Mes: octubre 2016

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2 Cycle Africa

Un año más cojo mi bici para conocer nuevas culturas. Esta vez será Africa el destino elegido y los países que recorreremos serán Uganda, Ruanda, Tanzania, Malawi, Zambia, Namibia y Sudáfrica. Digo recorreremos porque después de muchos años pedaleando solo, por fin he conseguido a alguien que me acompañe. Mi compañera de viaje y de vida, Lucía (Magnífica para los que la queremos), será con quien realice este periplo. Si digo que estoy contento es poco, así que voy a arrancar con nuestra primera crónica de nuestra llegada a Uganda.

Sería un absurdo pero me encantaría que toda esta gente llevase su pasaporte entre los dientes. Gente tan variada y vestida de tantas formas diferentes hacía que mi curiosidad llegase hasta rincones de todas partes del mundo queriendo conocer sus orígenes y culturas tan diferentes. Al lado de la mezquita se amontonaban mujeres negras sentadas en el suelo compartiendo huevos duros y una comida indescifrable para mí. Sus maridos las observaban de pie pidiendo algún bocado pero ellas sólo compartían sus manjares con sus hijos. Hombres negros con sombrero de cowboy o barbudos con túnicas blancas también frecuentaban la terminal 2 del aeropuerto de Addis Abeba.

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Este aeropuerto era nuestra última escala antes de llegar a Uganda y se podía ver gente de toda África allí reunida. Si pudiera, me habría sentado con cada uno de ellos para saber de dónde vienen y cómo están las cosas en sus países.
Uganda era nuestro destino final para empezar un periplo en bici que nos llevará a Ciudad del Cabo pasando por Uganda, Ruanda, Tanzania, Malawi, Zambia, Namibia y Sudáfrica.
Uganda es un país que está creciendo y en el que se denota cierta prosperidad. El aeropuerto no es tan caótico como otros de este continente en los que he aterrizado, y el visado te lo dan policías encantadores en tan solo media hora después de aterrizar.
El primer test del viaje, la llegada de nuestras bicis, no se superó, y después de buscarlas por todo el aeropuerto nos confirmaron que no estaban en nuestro avión. Ya hechos los trámites salimos del aeropuerto y descubrimos un lugar maravilloso en el que todo el mundo no sólo saluda, sino que saluda con una sonrisa, algo que no puede hacernos sentir más a gusto.

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Por la tarde, nos acercamos al centro en un mototaxi que aquí llaman boda boda a comprarnos una tarjeta SIM. La tienda donde compramos la tarjeta era de lo más peculiar. Al igual que en casi todos los países africanos, los contenedores se aprovechan para vivir dentro, o sobre todo para convertirlos en negocios. Este contenedor albergaba dos tiendas de telefonía divididas por un biombo pero cada una tenía su respectivo cartel de la compañía. En un lado estaba Dorothy con una amiga despachando a cualquiera interesado en MTN, y en el otro estaban dos chicas más jóvenes y más familiarizadas con la tecnología despachando a cualquiera interesado en Airtel, que aquí todavía no se ha convertido en Vodafone como en España.
Nos acercamos a preguntar a Dorothy por las tarifas de datos y al preguntarle, oí un ruido extraño en el suelo del container. Algo descarado me asomé dentro para ver lo que era y mis sospechas se confirmaron. Un comestible y regordete bebé estaba en el suelo tumbado en una manta. No se quejaba ni su esquina le parecía mal. Nos recordó a esas madres primerizas que van por el Retiro y en cuanto sopla una brizna de aire ya están llevando a sus hijos al Gregorio Marañón, no vaya a ser que hayan cogido “algo”. La honrada de Dorothy nos dijo que para tarifas mejores de internet acudiéramos a sus vecinas de container. Eso hicimos y nos despedimos acaloradamente de todas las trabajadoras de las compañías de telefonía, y de su bebé, que yacía feliz en el suelo.

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Al día siguiente tuvimos un día de peleas para localizar nuestras bicis. Tocaba discutir pero aquí las discusiones siempre llegan a buen puerto. Después de gritarme con el director de la oficina de nuestra compañía aérea, acabamos hablando de la situación ugandesa y de los cultivos de eucaliptos que este señor tiene y que pronto le retirarán gracias a los beneficios que está obteniendo de una tierra tan fértil como ésta.

En el vuelo de las 17.40 llegaron nuestras monturas y, si todo va bien, hoy partimos hacia las Ssese Islands, un paraíso de islas ubicadas en pleno Lago Victoria.


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El antillano de Uganda

Después de visitar la selva de Kalinzu y ver sus chimpancés llegamos a Ishaka. Empieza a oscurecer, así que toca buscar dónde dormir. Saliendo de la ciudad oímos un ritmo bastante pegadizo pero no sabemos de dónde viene. A medida que avanzamos se escucha mejor y es algo como música Gospel. Subimos la enésima colinaIMG_0718 del día y nos damos cuenta de que la música viene de una iglesia que hay justo arriba de esa colina. Nos acercamos y allí estaba el coro bailando y cantando al ritmo de un órgano desafinado. Asomo la cabeza y veo que todos se dan cuenta de nuestra presencia. Con cierta vergüenza, Magnífica y yo permanecemos en la puerta de la iglesia. Al segundo se acerca Byron, un joven elegante con chaqueta americana, zapatos puntiagudos y reloj brillante a preguntarnos en qué puede ayudarnos. Le contamos nuestro viaje y que buscamos dónde dormir y nos invita a pasar. Entramos y todo el coro está encantado de conocernos. Nos dedican una canción y la cantan a voz en grito, con bailes y con el órgano a punto de ensordecernos. Es muy emocionante ver cómo viven aquí la música, casi nos arrancamos a bailar con ellos y todo. 

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Pronto llega una señora de edad más avanzada, nos saluda encantada y empieza a dirigir otra canción. Su aspecto es de lo más peculiar, con un vestido rojo y con un peinado que nos recuerda a una menina de Velázquez. El pelo que tiene alrededor de las orejas lo lleva cardado, lo cual le da cierto aspecto medieval y va bastante escotada a pesar de ser domingo y estar en la iglesia. Acaban esa canción y les pide a todos que por un momento cierren los ojos. Algo poseída les implora que expulsen los malos hábitos de sus vidas, que expulsen los espíritus satánicos de su día a día y que se olviden de las costumbres de la fornicación. Lo implora a voz en grito, muy muy acalorada, dando puñetazos al aire y con los ojos cerrados. Todos asienten con la cabeza o con palabras. Por un momento pensamos que estamos en una ceremonia de vudú africana y no en una ceremonia de una iglesia protestante. No nos es nada fácil contener la risa de la situación en la que nos encontramos, así que Magnífica y yo intentamos no cruzarnos miradas para no estallar en carcajadas. 

Al rato llega su marido, el reverendo Adam, que también nos da una calurosa bienvenida y siguen cantando. Una vez acabadas las canciones nos dicen que podemos dormir ahí mismo, en la iglesia, que en un rato nos traerán algo de comer y que nos quedemos. Algo escépticos por dormir en una iglesia, aceptamos. A la media hora viene la mujer del reverendo cargada con fruta, tomates y varios platos para cenar.

De esta velada no hay quien se olvide…

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Cada día nos pasan tantas cosas que al día siguiente, cuando recordamos esas cosas que nos han pasado, parece que nos han pasado hace años. Saludamos a unas 100 personas por día y somos el centro de atención de cualquier lugar que atravesamos. “Muzungu” (blanco) nos gritan mientras atravesamos los maravillosos pueblos que este país tiene, “Muzungu” nos chillan desde el interior de las casas, y los niños nos persiguen corriendo durante kilómetros animándonos en las incontables subidas que hacemos cada día. Estamos alucinados con los paisajes de Uganda y con su gente.

      Es un país muy verde en el que hemos visto selvas con chimpancés, hectáreas de plantaciones de té, preciosos palmerales y muchos paisajes distintos que, al hacerlo viajando en bicicleta, se vive todo mucho más intensamente. Otra característica de Uganda es su “antillano”, y es que desde que dejamos Entebbe no hemos hecho otra cosa que subir y bajar. Después de haber atravesado ya el “antillano” ugandés estamos al lado de Ruanda, donde entraremos mañana.

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La hospitalidad sigue siendo el denominador común en esta gente y casi siempre dormimos en colegios o centros de salud donde nos acogen en cuanto nos ven aparecer con bicis cargadas hasta los topes.

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Bandoleros del pedal

Da pena irse de un sitio cuando te tratan bien, pero estamos muy impacientes por conocer nuestro próximo país, Ruanda.

