras bicis rumbo a Laos.

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Cada templo es un mundo. Hay algunos que nos dejan alucinados. Carretera a Chiang Rai. Tailandia.

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Gallos de pelea

Pasamos unos días pedaleando hasta llegar a Chiang Rai, la última ciudad grande antes de llegar a la frontera entre Laos y Tailandia. Las carreteras son bastante amables con nosotros. Hay buen arcén, no hay mucho tráfico y el paisaje es precioso. Recorremos verdes montañas de selvas frondosas, muchos arrozales y pueblos con mucho encanto en los que la cosecha de arroz es el pan de cada día.

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Entrando a Chiang Rai

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Arrozales por todas partes

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Todo es sabroso, pero picante

En todos los pueblos encontramos dónde comprar refrescos fríos y platos de comida deliciosa y a buen precio. Incluso nos sorprende encontrar cafeterías modernas con café de autor servido en vasos tamaño XL con tanto hielo como café. Parece que en España la moda de los cafés de autor ha llegado más tarde que aquí. Paramos en numerosas ocasiones a reponer fuerzas en estos cafés. Nos encanta el Mocha helado que en todos sirven, su aire acondicionado a gélidas temperaturas y la conexión wifi que tienen, incluso estando en medio de la nada.

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Café moderno hipster en medio del arrozal

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Carreteras verdes tailandesas

Hace dos años que sigo por las redes sociales a Begoña y Hugo, una pareja de donostiarras que abandonaron una vida acomodada por darse la vuelta al mundo en bicicleta sin fecha de vuelta. Les conocí en Dushanbé en 2015, mientras recorría la Ruta de la Seda. Entonces nos alojamos en casa de una francesa que acogía a cualquier viajero que su medio de transporte fuese una bici y allí coincidimos. Hicimos buenas migas y seguimos en contacto. Habiendo pasado por India, Myanmar, China, Mongolia, Japón, Filipinas y bajado por China, ahora da la casualidad de que se encuentran en Laos y parece que nos cruzamos, así que genial.

Encontrarnos con ellos es una maravilla. Escuchar sus historias, la de anécdotas que tienen que contar después de recorrer todos esos países y verles de nuevo nos encanta. Nos despedimos al día siguiente después de pasar un día entero con ellos. Con mucha pena les damos un hasta luego y recorremos los 10km que nos quedan hasta la frontera con Laos.

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La eterna pelea de las aduanas y las bicis

Llegamos a la aduana y, después de bastantes problemas con mi pasaporte, conseguimos entrar. La idea es bajar el río Mekong hasta Luang Prabang en un barco. La carretera es bastante montañosa y siendo la época de lluvias no es lo más recomendable pedalear por allí, así que al día siguiente nos embarcamos durante dos días en ese barco que nos lleva hasta Luang Prabang.

El barco es bastante grande y los asientos son asientos de coche usados que han clavado en el suelo de madera para que la gente pase la travesía lo más cómodo posible. No hay más que un solo piso y el techo es de chapa, donde van nuestras bicis. El capitán va delante bebiendo cerveza sin descanso y detrás vamos un grupo de unas 50 personas, todas sentadas en esos bancos poco uniformes ya que hay asientos que pueden ser de un Mercedes 190 como de un Toyota Corolla. Hay una tripulación de tres chavales que ayudan al capitán cada vez que se para en las aldeas de la selva a recoger pasajeros. Con enormes palos de bambú tocan el fondo y dirigen el barco hacia las playas donde hay pasajeros. Les recogemos y seguimos río abajo.

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El slow boat que baja el río Mekong hasta Luang Prabang

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La vida dentro del barco

La gente viene cargada con todo tipo de enseres de lo más dispar como sacos de alimentos, gallinas o electrodomésticos. Toda la carga la sitúan en un almacén que tienen en la parte de atrás, al lado del sonoro motor de gasoil que hará que este peculiar barco descienda el Mekong. Cada parada, el barco se llena de un humo negro que nos hace tener que taparnos la boca para no inhalar gasoil. A mitad de camino hace parada en Pakbeng, allí nos depositan hasta las 9 de la mañana del día siguiente donde el barco zarpará rumbo a Luang Prabang. Pakbeng es un pueblo de piratas de río en el que no hay nada, pero hay de todo. La impresión al llegar es que no hay nada, pero luego al llegar te ofrecen de todo, hay bastantes restaurantes y también muchas tiendas de comida. Está claro que la principal fuente de ingresos son los barcos que por allí hacen escala.

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Pakbeng de noche

Laos nos parece muy diferente de Tailandia; se circula por la derecha, lo cual agradecemos; su gente es amabilísima, la comida tiene influencia francesa debido a su pasado colonial, y el país se ve mucho menos desarrollado que Tailandia. Las sensaciones son muy buenas desde que entramos en este país. Ahora nos encontramos en Luang Prabang, una ciudad preciosa de arquitectura colonial mezclada con impresionantes templos budistas que nos tiene encantados. Por más que recorremos sus calles no nos cansamos de ver sitios preciosos, rincones peculiares y situaciones muy auténticas. Pronto empezaremos a pedalear hacia el sur del país, rumbo a Camboya.

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El Palacio Real de Luang Prabang

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Venta de sombrillas

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La colonial Luang Prabang

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Monumentos budistas en cualquier rincón

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Hay que ir tapada y guapa para entrar a los templos. Magnífica siempre cumple con la ley

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Panadería francesa en Laos

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Acampados en un colegio tailandés. Los niños nos trataron genial

 


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Nuestras primeras pedaladas birmanas

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El delicioso curry de la zona

Es bastante divertido pedir en un restaurante a ciegas. En muchos de ellos, las cartas tienen fotos de los platos, pero si no las tienen, nos paseamos como guardias de la Gestapo inspeccionando los platos de los comensales y mediante señas le decimos al camarero que queremos uno igual que éste o aquél. Que un occidental sudoroso se acerque a tu mesa cuando estás en plena cita romántica a inspeccionar lo que comes no es plato de buen gusto, pero pidiendo perdón antes que permiso se consigue casi de todo. Así nos apañamos para comer nada más llegar a Bangkok, esa ciudad que tanto nos ha gustado a nuestra llegada al sudeste de Asia y en la que comer es siempre una aventura porque casi nunca sabes lo que estás pidiendo.

