Aterrizaje en Teherán

Plaza de Isfahan

Contento de empezar el viaje me subí al avión y me di cuenta de que algo iba mal…ese avión no podía ser el mío..sin duda estaba en el sitio equivocado. Tantas horas de espera confunden a cualquiera y debí haber entrado a un avión que por su público debía ir directo a la playa de Copacabana, y no a Teherán, Irán. Parado en el principio del avión donde las azafatas suelen hacer la coreografía similar a las
cheerleaders de la NBA, me fijé en el público del avión y me costaba creer que los allí sentados fuesen iraníes, as que llegué a la conclusión de que ese no era mi avión. Me di media vuelta muy agobiado y le pregunté a la azafata si ese avión iba donde yo creía que iba, y me contestó que sí, que íbamos a Teherán.

Bigote local

De los allí sentados no había absolutamente nadie que pareciese iraní, o ninguno de los allí sentados parecía lo que yo pensaba que podían ser iraníes. Las mujeres todas iban maquilladas hasta en el último poro de sus caras; las cejas tatuadas, los labios pintados hasta las fosas nasales, las gafas de sol de Chanel a modo de diadema, los pendientes que brillan hasta en la oscuridad y las pestañas que rozan los flequillos no indicaban para nada que podían ser de donde eran. Por supuesto no vi ni medio velo tapando su pelo como exige la férrea ley iraní. Así que avancé hacia mi asiento entre una extraña mezcla de olor a perfume recién adquirido en el duty free y keroseno, qué dulces son los aromas de los aviones. Pronto caí frito, como suele ser habitual.

Isfahán

Finalmente aterrizamos, y al ponerme de pie para recoger mi maleta, miré alrededor y vi que el público que había en el avión al salir de Abu Dabi, ahora era otro muy diferente. Esas mujeres que iban tan descocadas al inicio del vuelo, habían cambiado totalmente de atrezzo. Sus camisetas sin mangas se habían convertido en una especie de camisas de seda que les llegaban hasta las rodillas, y su despampanante aspecto inicial había quedado completamente relegado por la prohibición de mostrar el pelo, los brazos o cualquier elemento que pudiera considerarse “provocador”. Por supuesto ya ninguna iba sin velo.

Shiraz

La aduana iraní no me daba buena espina. Los foros hablaban de varios casos en los que la policía había mandado de vuelta a casa a varios viajeros, porque no llevaban visado o porque habían contestado algo que la policía no quería oír, así que yo me empeñé en llevar todo lo más atado posible.

La cola se me hizo larga aunque no lo fue, estaba nervioso por si llegaría mi bici, por si metería la pata con yo qué se qué o por si vendrían a buscarme al aeropuerto o no.
Mi turno. El policía que me tocó parecía bastante dormido. Le entregué mi pasaporte bien abierto por la página que mostraba mi visado, y lo sujetó con una mano, mientras con la otra se peinaba las puntas de un bigote bien poblado, mostrando unas uñas bien roñosas. Apenas me miró a los ojos, puso el sello, me devolvió el pasaporte y acto seguido le sonreí, levantando el dedo gordo de la mano. Su gesto se torció por completo y lo que ya aparentaba mal humor se convirtió en ira, así que rápidamente bajé hacia la cinta de equipajes sin ni siquiera dar las gracias.

Mi bici apareció por la cinta a los 7 minutos y 32 segundos que para mí fueron una eterna eternidad.

Salí fuera y vi que a la mayoría de los que iban en mi avión, les recibían familias enteras. Me recordaba a esas escenas que me contaba mi padre cuando iban a buscar a mi abuelo al aeropuerto primos, hijos, tíos y hasta las señoras de servicio de la casa, allá por los años 60.

Por fin se cumplió uno de los sueños de mi vida. Después de muchos años soñando con este momento, tenía que ser en Irán donde se iba a hacer realidad. Por más que coja aviones, siempre envidio a esos pasajeros a los que les espera alguien con un cartel con su nombre y les lleva a casa. En general cuando llego a un aeropuerto empieza la fase 2 del viaje; esa fase en la que tienes que conseguir llegar a una dirección en una ciudad que no conoces de nada cargado como un sherpa del Himalaya. Esta vez no iba a ser así y me sentí como alguien francamente importante.

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Bazar de Shiraz

Mohammed me esperaba con un cartel que decía “Miguel Gato” y mi alegría fue tan grande que sin conocerle de nada le di un abrazo. Por primera vez en mi vida no iba a ser el pringao que tiene que regatear un taxi o preguntar qué autobús era el mío. Esto era un súper lujo para mí.

Le di la mano a Mohammed, que aunque no conseguí entender nada de lo que decía, establecimos un lenguaje de signos más o menos comprensible entre nosotros. Cada vez que él me decía algo, yo le decía que sí y levantaba el dedo pulgar, algo que no parecía gustarle demasiado, y cada vez que yo le decía algo a él; él me decía que sí con una sonrisa interminable, ¿diálogo de besugos? Por supuesto.

Más tarde me explicaron que levantar el dedo pulgar, aquí significa un corte de manga, así que veo que he tenido bastante suerte entrando en una República Islámica haciendo cortes de manga a un policía y a un conductor sin que me hayan llamado al orden.

Ahora estoy en Teherán a la espera de los visados de Turkmenistán y Tajikistán. La semana pasada fui con mis amigos de aquí a Isfahan, Yazd, Persepolis y Shiraz, ciudades alucinantes que recomiendo a todo el mundo. En cuanto me den el visado comienzo a pedalear hacia el Caspio, estoy nervioso por empezar.