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Ruanda muy concienciada con el medio ambiente

Cruzamos la frontera con cierta inseguridad por poseer un producto prohibido en Ruanda y no en Uganda, las bolsas de plástico. Están terminantemente prohibidas, solamente usan bolsas de papel, de hecho nos habían contado alguna historia de gente que había tenido que deshacerse de ellas al entrar en el país. Nosotros preferimos arriesgar. El porcentaje de posibilidades de que estalle un tomate o de que se abra un bote de miel en una alforja mientras atravesamos las maltrechas carreteras africanas es altísimo, así que nuestra despensa depende bastante de ellas.

Nada más entrar en Ruanda se perciben varios cambios, y lo mejor de todo es que las cosas buenas de otros países africanos, permanecen. Seguimos siendo saludados por cualquier persona que nos encontramos, nadie borra su sonrisa al saludar y seguimos siendo la admiración allá donde vamos por el medio de transporte que usamos para viajar.

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Ruanda nos recibe con mucha más organización que otros países, y con algo más de desarrollo; las tiendas tienen nevera, las casas son de ladrillo y no de barro, las carreteras están todas asfaltadas y tienen un arcén generoso por el que circular en bicicleta se hace bastante agradable; y digo bastante, y no muy agradable, porque hemos entrado en el país de las mil colinas y vayamos donde vayamos nos toca subir puertos. El paisaje es de quitar la respiración.

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Los arcenes de la carretera desbordan actividad

No sé si por lo maravilloso del paisaje o por el cansancio que manejamos, pero ver esas colinas verdes con pequeños poblados en sus cimas nos hace olvidar por completo las subidas que dejamos atrás.

La lengua oficial de Ruanda ha pasado a ser el inglés hace poco, y se nota en las conversaciones que mantenemos con los locales:

– “Good Morning” – saludamos al pasar.

– “I’m fine”, contestan.

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Los niños nos reciben siempre muy efusivos

O los niños, cada vez que les saludamos siempre contestan “Good morning, teacher”, sin importar quién les esté saludando. Sea la hora que sea, el saludo siempre es “Good Morning”, y a nosotros ya nos lo han contagiado, y sea la hora que sea siempre damos los buenos días.

Es admirable ver la alegría que tienen todas las personas en este país después del genocidio que vivieron en 1994. Fue hace tan poco tiempo que absolutamente todo ruandés se ha visto afectado de una forma o de otra, y es impresionante ver cómo todos han pasado página y cómo han rehecho sus vidas.

El país está lleno de bicicletas y la afición es enorme. Nos damos cuenta de que una bici en un país como éste significa mucho más que en el nuestro. En cada ciudad hay un sistema organizado de bicitaxis en el que sus conductores van uniformados y llevan un asiento acolchado detrás para sus pasajeros. Las bicicletas también son un vehículo de carga de lo más eficiente. Las cargan con carbón, plátanos o madera convirtiendo toda bicicleta en una herramienta de trabajo y los ciclistas aquí van a unas velocidades de vértigo.

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A Magnífica no hay quien la coja

Además son muy astutos. Como el país está lleno de cuestas, al inicio de cualquier puerto los ciclistas se apostan en el arcén a la espera de cualquier camión que vaya a subir; una vez que pasa por delante de ellos, se sujetan como lapas a la parte de atrás del camión para subir sin esfuerzo ninguno. En cuanto el camión toca la cima, se sueltan y bajan el puerto en posición aerodinámica con las bicis cargadas a más no poder y a toda velocidad. Es todo un espectáculo verles.

Los ciclistas ruandeses a toda velocidad

De hecho, el tour ciclista más importante de África es el de Ruanda y cada vez más equipos internacionales participan. Deberían venir por aquí los entrenadores del equipo Movistar, ficharían a más de un talento.

Después de pasar un par de días reponiendo fuerzas en la capital, Kigali, ya estamos en Tanzania disfrutando de otro país, otras gentes y otra cultura. Nos quedan unas semanas por aquí, ya que nos interesan muchísimos sitios de este país.

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Vista nocturna de Kigali

Vista nocturna de Kigali

Las tierras volcánicas de Ruanda

Las tierras volcánicas de Ruanda

Cabras por todas partes

Cabras por todas partes

Bicilimusinas

Bicilimusinas

Deliciosa fruta

Deliciosa fruta


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Where are you go?

Nuestra emoción al entrar en Tanzania es enorme, ya que hemos oído hablar mucho de este país y todo lo que hemos oído es bueno. La aduana la pasamos sin ningún contratiempo y en poco tiempo nos vemos cenando en un restaurante local probando comidas nuevas y entablando conversación con gente nueva.

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Así nos reciben los atardeceres en Tanzania

A nuestro lado se sientan un grupo de gente joven que nos pregunta si Magnífica es mi mujer o mi hermana. Esta pregunta es tan habitual como la pregunta de nuestra nacionalidad. Todo el mundo se interesa por nuestro vínculo. Les pregunto a los de la mesa de al lado por una especie de hojas amarillas que le echan a todos los platos y me invitan a probarlo. Todo el mundo me mira muy expectante mientras lo cojo. Yo, tanto por integrarme como por curiosidad, me meto sin dudarlo un par de esas hojas en la boca y de repente noto un incendio en mi lengua; pica a rabiar y no soy capaz de disimularlo. La cara se me pone roja, los ojos llorosos y de repente la nariz me chorrea. Al instante todo el público allí presente se desternilla de risa. Unos me dan la mano felicitándome, otros agachados se ríen del blanquito y la cocinera y su hija, que estaban embutidas en el guiso que estaban preparando, también salen para ver cuál es el motivo de esas sonoras carcajadas. Les cuentan que el Muzungu ha probado el piri piri y hasta tosen de la risa. Por más agua que bebo nada cambia, mi boca arde. Por lo menos les he hecho reír y sin duda hemos hecho migas con ellos. Al momento empiezan a bromear con una de las camareras y le dicen a Magnífica que la camarera ha preguntado por mi número de teléfono. Magnífica les dice que no se lo puedo dar y, estallando en risas de nuevo y llamándola Sister, le chocan los cinco unas diez personas allí presentes. El ambiente es de cachondeo constante y nos integran muy rápido. Parece que no va a costar mucho llevarse bien con los tanzanos.

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Haciendo la compra en swahili

Al día siguiente empezamos a dar pedales rumbo este. Queremos llegar hasta Zanzíbar, así que vamos a recorrer el norte del país encontrándonos de nuevo con las costas del Lago Victoria, para después atravesar la zona de los lagos y el reino Maasai para llegar a Moshi, a los pies del Kilimanjaro. 

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Las infinitas carreteras de este país

Pedaleamos por una región completamente distinta a las tierras ruandesas. Se acabaron los montes para empezar a atisbar símbolos de sabana, en una carretera mal conservada y que pronto se convierte en camino de tierra. Dónde quedarían esas carreteras de Ruanda con sus arcenes bien delimitados… pensamos.

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Los básicos poblados de Tanzania

Los pueblos por los que pasamos son bastante pobres y ya nadie habla inglés. De las pocas cosas que saben decir es “Where are you go?”. En la mayoría no tienen electricidad y el agua tienen que ir a por ella a los pozos que la Cooperación Internacional les dejó. Es frecuente ver a mujeres con cántaros enormes de agua en la cabeza caminando por un lado de la carretera. 

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Marabú, siempre presente allá donde haya desechos

Seguimos durmiendo en casas de gente que nos acoge y nuestra primera noche en casa de una familia tanzana fue tan peculiar como todas las que tenemos desde que estamos en este continente.

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Atardeceres sin igual

Después de recorrer una región de sabana bastante remota en la que cada pueblo dista mucho de los otros, encontramos un colegio donde pedimos pernoctar. Nos dicen que esperemos porque tienen que llamar al director. Nos sentamos en unos bancos en lo que parece un aula al aire libre y aparece una señora interesada en nosotros. Se presenta como Madame Coq y es profesora en ese colegio. Le comentamos nuestras intenciones de dormir en una de las clases y nos dice que mejor vayamos a su casa, que allí estaremos mejor. Aceptamos felices y al momento pega un grito a dos adolescentes que merodean por allí para que lleven nuestras bicis a su casa. Su casa queda justo detrás del colegio y pronto nos ofrece cacahuetes que está pelando una niña en la puerta de su casa. Madame Coq es de condición acomodada, cuenta con una amplia casa en la que conviven unas diez cabras, diversas gallinas e infinitos insectos. Su marido no tarda en llegar y se nos presenta. Nos costó entender su nombre, pero por fin lo desciframos: Deusgratias. No cabía la menor duda de su religión.