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A la espera del visado para Myanmar

En Bangkok pasamos tres días de arriba a abajo gestionando el visado a Myanmar, visitando la ciudad, su fascinante submundo flotante y preparando el viaje. Da pena cómo se ha llenado la ciudad de turistas.
En el barrio donde nos hospedamos, los cafés están llenos de gente buscando la señal de wifi y se ven grupos de mochileros emborrachándose como si no hubiera mañana.

Niña dando de comer a los peces en un mercado flotante de Bangkok

Vendedora ambulante en Bangkok

Acabadas las gestiones, volamos a Myanmar y todo son buenas sensaciones.

Se nota mucho menos desarrollo que en Tailandia. En las calles conviven animales con puestos de comida, coches de alta gama con rickshaws, carrozas de caballos con desvencijados camiones y, en el medio de todos ellos, una pareja de ciclistas españoles recién casados buscando cómo ser respetados en un supuesto “ceda el paso”.

Hace poco que el país se ha abierto al turismo y en muchas cosas, se mantiene bastante intacto. Todavía se ven bastantes signos de la dictadura militar que ha gobernado Myanmar durante casi 50 años. Aunque se haya abierto a la democracia, todavía el peso de los militares sigue muy presente.

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Un mercado en el que nos hacemos famosos

Entramos a un mercado a comprar fruta y todo el mundo quiere ayudarnos sin pedirnos nada a cambio. Preguntamos por el precio de unos plátanos y nos ofrecen un ramo entero. Mediante gestos les decimos que sólo queremos cuatro, les enseñamos nuestra forma de viaje y nos regalan la fruta. Si echamos la vista atrás, entrar en un mercado en otro lugar suponía un constante agobio de gente queriéndonos vender algo. Múltiples intermediarios se intentaban sacar una comisión haciendo de traductores y lo único que querías era salir de ahí lo antes posible en busca de un poco de tranquilidad. Aquí nada de eso ocurre, sino que todo el mundo nos sonríe de forma tímida y el día de los plátanos nos enseñan algo inusual. Un elefante se ha colado en el mercado con su dueño. Parece que vienen de un circo o algo y todos le dan de comer lo que pueden. Todos nos avisan de que corramos a hacer fotos.

La sorpresa del elefante

La sorpresa del elefante

Las mujeres van maquilladas con Thanaka, unos polvos que extraen de la madera de un árbol similar al sándalo. Además de aclararles la piel, les protege del sol que aquí cae a plomo desde pronto por la mañana. Los hombres visten con pareo y camisas de manga corta, muy elegantes, y en general no pegan ni sello. El día lo pasan retozando tumbados en bancos o bebiendo con sus compinches mientras sus mujeres se desgañitan vendiendo en puestos callejeros o cosechando en el campo.

Magnífica maquillada con Thanaka

Magnífica maquillada con Thanaka

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Deambulantes de la carretera

En pocos sitios hemos visto tanto trabajo infantil. En casi todos los restaurantes de carretera en los que hacemos un alto los camareros son niños y los que friegan los platos, igual. En los templos siempre hay algún niño intentando vender algún souvenir, y en las tiendas es bastante frecuente verles haciendo el trabajo duro. Pedaleando por las carreteras birmanas, también les hemos visto en trabajos de construcción.

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Trabajo infantil por todas partes

El pedaleo es maravilloso salvo por un factor bastante condicionante: el calor. Hemos venido en una época en la que aprieta el sol muy fuerte y al ser temporada de lluvias, la humedad es altísima. Tenemos la suerte de que este país está lleno de templos budistas, y en toda entrada a todo templo hay tinajas con agua. Ese agua, en vez de bebérnosla, nos la tiramos desde la cabeza a los pies ante el estupor de los monjes que allí habitan.

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Las tinajas de agua a la entrada de los templos budistas

Nos preocupa dónde dormir ya que este país está semi gobernado por una junta militar y en algunas cosas son muy estrictos. Está terminantemente prohibido acampar y es obligatorio dormir en hoteles si eres turista. Además, los hoteles deben tener un permiso para acoger a turistas extranjeros. No está permitido dormir en casas particulares; si una familia acoge a un turista en su casa puede tener un disgusto. Aquí entra el “vacío legal” del turista ciclista, o mejor dicho, del cicloviajero. Si viajas en bici va a haber noches en las que no puedas llegar a ninguna ciudad con hotel, así que o infringes la ley, o bien buscas dónde dormir en sitios que están por encima de la ley.

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Uno de los monjes que nos acoge

La primera noche, después de pedalear bajo un calor abrasador, llegamos exhaustos a un templo en medio de la nada. Es un templo muy grande, con estatuas enormes de sus dioses en color dorado y con flores por todas partes.

Establecemos el protocolo habitual de ciclista que no tiene dónde dormir,  que le ha caído la noche y que está hecho polvo. Sin dudarlo los monjes nos acogen. Nos indican una de las estancias del templo donde podemos instalarnos y, muy amablemente, nos traen mantas y almohadas. No caen en la cuenta de que llevamos de todo para acampar y cuando sacamos nuestro equipo alucinan con nuestras esterillas hinchables y nuestra tienda de campaña. Nosotros estamos felices de poder dormir en un sitio tan peculiar.

Nos traen té y mediante gestos y señales hasta nos llegamos a entender los unos a los otros.

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Conversando sin entendernos

Siendo las diez de la noche no entra ni una brizna de aire. Cada poco tiempo salimos de la tienda a mojarnos pero nada funciona. Seguimos luchando con ello hasta que por fin empieza a refrescar, damos las gracias al viento por aparecer. Cerramos los ojos, nos acomodamos, empezamos a conciliar el sueño y a los quince minutos empiezan los maitines de los monjes. A las 4:30 se levantan con cánticos en un idioma indescifrable y con una campana que acompaña sus versos con voces guturales. Cantan durante una larga hora y después en el templo la actividad es frenética. Vendedores con fruta, fieles, niños curiosos, obreros, camiones que entran… Aquello supuso el fin de una mala noche.

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Arrozales

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Ese señor que nos vende refrescos…

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Los niños de aquí muy curiosos con nosotros

Al día siguiente seguimos la carretera camino a Bagán, una ciudad que cuenta con cientos de templos budistas y es alucinante. Pasar un par de días visitando la ciudad y sus encantos nos devuelve las fuerzas de nuevo.

