Noticias desde Kirguizistán

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La Gerarda es la bici que me ha traído hasta aquí, una Genesis Tour de Fer. He pasado ya tantas horas con ella que le tuve que poner un nombre. Se me ocurrió en carreteras iraníes y le bauticé así porque es un nombre de mula de carga, mula de carga sufridora. Debo reconocer que he dudado mucho de su aguante en diversas ocasiones, no porque sea mala bici, sino porque lleva ruedas algo más finas de lo normal para estos terrenos. El tiempo me ha quitado las dudas, ya que se ha portado de maravilla. En Dushanbé, coincidí con varios ciclistas que venían de recorrer el Pamir y el Wakhan Corridor y todos me decían que no iba a ser capaz de hacerlo, que cambiase las cubiertas, el transportín, el manillar…

– ¿Vas al Pamir?
– Sí
– ¿Con esa bici?
– Sí
– ¿Y cómo vas a hacerlo?
– Pedaleando

Me molestaba la gente que pensaba por mí, siempre me ha molestado. Así que cuando Haikke, esa alemana con pelos en las axilas y bici de 4.500 € lo hizo, automáticamente le dije que le escribiría cuando lo terminase y le contaría cómo lo hice. Qué grata satisfacción me fue mandarle ese email con mi foto entrando en Osh, Kirghizistan.

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La Gerarda vino tocada, pero para nada pienso remplazarla, y desde luego que no me he cargado ni el cuadro, ni ningún radio de las ruedas, ni tampoco yo me he roto en dos llevándola como tanto me decía el “Comité de Expertos Cicloturistas”. He sufrido, pero ¿acaso hay alguien que no sufra subiendo al Pamir?

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Nada más salir de Murgab se me puso la piel de gallina otra vez. Estábamos pedaleando la M41, a unos 4.100 m de altura con la frontera china a unos 50 metros y no sé si por la emoción o por la altura, nos faltaba la respiración. Dicen que es más bien por lo segundo pero si en ese momento yo pensaba que era de estar ahí en ese sitio tan alucinante, me iba a ser más fácil dar pedales, así que me convencí de que era por estar en un sitio así. De nuevo ríos, montes nevados y prados verdes nos recibían en un paisaje inolvidable y con un clima bastante fresco.

De repente en el medio de la nada, aparecía una yurta en la que vivía una familia con su rebaño de yaks, su huertita y nada más. Eran tribus nómadas, y cuando les preguntábamos qué hacían ahí, nos solían contestar que ahí tenían todo lo que querían: comida, prados y agua. Los Yaks les daban leche, carne y con sus heces hacen el fuego para cocinar. El río les da agua y algo de pesca, así que va a ser verdad eso de que es posible vivir con casi nada y ser mucho más feliz que teniéndolo todo.

– ¡Aúpa Miguelchu!

Me gritaba Eneko en las subidas a los cuatromiles que escalamos. Sólo de oírle animándome para que siguiera, hacía que se me olvidase la paliza que manejaba y sólo con ese grito, podía tirar otro poco más sin acordarme de lo que estábamos haciendo. Nos compenetrábamos bien y al estar el viento más en contra que a favor, había que hacer relevos para cortar el viento al de atrás lo máximo posible. DSC01410Así que yo tiraba unos kilómetros primero, y otros él bien pegada mi rueda delantera a su trasera y viceversa. Cada cima que “conquistábamos” nos dábamos un abrazo y lo celebrábamos con unos dátiles secos con almendras… qué simple se vuelve todo cuando no tienes nada. Cualquier mínimo capricho se convierte en un banquete.

 

Pasamos el Lago Karakul con los picos Lenin y Stalin de más de 7.000 m de alto y de nuevo, carne de gallina.

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El último cuatromil de Tajikistan no fue tampoco fácil, y precisamente era donde se dividían Tajikistan y Kirghizistan. De nuevo emociones fuertes de conocer un país nuevo y con una cultura totalmente nueva.

Aquella aduana fue la más fácil de pasar de estas 5 fronteras que ya he pasado. Ni desmontar alforjas, ni enseñar equipaje, ni siquiera formulario de entrada ya que para Kirghizistan no hace falta visado. Lo que hacía falta era un mechero para darle fuego al soldado que nos sellaba el pasaporte. Hasta que no encontramos un mechero no nos pondría el sello de entrada, así que no tardamos en darle lo que nos pedía. Incluso nos hicimos los olvidadizos cuando se metió nuestro mechero en el bolsillo…no fuera a ser que diera marcha atrás en su decisión de dejarnos entrar.

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Kirghizistan ha sido el sitio que más me está sorprendiendo en cuanto a paisajes. No tiene  nada que ver con Tajikistan. Como estaba muy centrado en el reto de atravesar el Pamir y de ver esos paisajes tan únicos, me olvidé de mirar qué atractivos tiene Kirghizistan y sin duda es un país impresionante. Nada más cruzar la frontera empezamos a ver colinas interminables de un verde espectacular, y con las montañas nevadas del Karakoram pakistaní de fondo.

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La mayoría de los kirguises son nómadas, y en verano dejan sus ciudades para montar sus yurtas en donde más les gusta y pasar el verano rodeados de caballos salvajes y más animales.

 

Me impresionó muchísimo ver tantos caballos salvajes campando a sus anchas por esos prados, cuando sólo suelo verlos en recintos cerrados. Todo el mundo en los pueblos tiene un caballo, y se ven niños de 7 años dirigiendo sus caballos de un sitio a otro, dándole a cada pueblo un ambiente admirable de convivencia entre animales y personas.

Ahora me dirijo a un lago del que me han hablado donde intentaré llegar a un glaciar precioso. Cambiaré a La Gerarda por un potro kirguiz…ya que en bicicleta se llega a casi todos sitios menos a los sitios donde te lleva un caballo.