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Sopla el viento en contra y no dudamos en chupar rueda

Deusgratias nos trae un poco de maracuyá y lo comemos llenándonos la barbilla de líquido y pepitas, como es de esperar. Es una fruta poco amable para comerla a mordiscos pero después de no sé cuántos kilómetros en bicicleta cualquier cosa que nos engañe el estómago nos supone una fiesta.

Deusgratias nos enseña el pueblo y luce orgulloso los visitantes que tiene. Nos presenta a todo el mundo y todo el mundo se nos presenta. Pocos blancos pasan por allí y somos una fuente inagotable de curiosidad por saber cómo funcionan las cosas en el Viejo Continente. 

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Me siento a charlar con un exalumno de Deusgratias y me pregunta:

 – ¿qué diferencias hay entre tu país y el mío? Al ver a las mujeres del pueblo vendiendo sus cosechas en el suelo, le pongo el ejemplo de que eso en España no sería posible. 

 – El que quiere vender en España necesita de un permiso para vender, otro permiso para vender en esa zona, otro permiso de manipulador de alimentos y un local que pagar y mantener. Vender en la calle está prohibido-, le digo.

Muy decepcionado me agradece la explicación. 

A veces en este continente tienen una imagen muy confusa de nuestros países y se creen que es El Dorado. En todos los países que he visitado de este continente me pasa lo mismo y este tipo de conversaciones las he tenido más veces intentando hacer entender que venir a España les va a suponer una vida muy dura o incluso peor que aquí.

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Volvemos a su casa y Madame Coq ha sacrificado a una de las gallinas para el banquete de esa noche. Acompañado de arroz y plátano frito, no nos da mucha pena esa gallina y no dejamos ni un grano de arroz en el plato del hambre que manejamos ese día.

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El sentido del humor tanzano expresado en sus señales de tráfico

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Los pozos de agua

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La correa de la alforja de Magnífica se ha roto. No importa, aquí todo se arregla

 

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Primer país en el que vemos a mujeres montando en bicicleta

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Nos reencontramos de nuevo con el Lago Victoria

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Esperando que nos hagan hueco en el ferry que nos lleva hasta Mwanza

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Cuando nos fuimos de su colegio, las hijas de Sosthenes nos esperaban con un regalo

 


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Mr. Michael y Miss Lucy

Los nombres de las personas en Tanzania no tienen desperdicio. Por eso el momento en que conocemos a Sosthenes es un momento complicado. Primero, por intentar entender cómo se pronuncia y, una vez que lo conseguimos pronunciar, por el esfuerzo de tener que contener la risa ante un nombre así. A pesar de esas dificultades, conocerle es el mejor premio que podemos recibir después de un duro día de pedaleo.

124Sosthenes nos acoge en su colegio, donde instalamos nuestra tienda de campaña al abrigo de una fantástica red Wifi y muy arropados por su mujer y sus hijas, que no quitan ojo a nuestra tienda de campaña. La mujer hasta entra para ver dónde solemos dormir. Una vez instalados en la sala de juntas, nos toca dar la vuelta de reconocimiento habitual por el pueblo. Nos tienen que presentar a la población local.

No vamos más allá del bar del pueblo, donde a base de cerveza caliente pasamos una velada muy divertida. A Magnífica se la llevan las profesoras del colegio a un rincón y bien pronto ya se les oye dar risotadas mientras abren una y otra cerveza caliente. Entablan buena amistad hablando sobre los ligues del pueblo, la vida salvaje y cómo una de ellas deja al marido en casa cuidando de sus 3 hijos mientras ella se va de cervezas con sus amigas. También en los rincones de Tanzania hay igualdad de género, estamos encantados con la situación mientras a mí me saludan las autoridades locales.
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Al día siguiente salimos pronto hacia Mwanza con la tranquilidad de tener dónde dormir esa noche. Sosthenes ha hecho una llamada y George, un amigo suyo nos recibe en su casa.
Después de un rato al sillín hacemos un alto en el camino y de repente un motorista se para. Con patillas afiladas, dientes incisivos separados, pelo rizado peinado para atrás y chaqueta de cuero marrón, parece que le han sacado de Harlem en el año 1978.

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George, el amigo de Sosthenes

– Mr. Michael?- así me hago llamar por aquí, ya que no hay quién pronuncie Miguel correctamente.
– Sí…-, contesto dubitativo.
– ¡Sosthenes me dijo que vendríais por esta carretera y no es frecuente ver muzungus en bicicleta por aquí, así que sólo podíais ser vosotros!

Nos saludamos efusivamente y en un par de horas nos encontramos con él en su casa. Nos trata de maravilla, como viene siendo habitual. A veces nos sentimos mal por la hospitalidad de esta gente. Todo es muy complicado por aquí. Si nos ofrecen darnos una ducha, ese agua con la que nos duchamos la suelen cargar desde el pozo hasta la casa. Si cocinan para nosotros, están gastando un carbón que han tardado una hora en calentar y que también han cargado desde lejos, así que el valor de cada gesto de hospitalidad aquí supone el doble de generosidad de lo habitual.

FullSizeRenderqqqAl día siguiente llegamos a Mwanza, la segunda ciudad más importante de Tanzania. Al ver supermercados, restaurantes con hamburguesas y hasta una pastelería, nos volvemos locos. Después de tanto tiempo en la Tanzania rural llegar a una metrópoli es genial. La ciudad está a orillas del Lago Victoria y, aunque no cuente con ningún atractivo, a nosotros nos apasiona tener al alcance de la mano tantos placeres.

Después de dos días reponiendo fuerzas, nos dirigimos hacia el Lago Eyazi por un desierto bastante difícil de pedalear. La zona merece la pena porque es una de las regiones maasais con menos contacto exterior. Al llegar a la región nos encontramos con una zona llena de baobabs y 11acacias, un clima bastante poco apacible por cómo sopla el viento y un área bastante inhóspita en la que los pueblos distan mucho unos de otros.

Efectivamente, las únicas personas que quieren vivir allí son maasais con sus rebaños de vacas, y los poblados que vemos consisten en cuatro o cinco casas que, rodeadas por plantas espinosas, se delimitan con el desierto. De esa forma se protegen de los depredadores y su ganado ni se escapa ni es atacado. Es muy curioso ver la forma de vida de esta tribu. Son nómadas y su principal fuente de vida es su ganado. Pastan cabras, vacas, alguna oveja y es posible ver algún que otro burro despistado en sus rebaños. Cuanto más ganado tienen, más ricos son.

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Dos maasais saliendo de la peluqueria

Es frecuente verles en poblados integrados con la población local, y nosotros les hemos visto desde jugando al billar, como bebiendo licor tanzano con otra gente o escribiendo whatsapps. FullSizeRenderff

FullSizeRender4Están perfectamente integrados en la sociedad y, aunque su aspecto sea bastante pintoresco con las orejas perforadas, sus mantos de cuadros por encima y un bastón a la altura del hombro, son personas muy amables y curiosas ante la llegada de ciclistas extranjeros, por ejemplo.

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El segundo día de pedaleo nos pilla en pleno desierto, así que acampamos justo antes de caer la noche. El paisaje donde vamos a dormir es una llanura interminable de baobabs alucinante, hay un río cerca y el Lago Eyazi está justo delante de nosotros. No paran de sobrevolar flamencos y garzas bajo un cielo a punto de llenarse de estrellas. Nos emociona dormir en sitios así por más recónditos que son. En medio de la noche oímos un extraño canto o aullido, justo detrás de la tienda, al que no damos ninguna importancia por la cantidad de pájaros que hay. Dormimos plácidamente, desayunamos viendo el amanecer y lo de siempre, a por nuestro próximo destino.

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Noche estrellada en el desierto

Después de varios días pedaleando y durmiendo bajo el polvo de la sabana, nos reciben en Ngorongoro Camp and Lodge a cuerpo de reyes.

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Vistas del Lago Manyara

En unos días llegamos al Lago Manyara, un Parque Natural precioso en el que los hipos y más truhanes de la sabana campan a sus anchas.

La entrada es demasiado cara, así que preguntando por allí, un ciclista local nos enseña cómo colarnos sin tener que pagar las altas tasas. De nuevo estamos ante uno de los sitios más bonitos que jamás hemos estado y tenemos la suerte de pedalear entre ñus y gacelas. Aunque se escuchaba perfectamente a los hipos, no es de recibo acercarse por sus dominios, no hemos sido invitados así que decidimos no arriesgar.