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La exuberante Bagan

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El interior de un templo en Bagan

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Los miles de medios de transporte en Myanmar

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La entrada a otro templo

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Bagan y su luz

Templo a orillas del río Irawadi

Templo a orillas del río Irawadi

Ahora avanzamos hacia el Lago Inle y de ahí enfilaremos camino hacia Laos con muchas ganas de descubrir lo que nos queda por delante.


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2 Cycle Africa

Un año más cojo mi bici para conocer nuevas culturas. Esta vez será Africa el destino elegido y los países que recorreremos serán Uganda, Ruanda, Tanzania, Malawi, Zambia, Namibia y Sudáfrica. Digo recorreremos porque después de muchos años pedaleando solo, por fin he conseguido a alguien que me acompañe. Mi compañera de viaje y de vida, Lucía (Magnífica para los que la queremos), será con quien realice este periplo. Si digo que estoy contento es poco, así que voy a arrancar con nuestra primera crónica de nuestra llegada a Uganda.

Sería un absurdo pero me encantaría que toda esta gente llevase su pasaporte entre los dientes. Gente tan variada y vestida de tantas formas diferentes hacía que mi curiosidad llegase hasta rincones de todas partes del mundo queriendo conocer sus orígenes y culturas tan diferentes. Al lado de la mezquita se amontonaban mujeres negras sentadas en el suelo compartiendo huevos duros y una comida indescifrable para mí. Sus maridos las observaban de pie pidiendo algún bocado pero ellas sólo compartían sus manjares con sus hijos. Hombres negros con sombrero de cowboy o barbudos con túnicas blancas también frecuentaban la terminal 2 del aeropuerto de Addis Abeba.

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Este aeropuerto era nuestra última escala antes de llegar a Uganda y se podía ver gente de toda África allí reunida. Si pudiera, me habría sentado con cada uno de ellos para saber de dónde vienen y cómo están las cosas en sus países.
Uganda era nuestro destino final para empezar un periplo en bici que nos llevará a Ciudad del Cabo pasando por Uganda, Ruanda, Tanzania, Malawi, Zambia, Namibia y Sudáfrica.
Uganda es un país que está creciendo y en el que se denota cierta prosperidad. El aeropuerto no es tan caótico como otros de este continente en los que he aterrizado, y el visado te lo dan policías encantadores en tan solo media hora después de aterrizar.
El primer test del viaje, la llegada de nuestras bicis, no se superó, y después de buscarlas por todo el aeropuerto nos confirmaron que no estaban en nuestro avión. Ya hechos los trámites salimos del aeropuerto y descubrimos un lugar maravilloso en el que todo el mundo no sólo saluda, sino que saluda con una sonrisa, algo que no puede hacernos sentir más a gusto.

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Por la tarde, nos acercamos al centro en un mototaxi que aquí llaman boda boda a comprarnos una tarjeta SIM. La tienda donde compramos la tarjeta era de lo más peculiar. Al igual que en casi todos los países africanos, los contenedores se aprovechan para vivir dentro, o sobre todo para convertirlos en negocios. Este contenedor albergaba dos tiendas de telefonía divididas por un biombo pero cada una tenía su respectivo cartel de la compañía. En un lado estaba Dorothy con una amiga despachando a cualquiera interesado en MTN, y en el otro estaban dos chicas más jóvenes y más familiarizadas con la tecnología despachando a cualquiera interesado en Airtel, que aquí todavía no se ha convertido en Vodafone como en España.
Nos acercamos a preguntar a Dorothy por las tarifas de datos y al preguntarle, oí un ruido extraño en el suelo del container. Algo descarado me asomé dentro para ver lo que era y mis sospechas se confirmaron. Un comestible y regordete bebé estaba en el suelo tumbado en una manta. No se quejaba ni su esquina le parecía mal. Nos recordó a esas madres primerizas que van por el Retiro y en cuanto sopla una brizna de aire ya están llevando a sus hijos al Gregorio Marañón, no vaya a ser que hayan cogido “algo”. La honrada de Dorothy nos dijo que para tarifas mejores de internet acudiéramos a sus vecinas de container. Eso hicimos y nos despedimos acaloradamente de todas las trabajadoras de las compañías de telefonía, y de su bebé, que yacía feliz en el suelo.

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Al día siguiente tuvimos un día de peleas para localizar nuestras bicis. Tocaba discutir pero aquí las discusiones siempre llegan a buen puerto. Después de gritarme con el director de la oficina de nuestra compañía aérea, acabamos hablando de la situación ugandesa y de los cultivos de eucaliptos que este señor tiene y que pronto le retirarán gracias a los beneficios que está obteniendo de una tierra tan fértil como ésta.

En el vuelo de las 17.40 llegaron nuestras monturas y, si todo va bien, hoy partimos hacia las Ssese Islands, un paraíso de islas ubicadas en pleno Lago Victoria.


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El antillano de Uganda

Después de visitar la selva de Kalinzu y ver sus chimpancés llegamos a Ishaka. Empieza a oscurecer, así que toca buscar dónde dormir. Saliendo de la ciudad oímos un ritmo bastante pegadizo pero no sabemos de dónde viene. A medida que avanzamos se escucha mejor y es algo como música Gospel. Subimos la enésima colinaIMG_0718 del día y nos damos cuenta de que la música viene de una iglesia que hay justo arriba de esa colina. Nos acercamos y allí estaba el coro bailando y cantando al ritmo de un órgano desafinado. Asomo la cabeza y veo que todos se dan cuenta de nuestra presencia. Con cierta vergüenza, Magnífica y yo permanecemos en la puerta de la iglesia. Al segundo se acerca Byron, un joven elegante con chaqueta americana, zapatos puntiagudos y reloj brillante a preguntarnos en qué puede ayudarnos. Le contamos nuestro viaje y que buscamos dónde dormir y nos invita a pasar. Entramos y todo el coro está encantado de conocernos. Nos dedican una canción y la cantan a voz en grito, con bailes y con el órgano a punto de ensordecernos. Es muy emocionante ver cómo viven aquí la música, casi nos arrancamos a bailar con ellos y todo. 