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Por lo visto, el aullido que oímos en la noche del desierto fueron hienas. Después de escuchar sus aullidos en Youtube y lo que nos dijeron sobre la abundancia de las mismas en la zona, parece que esa noche tuvimos compañía.
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Pronto llegamos a Moshi, donde nos acoge Íñigo; un vasco más majo que las pesetas que vive en las faldas del Kilimanjaro. Ese monte es de quitar la respiración, así que pasamos dos días disfrutando de buena compañía y vistas inolvidables.

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Vistas del Kilimanjaro

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Magnifica reparando su alforja en el medio de la nada

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Plantaciones de piñas

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La inesperada Zanzíbar

La llegada a Zanzíbar

Cruzar a Zanzíbar en barco de vela es lo que buscamos. Siempre tiene más encanto y si lo hacemos en los barcos de vela locales, llamados dhow, aún mejor. Al llegar al puerto de Pangani no damos un duro por salir ese día. Hay que buscar barco, negociar precio, comprar provisiones para la travesía y bastantes preparativos, pero nada más llegar nos dicen que esa misma noche sale un dhow hacia Zanzíbar, que si nos unimos. Acordamos un precio, corremos a por provisiones y nos dicen que estemos allí a las 8:30 de la tarde. Como clavos llegamos a esa hora pero nos damos cuenta de un factor importante: para navegar hace falta un barco y agua donde navegar. La marea ha bajado tanto que no hay quien zarpe. Los marineros nos dicen que pronto subirá y que subamos las bicis al barco. El dhow en el que vamos a embarcarnos es de madera y no mide más de 8 metros. Perfectamente plegada va una vela enorme triangular que izarán más adelante.

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Extraños seres autóctonos

Es noche cerrada y caminamos por la arena en lo que se supone que va a ser el mar en unas horas…cuesta creerlo. El dhow está varado en la arena así que no cuesta cargar todo lo que llevamos. Subimos y nos dicen que esperemos, que van a echarse una cabezadita hasta que suba la marea. Muy cerca unos de otros, los tres marineros se acuestan al lado del timón bajo las estrellas mientras nosotros les miramos incrédulos.
– Pues habrá que echarse un rato, me dice Magnífica.
– Pues sí.
Sacamos nuestras esterillas y nos acostamos en el suelo del dhow.

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Cuatro horas después un pequeño balanceo nos despierta y los tres marineros se ponen en marcha en lo que nos parece una maquinaria perfecta. Colocan el mástil, ubican la carga en su sitio y con un palo gigante van tocando fondo ubicando el dhow en las zonas más profundas posibles. En la popa va el más joven de los tres mientras guía al capitán hacia donde debe dirigirse para no encallar. El más joven de los tres saca la vela y nos ponemos a navegar a una buena velocidad mientras subimos y bajamos las olas.

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Recién llegados. A la derecha, la embarcación que nos trajo hasta Zanzíbar

En poco tiempo ya estamos rumbo a Zanzíbar con un mar algo revuelto pero sin llegar a estar picado. La noche en un barco así es espectacular, el cielo está lleno de estrellas y la luna ilumina perfectamente las olas que el capitán esquiva con una pericia admirable.

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Los marineros

Ese sube y baja me revienta el estómago y me paso la travesía entera vomitando por la borda mientras amanece en alta mar.
Al cabo de 6 horas de travesía divisamos Zanzíbar. A medida que nos acercamos a la costa el agua empieza a hacerse transparente y desde el mismo barco, me dicen que se ven peces de colores. Yo no puedo desviar la mirada para verles, vomitaría de nuevo.

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Finalmente llegamos a la playa de Kendwa, en el norte de la isla, y nos encontramos con niñas vestidas de forma tradicional y jugando en la playa. Mujeres tapadas de pies a cabeza entran en el agua y recolectan algas que luego venderán para productos cosméticos.

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Los niños que nos recibieron en la isla

Nos sentimos algo escépticos ante Zanzíbar ya que es un sitio demasiado turístico y nos da la impresión de que su autenticidad va a estar bastante corrompida por los resorts hoteleros. Después de las experiencias que estamos viviendo lo último que buscamos es la masificación.
Afortunadamente nos equivocamos. Zanzibar no tiene nada que ver con Tanzania y es de los lugares más genuinos que visitamos.

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La bahía de Stone Town

imageLas mujeres van vestidas con colores que nada tienen que ver con la gente del continente. Con los labios, los párpados y la cara maquillada a más no poder, ocultan su pelo bajo velos y llevan vestidos que se pueden asemejar a los saris indios. Esto contrasta con la sobriedad de las musulmanas que venimos viendo y nos hace ver un lugar con una cultura y una gente totalmente diferente.
Después de pasar unos días pedaleando la isla, llegamos a Stone Town, la capital. Atrás quedan carreteras con árboles centenarios, pequeños poblados con gente encantadora y playas impresionantes. También algo escépticos nos instalamos en un hostal en el centro y al perdernos por sus calles nos damos cuenta del sitio tan especial que es.

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La bici sigue siendo el principal medio de carga

El Ramadán acaba de terminar y el ambiente no puede ser más festivo. La gente se echa a la calle con sus mejores galas para reunirse con los amigos o llevar a los niños a comer algo especial. El espectáculo está servido en la misma calle.

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Todo el mundo en la calle al final del Ramadán

Los tipos duros en África son buena gente

Los tipos duros en África son buena gente

Pequeños rincones de la ciudad esconden puertas antiguas de la civilización de Omán que pasó por allí.  Además de ellos, los indios también tienen una colonia grande aquí establecida, así que la mezcla de culturas es de lo más variado que hemos visto. Lo notamos también en la gastronomía. Hay comida local por todas partes, frutas que no hemos visto nunca y un mercado de especias de lo más original.

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Escenas del mercado

Nos perdemos por sus calles, su fuerte y, por supuesto, sus preciosas playas durante unos días antes de volver a Dar es Salaam.

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Traficantes de armatostes

Creo que muchos índices de desarrollo de un país se aplican egoístamente, y eso es lo que hacemos nosotros. Aimagel pasarnos el día pedaleando, nuestros indicadores de desarrollo serán la anchura del arcén de las carreteras por las que vamos y la temperatura de las cocacolas en las tiendas. Valorado de esta manera y por orden de países recorridos, podemos afirmar que Uganda es un país con un nivel de desarrollo bajo, Ruanda tiene los indicadores más altos y Tanzania un desarrollo medio. Medir el nivel de desarrollo de Malawi nos resulta complicado porque aunque las carreteras estén rasgadas y no tengan arcén, apenas circulan coches y nos cuesta más que en otros países encontrar refrescos.

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Siendo éste el país más pobre que vamos a visitar, podemos decir sin duda que es de los que mejor nos tratan.
Cruzamos la frontera entre Tanzania y Malawi en 30 minutos y nada más entrar hacemos el procedimiento habitualimage de cambiar dinero. Nos da la risa al conocer el nombre de la moneda de este país: la Kwacha, nos suena a guasa. Empezamos a pedalear con la cartera llena de billetes, no por nuestra boyante economía, sino por la inflación de este país. Pronto nos encontramos con una carretera en mal estado pero atestada de gente que camina de un sitio a otro y nos saluda efusivamente. El tráfico de bicicletas es altísimo también por aquí y el de coches muy escaso. Si a ello le añadimos que avanzamos por una carretera que va pegada al Lago Malawi, que parece el mar, donde hay playas preciosas y un agua cristalina, muy poco más le podemos pedir a la vida. Cuando nos cansamos, nos damos un baño en el lago y cuando nos cansamos de nadar, volvemos a nuestras bicis.

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Cada persona que conocemos nos intenta ayudar y no resulta difícil encontrar sitios para dormir.
Se nota bastante la escasez y la pobreza. En Tanzania podíamos escoger si desayunar mangos, papayas, plátanos, sandía, piña o caras manzanas. Aquí la única fruta que encontramos es el plátano. Donde antes podíamos escogerimage para nuestras ensaladas entre deliciosos aguacates, lechugas, acelgas, cebollas, tomates o berenjenas, ahora sólo podemos elegir tomates. No es grave ya que tantas horas al pedal dan para mucha imaginación y pronto sacamos nuevos platos con el tomate como ingrediente principal. Así, en una cocina minúscula de gasolina que nos acompaña en todos nuestros viajes cicloturistas, somos capaces de cocinar espaguetis a la boloñesa, arroz a la cubana, ensalada de tomate y ajo, pan tumaca, pasta a la amatriciana y algún que otro plato más, siempre con el tomate como actor principal.

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Las playas del Lago Malawi

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Cuando encontramos un lugar que nos gusta y nos dan alojamiento económico, como es Nkhata Bay, nos cuestamucho emprender la ruta de nuevo. Los gintonics los venden a 1€, el lago lo tenemos a 20 metros de nuestra tienda de campaña, los pescadores nos traen pescado fresco cada día hasta la orilla y existe una atmósfera mochilera con gente de cualquier zona del mundo, que nos hace quedarnos aquí más de lo planeado.

Si de algo huimos en este viaje es de la prisa, así que si hay que pasar un día más en la playa con un gintonic peleón, se pasa.

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Nkhata Bay

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Regateando el pescado del día

Una vez que conseguimos salir, dejamos la zona del lago atrás y el paisaje es de lo más variado. Nos encontramos con verdes colinas con ríos y gente con poquísimo contacto exterior, o sabanas con animales salvajes y peligrosos que no conseguimos ver.

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Parada en un río

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Menos mal que nos la encontramos muerta



Nada más salir de Nkhata Bay, uno de nuestros anfitriones más peculiares es Mr. Wilson. Después de un precioso día pedaleando por bosques de alcornoques, toca buscar dónde pernoctar. Paramos en el primer pueblo y pedimos cobijo a un señor en el colegio, como es habitual. Nos dice que no está el director, pero que podemos dormir en su casa. Se nos presenta como Mr. Wilson y pronto llama a su familia y amigos para mostrar a quién hospeda esa noche.

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Los bosques de alcornoques de Malawi

La entrada de la casa está atestada de gente y nos sentimos algo incómodos ya que nos dice que vamos a dormir en la sala de estar, en los sofás. La idea no nos convence por tres motivos: es demasiado invasivo dormir en la sala de estar de una familia de 7 personas, no tenemos cómo poner la tienda en ese salón y los mosquitos nos pueden devorar. No hemos visto el salón todavía, así que allí nos dirigimos en procesión hacia la casa en el siguiente orden: Mr. Wilson delante, yo y la Gerarda detrás, Magnífica y su torete después y una fila de unos 20 niños que nos persiguen estupefactos vayamos donde vayamos.

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Nos salen espectadores hagamos lo que hagamos. Aquí filtrando agua

Así que Mr. Wilson nos muestra dónde vamos a pasar la noche y tardo unos segundos en reaccionar. El salón de la casa cuenta con 5 televisores y unos 7 altavoces, todos colocados en el mismo mueble. Aquello parece la portada de un disco de música electrónica. Le pregunto a Mr. Wilson y me dice que vive en Johanesburgo y siempre que puede compra algún aparato allí que luego venderá en Malawi más caro. Teniendo en cuenta que en Malawi no hay tiendas de electrodomésticos más que en la capital, estoy seguro de que Mr. Wilson saca pingües beneficios con el negocio que ha ideado. Lo más curioso es que en la casa no hay electricidad. La única corriente que obtienen es mediante dos paneles solares que hay en el tejado. Así, si han tenido un día de mucho sol, podrán ver el fútbol en pantalla de 40 pulgadas; si en cambio ha habido nubes, lo verán en la de 15. Además de ello, tener tantos aparatos en el salón de su casa le sube el status dos o tres escalones. Conseguimos hacer un hueco y plantamos la tienda entre los sofás.

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El salón de Mr. Wilson

Seguimos unos días más con situaciones de lo más variopintas hasta darnos cuenta de que Malawi es, sin duda, uno de nuestros países preferidos de África. Ahora nos encontramos ya en Zambia, hemos entrado en la segunda fase del viaje y nos queda recorrer este país, Namibia y Sudáfrica para terminar. Seguimos tan contentos como el primer día y nuestros ánimos siguen altísimos de descubrir nuevas culturas y sobretodo, nuevas gentes.

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Los mil paisajes de Malawi

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Dos pistolas y una baguette por favor

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Camping en el lago

 

 


Encuentros y desencuentros

Zambia está en elecciones y el ambiente es o bien festivo, o bien tenso. Por primera vez han autorizado a los observadores electorales de la ONU supervisar el proceso y pinta limpio. Hay caravanas de gente vestidas de rojo por todas las ciudades haciendo propaganda sobre el opositor y caravanas de gente vestida de verde haciendo propaganda sobre “his excellency, the president of Zambia”. Esas caravanas nos asustan y cada vez que las vemos venir entramos en algún bar o restaurante. En ellas casi siempre suele entrar alguien del partido contrario y se ven buenas trifulcas. Incluso vemos a dos mujeres a puño limpio en plena calle.

El país cuenta cuenta con un desarrollo que nos es totalmente nuevo. Vemos anuncios de inmobiliarias; en las ciudades, la gente tiene a los perros como mascotas y no como animales de granja, y es muy común ver a cualquier zambiano tan exhorto en su smartphone como cualquier persona en el metro de Madrid.

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Inmobiliarias, un negocio que no habíamos visto antes

Entrar en Lusaka, la capital de Zambia, es confuso. Nos pasamos un rato recorriendo sus calles hasta llegar al hostel muy desconcertados; parece que África ya se termina. Coches de gama alta ocupanimage sus anchas avenidas y los centros comerciales se encuentran cada dos esquinas. Hay supermercados,cines, restaurantes de cualquier parte del mundo, luces por todas partes, pizzerías en gasolineras, bancos y una frenética vida urbana. Una vida urbana que nos defrauda por completo. ¿Dónde están esos puestos de fruta en la calle? ¿Dónde están las miles de bicicletas que circulan por las carreteras? ¿Qué fue de esas tenues luces de tiendas de ultramarinos? Es culpa nuestra, no nos hemos documentado bien y pensamos que Zambia va a suponer otro país africano lleno de encantos. No digo que no tenga encantos Zambia, pero nos va a costar encontrarlos.

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Uno de los pocos ciclistas con los que nos cruzamos

Salir de Lusaka es como salir de Madrid. Hay unos barrios colindantes, una autopista que te lleva a otro barrio, después llegas a nuevos municipios atravesando fábricas y centros comerciales, y por fin, después de recorrer unos 40 km, ya podemos afirmar que salimos de Lusaka. Por lo menos el arcén es ancho y los miles de camiones que nos adelantan lo hacen a cierta distancia.

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Una vez acabada nuestra huida de la capital, nos adentramos en la Zambia rural rumbo oeste, hacia Namibia. Desde que empezamos nuestro viaje en Uganda, hace ya casi 3 meses, casi nunca hemos tenido que planear dónde dormir en los cuatro países que llevamos recorridos. Cuando estamos cansados o vemos que se avecina la noche, buscamos cobijo en el pueblo por el que estamos pasando. En este continente lo que no falta es gente y sus respectivos asentamientos, pero en Zambia las distancias son mucho mayores que antes y pecamos de confiados. imageLa carretera atraviesa hectáreas de ranchos privados, siendo difícil encontrar donde acampar. Después de un día de arduo pedaleo preguntamos a unos locales que vemos en un bar de carretera. Nos dicen que no hay nada y que preguntemos en la comisaría a ver si es posible hacer noche ahí.

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El alcohol, presente hasta en el pueblo más recóndito

Esa opción no nos convence y en el siguiente rancho por el que pasamos preguntamos a los trabajadores si hay posibilidad de acampar en el poblado donde ellos viven. La respuesta es afirmativa y allí nos quedamos, pero dormir al lado de una carretera nunca es agradable. Así se nos plantea Zambia en un comienzo, así que nos toca planificar más los días para no pernoctar en el arcén de la carretera nacional.