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Pronto llega una señora de edad más avanzada, nos saluda encantada y empieza a dirigir otra canción. Su aspecto es de lo más peculiar, con un vestido rojo y con un peinado que nos recuerda a una menina de Velázquez. El pelo que tiene alrededor de las orejas lo lleva cardado, lo cual le da cierto aspecto medieval y va bastante escotada a pesar de ser domingo y estar en la iglesia. Acaban esa canción y les pide a todos que por un momento cierren los ojos. Algo poseída les implora que expulsen los malos hábitos de sus vidas, que expulsen los espíritus satánicos de su día a día y que se olviden de las costumbres de la fornicación. Lo implora a voz en grito, muy muy acalorada, dando puñetazos al aire y con los ojos cerrados. Todos asienten con la cabeza o con palabras. Por un momento pensamos que estamos en una ceremonia de vudú africana y no en una ceremonia de una iglesia protestante. No nos es nada fácil contener la risa de la situación en la que nos encontramos, así que Magnífica y yo intentamos no cruzarnos miradas para no estallar en carcajadas. 

Al rato llega su marido, el reverendo Adam, que también nos da una calurosa bienvenida y siguen cantando. Una vez acabadas las canciones nos dicen que podemos dormir ahí mismo, en la iglesia, que en un rato nos traerán algo de comer y que nos quedemos. Algo escépticos por dormir en una iglesia, aceptamos. A la media hora viene la mujer del reverendo cargada con fruta, tomates y varios platos para cenar.

De esta velada no hay quien se olvide…

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Cada día nos pasan tantas cosas que al día siguiente, cuando recordamos esas cosas que nos han pasado, parece que nos han pasado hace años. Saludamos a unas 100 personas por día y somos el centro de atención de cualquier lugar que atravesamos. “Muzungu” (blanco) nos gritan mientras atravesamos los maravillosos pueblos que este país tiene, “Muzungu” nos chillan desde el interior de las casas, y los niños nos persiguen corriendo durante kilómetros animándonos en las incontables subidas que hacemos cada día. Estamos alucinados con los paisajes de Uganda y con su gente.

      Es un país muy verde en el que hemos visto selvas con chimpancés, hectáreas de plantaciones de té, preciosos palmerales y muchos paisajes distintos que, al hacerlo viajando en bicicleta, se vive todo mucho más intensamente. Otra característica de Uganda es su “antillano”, y es que desde que dejamos Entebbe no hemos hecho otra cosa que subir y bajar. Después de haber atravesado ya el “antillano” ugandés estamos al lado de Ruanda, donde entraremos mañana.

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La hospitalidad sigue siendo el denominador común en esta gente y casi siempre dormimos en colegios o centros de salud donde nos acogen en cuanto nos ven aparecer con bicis cargadas hasta los topes.

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Bandoleros del pedal

Da pena irse de un sitio cuando te tratan bien, pero estamos muy impacientes por conocer nuestro próximo país, Ruanda.

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Ruanda muy concienciada con el medio ambiente

Cruzamos la frontera con cierta inseguridad por poseer un producto prohibido en Ruanda y no en Uganda, las bolsas de plástico. Están terminantemente prohibidas, solamente usan bolsas de papel, de hecho nos habían contado alguna historia de gente que había tenido que deshacerse de ellas al entrar en el país. Nosotros preferimos arriesgar. El porcentaje de posibilidades de que estalle un tomate o de que se abra un bote de miel en una alforja mientras atravesamos las maltrechas carreteras africanas es altísimo, así que nuestra despensa depende bastante de ellas.

Nada más entrar en Ruanda se perciben varios cambios, y lo mejor de todo es que las cosas buenas de otros países africanos, permanecen. Seguimos siendo saludados por cualquier persona que nos encontramos, nadie borra su sonrisa al saludar y seguimos siendo la admiración allá donde vamos por el medio de transporte que usamos para viajar.

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Ruanda nos recibe con mucha más organización que otros países, y con algo más de desarrollo; las tiendas tienen nevera, las casas son de ladrillo y no de barro, las carreteras están todas asfaltadas y tienen un arcén generoso por el que circular en bicicleta se hace bastante agradable; y digo bastante, y no muy agradable, porque hemos entrado en el país de las mil colinas y vayamos donde vayamos nos toca subir puertos. El paisaje es de quitar la respiración.

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Los arcenes de la carretera desbordan actividad

No sé si por lo maravilloso del paisaje o por el cansancio que manejamos, pero ver esas colinas verdes con pequeños poblados en sus cimas nos hace olvidar por completo las subidas que dejamos atrás.

La lengua oficial de Ruanda ha pasado a ser el inglés hace poco, y se nota en las conversaciones que mantenemos con los locales:

– “Good Morning” – saludamos al pasar.

– “I’m fine”, contestan.

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Los niños nos reciben siempre muy efusivos

O los niños, cada vez que les saludamos siempre contestan “Good morning, teacher”, sin importar quién les esté saludando. Sea la hora que sea, el saludo siempre es “Good Morning”, y a nosotros ya nos lo han contagiado, y sea la hora que sea siempre damos los buenos días.

Es admirable ver la alegría que tienen todas las personas en este país después del genocidio que vivieron en 1994. Fue hace tan poco tiempo que absolutamente todo ruandés se ha visto afectado de una forma o de otra, y es impresionante ver cómo todos han pasado página y cómo han rehecho sus vidas.

El país está lleno de bicicletas y la afición es enorme. Nos damos cuenta de que una bici en un país como éste significa mucho más que en el nuestro. En cada ciudad hay un sistema organizado de bicitaxis en el que sus conductores van uniformados y llevan un asiento acolchado detrás para sus pasajeros. Las bicicletas también son un vehículo de carga de lo más eficiente. Las cargan con carbón, plátanos o madera convirtiendo toda bicicleta en una herramienta de trabajo y los ciclistas aquí van a unas velocidades de vértigo.

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A Magnífica no hay quien la coja

Además son muy astutos. Como el país está lleno de cuestas, al inicio de cualquier puerto los ciclistas se apostan en el arcén a la espera de cualquier camión que vaya a subir; una vez que pasa por delante de ellos, se sujetan como lapas a la parte de atrás del camión para subir sin esfuerzo ninguno. En cuanto el camión toca la cima, se sueltan y bajan el puerto en posición aerodinámica con las bicis cargadas a más no poder y a toda velocidad. Es todo un espectáculo verles.

Los ciclistas ruandeses a toda velocidad

De hecho, el tour ciclista más importante de África es el de Ruanda y cada vez más equipos internacionales participan. Deberían venir por aquí los entrenadores del equipo Movistar, ficharían a más de un talento.

Después de pasar un par de días reponiendo fuerzas en la capital, Kigali, ya estamos en Tanzania disfrutando de otro país, otras gentes y otra cultura. Nos quedan unas semanas por aquí, ya que nos interesan muchísimos sitios de este país.