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Uno de los ranchos donde dormimos

Una vez que le cogemos el tranquillo a cómo atravesar este país, encontramos sus encantos. Su gente es muy alegre, viva y muy curiosa por saber qué pasa en ese país donde viven los dos ciclistas que están imageconociendo. En los pueblos seguimos encontrando cobijo en los colegios y el desarrollo nos trae ciertas ventajas. Aunque hacer la compra en mercados callejeros tenga mucho encanto, un supermercado es un negocio de lo más cómodo que hay. Tienen helado, chocolate; de repente encuentras fiambre, tuppers para guardar comida o grasa para la cadena de la bici. Nos sentimos como Paco Martínez Soria en el Corte Inglés de la Castellana al ver tanta diversidad de productos en el mismo lugar. Hasta ahora para encontrar grasa de la bici tenemos que buscar una ferretería en el barrio de las ferreterías, para encontrar carne hay que buscar una carnicería en su respectivo barrio, para comprar fruta tenemos que ir a la zona del mercado donde venden fruta, y para encontrar helado sólo podías imaginártelo en sueños, entre nubes que vuelan. Ahora tenemos todo al alcance de nuestras manos, todo en el mismo lugar.

imageLlevamos 3 meses de viaje y estamos en nuestro quinto país. En un continente donde hay animales salvajes de todo tipo, nosotros no encontramos ni uno salvo los chimpancés que vimos en Uganda, algo que nos supuso una experiencia inolvidable. ¿Dónde andarán esos leones asesinos, esos elefantes pisahombres o esas serpientes que con la mirada te mandan a otro barrio?
En pocos días llegamos a Livingstone y gracias a Abus, nuestro nuevo patrocinador, contamos con unos fantásticos candados. El envío tardaun poco más de lo esperado y nos quedamos allí varios días, así que un día nos levantamos con el ansia de encontrar elefantes. Sabemos, por lo que nos han dicho, que están ahí al lado. Sabemos que suelen pasar por el camino que va a las cataratas Victoria, así que a las 6AM y helados de frío pedaleamos hasta esa zona.

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Las majestuosas cataratas Victoria

Nos perdemos por caminos y sendas pero sólo localizamos sus enormes huellas. “Pasaron ayer por aquí, pero ya no están”, nos informan.image
Decepcionados y adormilados volvemos a casa sin haber visto nada. Pasamos el día poniendo a punto nuestras respectivas bicicletas Genesis, apodadas “El Torete” la bici de Magnífica y “La Gerarda”, mi querida compañera.

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Hacemos un nuevo intento por la tarde. Cogemos la misma carretera hacia las cataratas y en el camino alguien nos dice que nos demos prisa, que acaban de ver una familia de 12. Pedaleamos como perseguidos por la policía y al llegar a un puente que cruza un río, allí están. imageNuestra emoción es enorme, se bañan en el río y con la trompa se duchan, igual que en la televisión pero delante de nuestros ojos y sin tener que pagar un prohibitivo safari. Es maravilloso poder verlos en su esencia. image

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El elefante con el que tuvimos el encontronazo

Poco a poco se mueven y avanzan hacia la carretera donde estamos, así que es mejor salir de allí. Monto en mi bici y detrás de mí va Magnífica. Justo pasa por allí un camión, así que me coloco a su lado para que me proteja; en el otro lado está el elefante. Nada más empezar a avanzar en paralelo con el camión y sin saber por qué, el conductor se detiene. Yo me asomo por delante del camión y veo al enorme animal al otro lado avanzando hacia la carretera pero a una distancia prudencial, así que pedaleo fuerte y avanzo hasta una zona lejana al elefante pensando que Magnífica me sigue de cerca. Negativo. Ella se confunde y piensa que no voy a cruzar así que de repente se lo encuentra mucho más cerca que yo. El corazón se me para y le grito que corra. Así lo hace y por suerte el animal ha reculado y no viene. Fue un susto tremendo, pero por fin vemos elefantes.

De aquí avanzamos hacia Botswana, un país que no estaba en nuestro plan de viaje, pero para llegar a Namibia desde Zambia se acorta por allí y no tenemos que pagar visado, así que perfecto. Botswana, nos vemos en dos días.

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Ugali, nshima o pap. Una masa hecha con harina de maíz que llevamos comiendo desde Uganda.

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Campañas contra el Sida están en todas partes

Casas zambianas de adobe y paja

Casas zambianas de adobe y paja

Niños zambianos con sus juguetes

Niños zambianos con sus juguetes

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Por cierto, a día de hoy nos enteramos de que finalmente Edgar Lungu vuelve a proclamarse presidente de Zambia en un proceso nada limpio. Entre otras cosas han encontrado un camión que viene de Botswana lleno de votos a favor del presidente.


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Las mil caras de Namibia

“Para entrar a Namibia desde Zambia lo mejor es hacerlo por Botswana”

Tirados en el suelo de un pueblo perdido de Zambia compartimos un mapa tamaño XL con tres ciclistas imageescoceses que nos encontramos en la carretera. Han salido desde Johanesburgo hace unos meses y el
encuentro nos ilusiona enormemente. Dos de ellos quieren subir hasta Etiopía, y Jaimisch, el más joven de los tres, vuelve a Edimburgo en dos semanas desde Lusaka. Se nota el cansancio en sus miradas. Protegiéndose del sol llevan prendas de manga larga y sudan como pollos. Nosotros vamos tan frescos como podemos, qué diferencia de costumbres.

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Jaimisch nos dice que somos muy afortunados, en Namibia “volaremos”. Los vientos a estas alturas del año soplan rumbo oeste, así que las noticias que nos dan son muy alentadoras. Nosotros les damos todo tipo de consejos también, ya que van a hacer exactamente la misma ruta que nosotros ya hemos hecho. Este tipo de información es de lo más valioso que encontramos. Si preguntamos a los locales la distancia a un determinado lugar nadie nos la sabe decir correctamente; si preguntamos acerca de las cuestas, tampoco, y si preguntamos acerca del viento, menos aún, así que con el cuaderno lleno de apuntes nos despedimos afectuosamente.image

La frontera que vamos a cruzar es distinta a las demás. Navegando el río Zambezi nos despedimos de Zambia; al otro lado está la frontera con Botswana. Nuevamente la cruzamos sin contratiempos, salvo por image
un pequeño detalle: cuando estamos a punto de abandonar el recinto de la frontera para entrar en
Botswana, un policía con cara de pocos amigos nos dice que no hemos desinfectado las ruedas de las bicicletas. Conteniendo la risa le preguntamos que cómo se desinfectan. A su lado hay un
depósito con un producto químico por donde los coches deben pasar para desinfectar las ruedas de un parásito que hay en las heces de vaca zambiana. Así que pasamos las bicis por allí y continuamos hacia un nuevo país.image

La mañana en Botswana fue de lo más provechoso. Nada más cruzar la frontera vemos jabalíes facocheros cruzando la carretera, a la media hora encontramos un río donde hacer un descanso y en sus aguas nos encontramos con 5 hipopótamos chapoteando y a los lados de la carretera elegantes gacelas trotan sin miedo ninguno.image

Continuamos hacia la frontera namibia y tenemos el problema de que hay que cruzar el Parque Nacional de Chobe y en bici no es posible. Apostados en la entrada del parque hacemos auto-stop, pronto un coche nos deja subir las bicis y nos lleva hasta el otro lado del parque, la frontera con Namibia. Mientras cruzamos Chobe vemos elefantes, cebras y gacelas. El coche nos deja en la frontera y en la misma hay una inmensa llanura en la que vemos ñus campando a sus anchas, búfalos y macacos mientras un río divide esa llanura en dos.image

imageLa entrada a Namibia nos confunde bastante. No hay cambistas, no hay vendedores, no hay movimiento ninguno y el edificio es muy moderno y su personal muy profesional. Parece la frontera de Bruselas con Holanda antes del euro. La séptima frontera la cruzamos sin contratiempos y buscamos donde cambiarimage dinero, pero allí no hay nada. Tenemos que recorrer 40 km para encontrar el primer cajero automático. Vemos una gente muy diferente a la de otros países. Hay bastantes mestizos, no son tan abiertos como en otros países y se saludan de una forma muy peculiar. Antes de darse la mano, dan una palmada en señal de respeto hacia la otra persona. Nosotros dejamos de ser “muzungus” por primera vez en siete países de África y pasamos a ser “makúa”, así llaman aquí a los blancos.

El paisaje es desértico y los poblados se componen de casas redondas de barro con tejado de paja. No hay gente en la carretera y por primera vez en los tres meses que llevamos de viaje, pasamos calor.image

En este país también conviven muchísimas tribus distintas y de nombres rimbombantes, desde los Hereros, cuyas mujeres usan vestidos isabelinos heredados de la colonización alemana, hasta los Himbas, que jamás se lavan y se cubren el cuerpo con barro como protección contra el sol o incluso la suciedad. Los Damaras también son muy característicos y están por todas partes. Lo más peculiar de ellos es su forma de hablar, combinando entre sus palabras sonidos que hacen tocando la lengua con el paladar. Si la gente dice que aprender chino es difícil, que prueben el damara.image

Después de unos días recorriendo el norte del país, llegamos al Corredor del Caprivi. Un corredor que va de este a oeste, con Angola a 12 km al norte y Botswana a 25 km al sur.

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Es temporada seca con lo cual los animales viajan mucho buscando agua, así que hay que extremar precauciones porque parece que en esta zona hay todo tipo de vida salvaje. Empezamos el día pedaleandoimage rápido y sin mirar al frente, sólo miramos a los lados por si nos salta cualquier animal. A medida que
avanzamos nos confiamos más y ya nos olvidamos de por dónde vamos. De vez en cuando pasa algún coche pero en general estamos totalmente solos. Nos dirigimos a Chetto, un pueblo que hay en la mitad del corredor, donde pensamos pernoctar. Después de pedalear todo el día con viento de cola, como nos presagiaron los escoceses, llegamos a Chetto. Encontramos una tienda y engullimos dos Sprite como si nohubiéramos bebido en días.

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Nidos gigantes

– ¿De dónde venís?-, nos pregunta el dueño del establecimiento.
– De Kongola, hemos salido esta mañana.
– Y no habéis visto al león.
– ¿El león?
– Esa señora que acaba de irse ha visto hoy uno, al lado de Omega.
En Omega es donde hemos parado a comer. Hemos hecho un picnic como si estuviéramos en los Alpes suizos, Lucía haciendo el papel de Heidi y yo de Pedro, vaya suerte hemos tenido de no encontrárnoslo.

Al día siguiente nuestro ritmo en la bicicleta es frenético y casi ni hablamos entre nosotros. Ya sólo miramos a izquierda y derecha y empujamos los pedales sin descanso.

imageimageDespués de unos días llegamos al Paso de Mururani.

“A partir de aquí es otro país, se acabaron los poblados. Planificar bien cada día porque las distancias son largas y no hay nada entre pueblo y pueblo”. Recordamos las palabras de Jaimisch y eran ciertas. El desierto se hacía largo y entre un pueblo y otro puede haber distancias de 200 km que en bici no se pueden recorrer en un día. Cambia nuestra forma de viajar teniendo que planificar y hacer acopio de agua para no quedarnos secos.image

Se nota cada vez más la presencia de gente blanca y las ciudades tienen una clara influencia alemana hasta en sus nombres:

Grootfontein, Kalkfeld o Wilhelmstal son ejemplos de sus ciudades.

imageLa primera ciudad que visitamos después de cruzar Mururani es Grootfontein y no nos gusta. Nada más llegar encontramos grupos de niños callejeros esnifando cola industrial en botellas de plástico usadas. Todo el mundo nos mira raro y no hay nada interesante que hacer, así que salimos de allí rápidamente.

En las ciudades vemos un ambiente enrarecido en el que los negros no son tratados bien y los blancos son los que manejan tanto las tierras como los negocios.

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Aún así encontramos gente buena vayamos donde vayamos. Cerca de Grootfontein está el Parque Nacional de Etosha. Aún no hemos entrado en ningún parque natural sin que sea de paso y Etosha tiene todos los alicientes que buscamos: hay todo tipo de animales y contiene un salar enorme que hacen de ello un paisaje único e impresionante.image

Nuevamente nos colocamos en la puerta del parque a ver si alguien nos lleva ya que no se puede ir en bici imagepor allí. De repente, una pick-up grande conducido por una sola persona pasa por delante de nosotros. Me
acerco y le pregunto si podemos unirnos. Nos dice que sólo hay un asiento delantero, le decimos que donde cabe uno caben dos y nos acepta. El parque es maravilloso. Un lago salado seco le da un aspecto lunar al parque y está lleno de animales. En un solo día vemos leones, rinocerontes, jirafas, chacales, avestruces y elefantes. Además Mungu, nuestro compañero de coche, es un personaje encantador y nos hace pasar un día increíble.
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Seguimos bajando hacia el sur por el Kalahari y llegamos a Skeleton Coast, un desierto espectacular que acaba en el mar donde el viento sopla con furia. Acampar allí es como acampar en el fin del mundo. No vemos a casi nadie en días y el sitio es espectacular. Las distancias entre los pueblos son enormes y tenemos que hacer acopio de agua y provisiones para días.

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imagePor fin llegamos al mar y nos emocionamos. La última vez que lo vimos fue en Tanzania y era el Océano Índico. Ahora es el Atlántico y sus aguas están llenas de focas. El olor en una de sus playas es horrible de la cantidad de ellas que hay.

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Unos días después llegamos a Swakopmund, una ciudad con mucha influencia alemana, pero nos pasa lo imagemismo, el ambiente de las ciudades no nos convence. Así que pedaleamos rumbo sur, hacia Sudáfrica ynuestra siguiente escala es en Sossusvlei, un desierto de dunas rojas impresionante. Al llegar allí subimos a la duna más alta y una vez más nos damos cuenta de lo pequeños que somos ante la naturaleza. Miremos donde miremos sólo hay dunas y en función de cómo les de el sol cambian bastante de color.image

imageUna vez visitado Sossusvlei y el Parque Nacional del Namib avanzamos hacia Fish River Canyon, un cañón que atraviesa el río Fish y desde arriba dicen que hay unas vistas alucinantes. El camino hasta allí se nos hace duro. La pista que lleva hasta allí es de arena y es muy difícil manejar la bici sin perder el equilibrio. imageAdemás las distancias nuevamente son larguísimas y con lo único que nos cruzamos es con avestruces. Una vez que llegamos al cañón nos pasa lo mismo, alucinamos con el paisaje. No habíamos visto nada parecido y nos quedamos en lo alto del cañón un tiempo largo, disfrutando del lugar en el que estamos.image

imageHemos recorrido Namibia de norte a sur y, sin duda alguna, es el país que paisajísticamente más nos ha llamado la atención. Los desiertos, la vida salvaje y la inmensidad de este país en el que sólo viven 2 millones de personas hace que nos sintamos hormigas ante una naturaleza exuberante. A pesar de ver esos detalles racistas, es un país que nos impresiona muchísimo y en el que la gente nos trata de maravilla.

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Sudáfrica, las últimas pedaladas

– ¡No está permitido parar ahí!

– Perdone, sólo quería sacar una foto.

– Ahí no puedes parar, es un sitio de riesgo.

Es el último policía que veremos en Namibia y tiene cara de pocos amigos. Magnífica ha parado en medio del puente que cruza el Río Orange y delimita Namibia con Sudáfrica; parece que ha cometido una grave infracción.

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Le enseñamos nuestros pasaportes al policía y, sin mirarnos, nos los devuelve mientras nos da paso.

El último país que visitamos nos recibe de noche y, como nadie nos recomienda estar en la calle a esas horas, rápidamente nos metemos en un camping a dormir.

img_7758Al día siguiente salimos temprano y nos encontramos con la primavera en todo su esplendor. Flores de todos los colores adornan las carreteras que suben y bajan, un viento fuerte nos sopla en la cara y las nubes y el sol se turnan para hacer de nuestro primer día en Sudáfrica un día bastante singular. Los pueblos nos recuerdan a Holanda; las casas son blancas y de madera, los nombres de las ciudades suenan a idioma flamenco, la gente es rubia y todo es muy verde. Estamos en Namaqualand.

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Nos sorprende también ver la división tan grande que hay en las ciudades. Por un lado está el barrio de los negros, donde las casas son pequeñas, construidas en ladrillo, tejado de uralita y de un solo piso. Anexo a casi todas ellas han instalado algún tipo de cabaña o chabola que alquilan a amigos. Estas casas las construyó el gobierno en su día, siempre apartadas del centro.

img_7749Por otro lado están las soberbias urbanizaciones de blancos que se asemejan a las construcciones americanas; casas grandes de madera con jardín abierto, garaje amplio y coches tamaño americano. Estos barrios también se encuentran lejos del centro, pero sobre todo muy lejos del barrio de los negros.

Entablamos conversación con cualquiera, como viene siendo habitual, y se nota que la convivencia entre ellos no es cordial, el Apartheid parece seguir presente. Si hablamos con un blanco, abiertamente nos dirá que los negros son unos vagos, unos borrachos y unos delincuentes. Si hablamos con los negros, abiertamente nos dirán que los blancos les explotan y controlan el país.img_7075El primer día hacemos noche en Springbok. Al ver tanto desarrollo pensamos que aquello de acampar por libre o pedir sitio para dormir se ha acabado, pero como somos inconformistas, decidimos hacer un intento. La hospitalidad también es grande con los ciclistas en este país y no nos cuesta que nos inviten, no sólo a dormir, sino también a cenar y desayunar. Hace frío y en todas partes lo primero que nos ofrecen es un delicioso Rooibos caliente que jamás declinamos.