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Vista nocturna de Kigali

Vista nocturna de Kigali

Las tierras volcánicas de Ruanda

Las tierras volcánicas de Ruanda

Cabras por todas partes

Cabras por todas partes

Bicilimusinas

Bicilimusinas

Deliciosa fruta

Deliciosa fruta


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Where are you go?

Nuestra emoción al entrar en Tanzania es enorme, ya que hemos oído hablar mucho de este país y todo lo que hemos oído es bueno. La aduana la pasamos sin ningún contratiempo y en poco tiempo nos vemos cenando en un restaurante local probando comidas nuevas y entablando conversación con gente nueva.

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Así nos reciben los atardeceres en Tanzania

A nuestro lado se sientan un grupo de gente joven que nos pregunta si Magnífica es mi mujer o mi hermana. Esta pregunta es tan habitual como la pregunta de nuestra nacionalidad. Todo el mundo se interesa por nuestro vínculo. Les pregunto a los de la mesa de al lado por una especie de hojas amarillas que le echan a todos los platos y me invitan a probarlo. Todo el mundo me mira muy expectante mientras lo cojo. Yo, tanto por integrarme como por curiosidad, me meto sin dudarlo un par de esas hojas en la boca y de repente noto un incendio en mi lengua; pica a rabiar y no soy capaz de disimularlo. La cara se me pone roja, los ojos llorosos y de repente la nariz me chorrea. Al instante todo el público allí presente se desternilla de risa. Unos me dan la mano felicitándome, otros agachados se ríen del blanquito y la cocinera y su hija, que estaban embutidas en el guiso que estaban preparando, también salen para ver cuál es el motivo de esas sonoras carcajadas. Les cuentan que el Muzungu ha probado el piri piri y hasta tosen de la risa. Por más agua que bebo nada cambia, mi boca arde. Por lo menos les he hecho reír y sin duda hemos hecho migas con ellos. Al momento empiezan a bromear con una de las camareras y le dicen a Magnífica que la camarera ha preguntado por mi número de teléfono. Magnífica les dice que no se lo puedo dar y, estallando en risas de nuevo y llamándola Sister, le chocan los cinco unas diez personas allí presentes. El ambiente es de cachondeo constante y nos integran muy rápido. Parece que no va a costar mucho llevarse bien con los tanzanos.

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Haciendo la compra en swahili

Al día siguiente empezamos a dar pedales rumbo este. Queremos llegar hasta Zanzíbar, así que vamos a recorrer el norte del país encontrándonos de nuevo con las costas del Lago Victoria, para después atravesar la zona de los lagos y el reino Maasai para llegar a Moshi, a los pies del Kilimanjaro. 

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Las infinitas carreteras de este país

Pedaleamos por una región completamente distinta a las tierras ruandesas. Se acabaron los montes para empezar a atisbar símbolos de sabana, en una carretera mal conservada y que pronto se convierte en camino de tierra. Dónde quedarían esas carreteras de Ruanda con sus arcenes bien delimitados… pensamos.

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Los básicos poblados de Tanzania

Los pueblos por los que pasamos son bastante pobres y ya nadie habla inglés. De las pocas cosas que saben decir es “Where are you go?”. En la mayoría no tienen electricidad y el agua tienen que ir a por ella a los pozos que la Cooperación Internacional les dejó. Es frecuente ver a mujeres con cántaros enormes de agua en la cabeza caminando por un lado de la carretera. 

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Marabú, siempre presente allá donde haya desechos

Seguimos durmiendo en casas de gente que nos acoge y nuestra primera noche en casa de una familia tanzana fue tan peculiar como todas las que tenemos desde que estamos en este continente.

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Atardeceres sin igual

Después de recorrer una región de sabana bastante remota en la que cada pueblo dista mucho de los otros, encontramos un colegio donde pedimos pernoctar. Nos dicen que esperemos porque tienen que llamar al director. Nos sentamos en unos bancos en lo que parece un aula al aire libre y aparece una señora interesada en nosotros. Se presenta como Madame Coq y es profesora en ese colegio. Le comentamos nuestras intenciones de dormir en una de las clases y nos dice que mejor vayamos a su casa, que allí estaremos mejor. Aceptamos felices y al momento pega un grito a dos adolescentes que merodean por allí para que lleven nuestras bicis a su casa. Su casa queda justo detrás del colegio y pronto nos ofrece cacahuetes que está pelando una niña en la puerta de su casa. Madame Coq es de condición acomodada, cuenta con una amplia casa en la que conviven unas diez cabras, diversas gallinas e infinitos insectos. Su marido no tarda en llegar y se nos presenta. Nos costó entender su nombre, pero por fin lo desciframos: Deusgratias. No cabía la menor duda de su religión.

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Sopla el viento en contra y no dudamos en chupar rueda

Deusgratias nos trae un poco de maracuyá y lo comemos llenándonos la barbilla de líquido y pepitas, como es de esperar. Es una fruta poco amable para comerla a mordiscos pero después de no sé cuántos kilómetros en bicicleta cualquier cosa que nos engañe el estómago nos supone una fiesta.

Deusgratias nos enseña el pueblo y luce orgulloso los visitantes que tiene. Nos presenta a todo el mundo y todo el mundo se nos presenta. Pocos blancos pasan por allí y somos una fuente inagotable de curiosidad por saber cómo funcionan las cosas en el Viejo Continente. 

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Me siento a charlar con un exalumno de Deusgratias y me pregunta:

 – ¿qué diferencias hay entre tu país y el mío? Al ver a las mujeres del pueblo vendiendo sus cosechas en el suelo, le pongo el ejemplo de que eso en España no sería posible. 

 – El que quiere vender en España necesita de un permiso para vender, otro permiso para vender en esa zona, otro permiso de manipulador de alimentos y un local que pagar y mantener. Vender en la calle está prohibido-, le digo.

Muy decepcionado me agradece la explicación. 

A veces en este continente tienen una imagen muy confusa de nuestros países y se creen que es El Dorado. En todos los países que he visitado de este continente me pasa lo mismo y este tipo de conversaciones las he tenido más veces intentando hacer entender que venir a España les va a suponer una vida muy dura o incluso peor que aquí.

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Volvemos a su casa y Madame Coq ha sacrificado a una de las gallinas para el banquete de esa noche. Acompañado de arroz y plátano frito, no nos da mucha pena esa gallina y no dejamos ni un grano de arroz en el plato del hambre que manejamos ese día.