Un par de días más tarde, después de pasar el día pedaleando entre colinas llenas de flores, llegamos aimg_7751 Garies. Como siempre, la ciudad está dividida en barrios de negros y blancos. Se nos hace tarde, así que encontrar dónde dormir es urgente. Un hospital es lo primero que encontramos y preguntamos a su guardia de seguridad qué posibilidades hay de dormir ahí. La mayoría de las veces el sitio donde dormir depende de cuánto quiera ayudarnos la persona a la que preguntamos.

El guardia de seguridad del hospital no puede ser de más ayuda; nos pregunta que de dónde somos y al decirle que somos españoles nos contesta que va a intentar contactar con el Dr. Vega, un cubano que seguramente nos pueda acoger. Nos encanta su actitud y agradecemos haber dado con una persona tan rápida de reflejos y que sabe que los cubanos y los españoles hablamos la misma lengua, algo que por estas latitudes no es tan evidente.img_7753

El Dr. Vega no está de servicio en ese momento, pero vive cerca. Contactan con él y al poco tiempo aparece una persona de tamaño grande, y con un corazón aún más grande, como comprobamos pronto. El Dr. Vega acude algo aturdido al haberse despertado de la siesta hace poco tiempo y con un fonendoscopio colgado del cuello, ya que cree que le han llamado por una urgencia. Cuando ve el motivo de la llamada se pone contento de poder hablar su lengua y de conocernos. Rafael nos lleva directos a su casa donde nos acomoda en una de sus habitaciones y pone el horno a calentar. Tenemos la suerte de que le encanta cocinar y a nosotros comer, así que hacemos un tandem ideal. Rafael trabaja para el gobierno cubano como médico de familia y está de intercambio en Garies. Pasamos una velada de lo más divertida escuchando sus historias en el hospital y conociendo mejor los secretos del sistema de salud sudafricano que, en líneas generales, funciona mejor que en cualquier país africano.

img_7750El paisaje va cambiando a medida que nos adentramos en la zona de Orange County, donde la principal fuente de economía son el vino y las naranjas. Además de viñedos, naranjos y limoneros por todas partes, nos vemos rodeados de montañas que afortunadamente no tenemos que subir en nuestro camino a Ciudad del Cabo.

Pronto nos volvemos a encontrar con la costa y la zona recuerda mucho a la costa californiana, con ciudades muy enfocadas a la vida playera. Hay mucha afición a los deportes de agua y la vida sana está a la orden del día. Atravesamos un parque natural en el que abundan las avestruces y las tortugas terrestres. Estas pobres criaturas son atropelladas con frecuencia en las carreteras, así que en dos ocasiones paramos nuestras bicis para salvarlas de una muerte segura.

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Finalmente divisamos Table Mountain, la montaña que caracteriza Ciudad del Cabo. Aunque no la hayamos visto nunca es inconfundible, tiene la forma que le da su nombre; es una mesa. Nos entristece enormemente ver que se acerca el fin de nuestro viaje, pero por otro lado nos alegra enormemente ver que lo hemos conseguido, que aquel sueño de una fría noche de diciembre se va a convertir en realidad. Por nuestras cabezas fluyen las miles de experiencias vividas y somos conscientes de que, efectivamente, lo vamos a lograr.img_7638

El aire del mar nos empuja directos hacia Ciudad del Cabo. Hace un par de días, uno de nuestros anfitriones nos dice que cuando lleguemos podemos quedarnos en casa de su hermano. Llamamos a nuestro contacto y nos dice que allí están esperándonos, en el 451 de Vortrekker Avenue.

La aplicación del teléfono que hemos usado durante estos 4 meses para orientarnos no nos falla y poco a poco nos acercamos al destino. La zona cada vez se deteriora más y pasamos por barrios con casas bastante desvencijadas, mucha gente en la calle sin hacer nada y negocios a los que nunca entraríamos. De repente, un señor nos previene de que esa zona no es segura y que vayamos con precaución. Afortunadamente es por la mañana y todavía no hay tanto riesgo. img_7636

El edificio está frente al cementerio y en absoluto parece una vivienda. Entro en el 451 y el ambiente no es para nada amigable. Hay una recepción con una larga cola de gente cariacontecida y nadie saluda. Al fondo hay varios despachos con gente ocupada, el suelo es de moqueta, los muebles de madera oscura y las cortinas de las ventanas, que fueron blancas algún día, ahora son color hueso.

Haciéndome el despistado para no tener que hacer la cola pregunto por el Sr. Anton, que sale de su despacho al escucharme y sonríe al verme. Es insólito ver a alguien sonreír en esa oficina, así que me tranquiliza bastante. Nos invita a meter las bicis por una puerta trasera y vemos que en ese mismo edificio hay una capilla. Hemos visto mucha fe en nuestro viaje, pero dudamos de que esta gente tenga una capilla en su casa.

– ¿Sabéis cuál es nuestro negocio?- Nos pregunta el Sr. Anton.

– No…

– Esto es una funeraria y nos encargamos de los cuerpos desde su muerte hasta su incineración.

Ahora entendemos todo. A esa gente con cara larga se le ha muerto alguien y están allí contratando los servicios de la funeraria. Esa capilla es donde se celebran los entierros y esa cantidad de coches fúnebres aparcados en la parte de atrás de la oficina son los cuerpos que traen desde las casas de la gente. El sitio no nos gusta, pero el Sr. Anton no puede ser más amable. Nos lleva hasta uno de los velatorios y nos indica dónde dejar las bicis. Allí, donde suelen depositar el ataúd, aparcamos a La Gerarda y al Torete, frente a unas 15 sillas donde los familiares suelen despedirse de sus seres queridos.

Dedicamos la tarde a conocer Ciudad del Cabo.captura-de-pantalla-2016-10-11-a-las-13-42-10

La ciudad es fascinante, con un barrio malayo con casas de colores, la montaña en medio de la ciudad muestra unas vistas espectaculares y el ambiente es de una ciudad totalmente desarrollada y con mucha vida sana centrada en la vida marítima. Paseamos por un barrio y otro hasta que empieza a anochecer.

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Al llegar a casa, el Sr. Anton prepara un “braai” en nuestro honor. Se parece bastante a lo que nosotros conocemos como barbacoa, pero en afrikaans. En Sudáfrica siempre existe un buen motivo para preparar un braai y, sea la ocasión que sea, se ponen a asar carnes de todo tipo. El Sr. Anton nos recibe con su mujer y unas deliciosas chuletas de cordero. Durante la cena nos dicen que al día siguiente no tienen demasiado jaleo de trabajo y que, si queremos, nos pueden llevar a las bodegas a pasar el día. Encantados, aceptamos. Pensábamos que no podríamos ir, ya que están a las afueras de Ciudad del Cabo y de repente, por un golpe de suerte, esta genial familia se ofrece a llevarnos.
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A las 10.30 de la mañana nos subimos con ellos a su coche y visitamos 3 bodegas preciosas. En cada una nos hacen degustación de vinos y quesos, con lo cual en la segunda bodega que visitamos ya no sabemos ni lo que nos dan a probar. El plan es genial y lo pasamos en grande con este matrimonio de la tercera edad, bebiendo vino y charlando sobre la cultura sudafricana.

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Son tan encantadores que así es fácil acostumbrarse a la lúgubre vida de una funeraria, por lo que decidimos anular nuestros planes de irnos a un hotel y nos quedamos en casa de Anton hasta el día en que tenemos que coger el avión que nos lleva de vuelta a España. Entablamos tan buena amistad con la familia que incluso nos llevan al aeropuerto con nuestras bicicletas para despedirse de nosotros.

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Orgullosos de lo que hemos conseguido, pero muy tristes por acabar el viaje, nos subimos al avión. La vuelta no va a resultar fácil. Ha sido una experiencia increíble con muy pocas preocupaciones y muchas satisfacciones en el que nuestra simple forma de vida ha sido maravillosa. Lo único que hemos tenido que hacer estos meses ha sido pedalear por lugares impresionantes, buscar comida y sitio donde dormir. Hemos conocido gente de lo más dispar y de toda condición que siempre nos ha ayudado en todo lo que ha estado de su mano. Gente con recursos nos ha acogido dándonos una habitación con baño y todo tipo de comida y facilidades, y gente con menos recursos también nos ha facilitado un sitio donde dormir, así como comida y ayuda en lo que hiciera falta.

Pronto escribiré una crónica resumiendo esta maravillosa experiencia y pronto haremos una expo con las fotos del viaje, como siempre, en Slowroom.