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El sentido del humor tanzano expresado en sus señales de tráfico

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Los pozos de agua

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La correa de la alforja de Magnífica se ha roto. No importa, aquí todo se arregla

 

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Primer país en el que vemos a mujeres montando en bicicleta

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Nos reencontramos de nuevo con el Lago Victoria

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Esperando que nos hagan hueco en el ferry que nos lleva hasta Mwanza

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Cuando nos fuimos de su colegio, las hijas de Sosthenes nos esperaban con un regalo

 


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Mr. Michael y Miss Lucy

Los nombres de las personas en Tanzania no tienen desperdicio. Por eso el momento en que conocemos a Sosthenes es un momento complicado. Primero, por intentar entender cómo se pronuncia y, una vez que lo conseguimos pronunciar, por el esfuerzo de tener que contener la risa ante un nombre así. A pesar de esas dificultades, conocerle es el mejor premio que podemos recibir después de un duro día de pedaleo.

124Sosthenes nos acoge en su colegio, donde instalamos nuestra tienda de campaña al abrigo de una fantástica red Wifi y muy arropados por su mujer y sus hijas, que no quitan ojo a nuestra tienda de campaña. La mujer hasta entra para ver dónde solemos dormir. Una vez instalados en la sala de juntas, nos toca dar la vuelta de reconocimiento habitual por el pueblo. Nos tienen que presentar a la población local.

No vamos más allá del bar del pueblo, donde a base de cerveza caliente pasamos una velada muy divertida. A Magnífica se la llevan las profesoras del colegio a un rincón y bien pronto ya se les oye dar risotadas mientras abren una y otra cerveza caliente. Entablan buena amistad hablando sobre los ligues del pueblo, la vida salvaje y cómo una de ellas deja al marido en casa cuidando de sus 3 hijos mientras ella se va de cervezas con sus amigas. También en los rincones de Tanzania hay igualdad de género, estamos encantados con la situación mientras a mí me saludan las autoridades locales.
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Al día siguiente salimos pronto hacia Mwanza con la tranquilidad de tener dónde dormir esa noche. Sosthenes ha hecho una llamada y George, un amigo suyo nos recibe en su casa.
Después de un rato al sillín hacemos un alto en el camino y de repente un motorista se para. Con patillas afiladas, dientes incisivos separados, pelo rizado peinado para atrás y chaqueta de cuero marrón, parece que le han sacado de Harlem en el año 1978.

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George, el amigo de Sosthenes

– Mr. Michael?- así me hago llamar por aquí, ya que no hay quién pronuncie Miguel correctamente.
– Sí…-, contesto dubitativo.
– ¡Sosthenes me dijo que vendríais por esta carretera y no es frecuente ver muzungus en bicicleta por aquí, así que sólo podíais ser vosotros!

Nos saludamos efusivamente y en un par de horas nos encontramos con él en su casa. Nos trata de maravilla, como viene siendo habitual. A veces nos sentimos mal por la hospitalidad de esta gente. Todo es muy complicado por aquí. Si nos ofrecen darnos una ducha, ese agua con la que nos duchamos la suelen cargar desde el pozo hasta la casa. Si cocinan para nosotros, están gastando un carbón que han tardado una hora en calentar y que también han cargado desde lejos, así que el valor de cada gesto de hospitalidad aquí supone el doble de generosidad de lo habitual.

FullSizeRenderqqqAl día siguiente llegamos a Mwanza, la segunda ciudad más importante de Tanzania. Al ver supermercados, restaurantes con hamburguesas y hasta una pastelería, nos volvemos locos. Después de tanto tiempo en la Tanzania rural llegar a una metrópoli es genial. La ciudad está a orillas del Lago Victoria y, aunque no cuente con ningún atractivo, a nosotros nos apasiona tener al alcance de la mano tantos placeres.

Después de dos días reponiendo fuerzas, nos dirigimos hacia el Lago Eyazi por un desierto bastante difícil de pedalear. La zona merece la pena porque es una de las regiones maasais con menos contacto exterior. Al llegar a la región nos encontramos con una zona llena de baobabs y 11acacias, un clima bastante poco apacible por cómo sopla el viento y un área bastante inhóspita en la que los pueblos distan mucho unos de otros.

Efectivamente, las únicas personas que quieren vivir allí son maasais con sus rebaños de vacas, y los poblados que vemos consisten en cuatro o cinco casas que, rodeadas por plantas espinosas, se delimitan con el desierto. De esa forma se protegen de los depredadores y su ganado ni se escapa ni es atacado. Es muy curioso ver la forma de vida de esta tribu. Son nómadas y su principal fuente de vida es su ganado. Pastan cabras, vacas, alguna oveja y es posible ver algún que otro burro despistado en sus rebaños. Cuanto más ganado tienen, más ricos son.

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Dos maasais saliendo de la peluqueria

Es frecuente verles en poblados integrados con la población local, y nosotros les hemos visto desde jugando al billar, como bebiendo licor tanzano con otra gente o escribiendo whatsapps. FullSizeRenderff

FullSizeRender4Están perfectamente integrados en la sociedad y, aunque su aspecto sea bastante pintoresco con las orejas perforadas, sus mantos de cuadros por encima y un bastón a la altura del hombro, son personas muy amables y curiosas ante la llegada de ciclistas extranjeros, por ejemplo.

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El segundo día de pedaleo nos pilla en pleno desierto, así que acampamos justo antes de caer la noche. El paisaje donde vamos a dormir es una llanura interminable de baobabs alucinante, hay un río cerca y el Lago Eyazi está justo delante de nosotros. No paran de sobrevolar flamencos y garzas bajo un cielo a punto de llenarse de estrellas. Nos emociona dormir en sitios así por más recónditos que son. En medio de la noche oímos un extraño canto o aullido, justo detrás de la tienda, al que no damos ninguna importancia por la cantidad de pájaros que hay. Dormimos plácidamente, desayunamos viendo el amanecer y lo de siempre, a por nuestro próximo destino.

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Noche estrellada en el desierto

Después de varios días pedaleando y durmiendo bajo el polvo de la sabana, nos reciben en Ngorongoro Camp and Lodge a cuerpo de reyes.

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Vistas del Lago Manyara

En unos días llegamos al Lago Manyara, un Parque Natural precioso en el que los hipos y más truhanes de la sabana campan a sus anchas.

La entrada es demasiado cara, así que preguntando por allí, un ciclista local nos enseña cómo colarnos sin tener que pagar las altas tasas. De nuevo estamos ante uno de los sitios más bonitos que jamás hemos estado y tenemos la suerte de pedalear entre ñus y gacelas. Aunque se escuchaba perfectamente a los hipos, no es de recibo acercarse por sus dominios, no hemos sido invitados así que decidimos no arriesgar.

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Por lo visto, el aullido que oímos en la noche del desierto fueron hienas. Después de escuchar sus aullidos en Youtube y lo que nos dijeron sobre la abundancia de las mismas en la zona, parece que esa noche tuvimos compañía.
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Pronto llegamos a Moshi, donde nos acoge Íñigo; un vasco más majo que las pesetas que vive en las faldas del Kilimanjaro. Ese monte es de quitar la respiración, así que pasamos dos días disfrutando de buena compañía y vistas inolvidables.

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Vistas del Kilimanjaro

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Magnifica reparando su alforja en el medio de la nada

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Plantaciones de piñas

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La inesperada Zanzíbar

La llegada a Zanzíbar

Cruzar a Zanzíbar en barco de vela es lo que buscamos. Siempre tiene más encanto y si lo hacemos en los barcos de vela locales, llamados dhow, aún mejor. Al llegar al puerto de Pangani no damos un duro por salir ese día. Hay que buscar barco, negociar precio, comprar provisiones para la travesía y bastantes preparativos, pero nada más llegar nos dicen que esa misma noche sale un dhow hacia Zanzíbar, que si nos unimos. Acordamos un precio, corremos a por provisiones y nos dicen que estemos allí a las 8:30 de la tarde. Como clavos llegamos a esa hora pero nos damos cuenta de un factor importante: para navegar hace falta un barco y agua donde navegar. La marea ha bajado tanto que no hay quien zarpe. Los marineros nos dicen que pronto subirá y que subamos las bicis al barco. El dhow en el que vamos a embarcarnos es de madera y no mide más de 8 metros. Perfectamente plegada va una vela enorme triangular que izarán más adelante.

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Extraños seres autóctonos

Es noche cerrada y caminamos por la arena en lo que se supone que va a ser el mar en unas horas…cuesta creerlo. El dhow está varado en la arena así que no cuesta cargar todo lo que llevamos. Subimos y nos dicen que esperemos, que van a echarse una cabezadita hasta que suba la marea. Muy cerca unos de otros, los tres marineros se acuestan al lado del timón bajo las estrellas mientras nosotros les miramos incrédulos.
– Pues habrá que echarse un rato, me dice Magnífica.
– Pues sí.
Sacamos nuestras esterillas y nos acostamos en el suelo del dhow.

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Cuatro horas después un pequeño balanceo nos despierta y los tres marineros se ponen en marcha en lo que nos parece una maquinaria perfecta. Colocan el mástil, ubican la carga en su sitio y con un palo gigante van tocando fondo ubicando el dhow en las zonas más profundas posibles. En la popa va el más joven de los tres mientras guía al capitán hacia donde debe dirigirse para no encallar. El más joven de los tres saca la vela y nos ponemos a navegar a una buena velocidad mientras subimos y bajamos las olas.

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Recién llegados. A la derecha, la embarcación que nos trajo hasta Zanzíbar

En poco tiempo ya estamos rumbo a Zanzíbar con un mar algo revuelto pero sin llegar a estar picado. La noche en un barco así es espectacular, el cielo está lleno de estrellas y la luna ilumina perfectamente las olas que el capitán esquiva con una pericia admirable.

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Los marineros

Ese sube y baja me revienta el estómago y me paso la travesía entera vomitando por la borda mientras amanece en alta mar.
Al cabo de 6 horas de travesía divisamos Zanzíbar. A medida que nos acercamos a la costa el agua empieza a hacerse transparente y desde el mismo barco, me dicen que se ven peces de colores. Yo no puedo desviar la mirada para verles, vomitaría de nuevo.

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Finalmente llegamos a la playa de Kendwa, en el norte de la isla, y nos encontramos con niñas vestidas de forma tradicional y jugando en la playa. Mujeres tapadas de pies a cabeza entran en el agua y recolectan algas que luego venderán para productos cosméticos.

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Los niños que nos recibieron en la isla

Nos sentimos algo escépticos ante Zanzíbar ya que es un sitio demasiado turístico y nos da la impresión de que su autenticidad va a estar bastante corrompida por los resorts hoteleros. Después de las experiencias que estamos viviendo lo último que buscamos es la masificación.
Afortunadamente nos equivocamos. Zanzibar no tiene nada que ver con Tanzania y es de los lugares más genuinos que visitamos.

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La bahía de Stone Town

imageLas mujeres van vestidas con colores que nada tienen que ver con la gente del continente. Con los labios, los párpados y la cara maquillada a más no poder, ocultan su pelo bajo velos y llevan vestidos que se pueden asemejar a los saris indios. Esto contrasta con la sobriedad de las musulmanas que venimos viendo y nos hace ver un lugar con una cultura y una gente totalmente diferente.
Después de pasar unos días pedaleando la isla, llegamos a Stone Town, la capital. Atrás quedan carreteras con árboles centenarios, pequeños poblados con gente encantadora y playas impresionantes. También algo escépticos nos instalamos en un hostal en el centro y al perdernos por sus calles nos damos cuenta del sitio tan especial que es.

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La bici sigue siendo el principal medio de carga

El Ramadán acaba de terminar y el ambiente no puede ser más festivo. La gente se echa a la calle con sus mejores galas para reunirse con los amigos o llevar a los niños a comer algo especial. El espectáculo está servido en la misma calle.

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Todo el mundo en la calle al final del Ramadán

Los tipos duros en África son buena gente

Los tipos duros en África son buena gente

Pequeños rincones de la ciudad esconden puertas antiguas de la civilización de Omán que pasó por allí.  Además de ellos, los indios también tienen una colonia grande aquí establecida, así que la mezcla de culturas es de lo más variado que hemos visto. Lo notamos también en la gastronomía. Hay comida local por todas partes, frutas que no hemos visto nunca y un mercado de especias de lo más original.

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Escenas del mercado

Nos perdemos por sus calles, su fuerte y, por supuesto, sus preciosas playas durante unos días antes de volver a Dar es Salaam.

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Traficantes de armatostes

Creo que muchos índices de desarrollo de un país se aplican egoístamente, y eso es lo que hacemos nosotros. Aimagel pasarnos el día pedaleando, nuestros indicadores de desarrollo serán la anchura del arcén de las carreteras por las que vamos y la temperatura de las cocacolas en las tiendas. Valorado de esta manera y por orden de países recorridos, podemos afirmar que Uganda es un país con un nivel de desarrollo bajo, Ruanda tiene los indicadores más altos y Tanzania un desarrollo medio. Medir el nivel de desarrollo de Malawi nos resulta complicado porque aunque las carreteras estén rasgadas y no tengan arcén, apenas circulan coches y nos cuesta más que en otros países encontrar refrescos.

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Siendo éste el país más pobre que vamos a visitar, podemos decir sin duda que es de los que mejor nos tratan.
Cruzamos la frontera entre Tanzania y Malawi en 30 minutos y nada más entrar hacemos el procedimiento habitualimage de cambiar dinero. Nos da la risa al conocer el nombre de la moneda de este país: la Kwacha, nos suena a guasa. Empezamos a pedalear con la cartera llena de billetes, no por nuestra boyante economía, sino por la inflación de este país. Pronto nos encontramos con una carretera en mal estado pero atestada de gente que camina de un sitio a otro y nos saluda efusivamente. El tráfico de bicicletas es altísimo también por aquí y el de coches muy escaso. Si a ello le añadimos que avanzamos por una carretera que va pegada al Lago Malawi, que parece el mar, donde hay playas preciosas y un agua cristalina, muy poco más le podemos pedir a la vida. Cuando nos cansamos, nos damos un baño en el lago y cuando nos cansamos de nadar, volvemos a nuestras bicis.

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Cada persona que conocemos nos intenta ayudar y no resulta difícil encontrar sitios para dormir.
Se nota bastante la escasez y la pobreza. En Tanzania podíamos escoger si desayunar mangos, papayas, plátanos, sandía, piña o caras manzanas. Aquí la única fruta que encontramos es el plátano. Donde antes podíamos escogerimage para nuestras ensaladas entre deliciosos aguacates, lechugas, acelgas, cebollas, tomates o berenjenas, ahora sólo podemos elegir tomates. No es grave ya que tantas horas al pedal dan para mucha imaginación y pronto sacamos nuevos platos con el tomate como ingrediente principal. Así, en una cocina minúscula de gasolina que nos acompaña en todos nuestros viajes cicloturistas, somos capaces de cocinar espaguetis a la boloñesa, arroz a la cubana, ensalada de tomate y ajo, pan tumaca, pasta a la amatriciana y algún que otro plato más, siempre con el tomate como actor principal.

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Las playas del Lago Malawi

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Cuando encontramos un lugar que nos gusta y nos dan alojamiento económico, como es Nkhata Bay, nos cuestamucho emprender la ruta de nuevo. Los gintonics los venden a 1€, el lago lo tenemos a 20 metros de nuestra tienda de campaña, los pescadores nos traen pescado fresco cada día hasta la orilla y existe una atmósfera mochilera con gente de cualquier zona del mundo, que nos hace quedarnos aquí más de lo planeado.

Si de algo huimos en este viaje es de la prisa, así que si hay que pasar un día más en la playa con un gintonic peleón, se pasa.

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Nkhata Bay

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Regateando el pescado del día

Una vez que conseguimos salir, dejamos la zona del lago atrás y el paisaje es de lo más variado. Nos encontramos con verdes colinas con ríos y gente con poquísimo contacto exterior, o sabanas con animales salvajes y peligrosos que no conseguimos ver.

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Parada en un río

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Menos mal que nos la encontramos muerta



Nada más salir de Nkhata Bay, uno de nuestros anfitriones más peculiares es Mr. Wilson. Después de un precioso día pedaleando por bosques de alcornoques, toca buscar dónde pernoctar. Paramos en el primer pueblo y pedimos cobijo a un señor en el colegio, como es habitual. Nos dice que no está el director, pero que podemos dormir en su casa. Se nos presenta como Mr. Wilson y pronto llama a su familia y amigos para mostrar a quién hospeda esa noche.

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Los bosques de alcornoques de Malawi

La entrada de la casa está atestada de gente y nos sentimos algo incómodos ya que nos dice que vamos a dormir en la sala de estar, en los sofás. La idea no nos convence por tres motivos: es demasiado invasivo dormir en la sala de estar de una familia de 7 personas, no tenemos cómo poner la tienda en ese salón y los mosquitos nos pueden devorar. No hemos visto el salón todavía, así que allí nos dirigimos en procesión hacia la casa en el siguiente orden: Mr. Wilson delante, yo y la Gerarda detrás, Magnífica y su torete después y una fila de unos 20 niños que nos persiguen estupefactos vayamos donde vayamos.

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Nos salen espectadores hagamos lo que hagamos. Aquí filtrando agua

Así que Mr. Wilson nos muestra dónde vamos a pasar la noche y tardo unos segundos en reaccionar. El salón de la casa cuenta con 5 televisores y unos 7 altavoces, todos colocados en el mismo mueble. Aquello parece la portada de un disco de música electrónica. Le pregunto a Mr. Wilson y me dice que vive en Johanesburgo y siempre que puede compra algún aparato allí que luego venderá en Malawi más caro. Teniendo en cuenta que en Malawi no hay tiendas de electrodomésticos más que en la capital, estoy seguro de que Mr. Wilson saca pingües beneficios con el negocio que ha ideado. Lo más curioso es que en la casa no hay electricidad. La única corriente que obtienen es mediante dos paneles solares que hay en el tejado. Así, si han tenido un día de mucho sol, podrán ver el fútbol en pantalla de 40 pulgadas; si en cambio ha habido nubes, lo verán en la de 15. Además de ello, tener tantos aparatos en el salón de su casa le sube el status dos o tres escalones. Conseguimos hacer un hueco y plantamos la tienda entre los sofás.

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El salón de Mr. Wilson

Seguimos unos días más con situaciones de lo más variopintas hasta darnos cuenta de que Malawi es, sin duda, uno de nuestros países preferidos de África. Ahora nos encontramos ya en Zambia, hemos entrado en la segunda fase del viaje y nos queda recorrer este país, Namibia y Sudáfrica para terminar. Seguimos tan contentos como el primer día y nuestros ánimos siguen altísimos de descubrir nuevas culturas y sobretodo, nuevas gentes.

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Los mil paisajes de Malawi

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Dos pistolas y una baguette por favor

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Camping en el lago