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La Ruta de la Seda

Llevo muchos años queriendo conocer Asia Central. Viajé por Turquía hace unos años y me quedé con muchas ganas de conocer Irán y los “Tanes”, así que ahora es el momento de llevar a cabo mi sueño.

Wikipedia define la Ruta de la Seda así:

“La Ruta de la Seda fue una red de rutas comerciales organizadas a partir del negocio de la seda china desde el siglo I a.C., que se extendió por todo el continente asiático, conectando a China, con Mongolia, el subcontinente indio, Persia, Arabia, Siria, Turquía, Europa y África.”

Mi idea es salir de Teherán, subir Turkmenistán, seguir hacia Uzbekistán pasando por Samarcanda, hasta llegar a Tajikistán. De ahí, subir a Kirguizistán por la Carretera del Pamir, la segunda carretera más alta del mundo (4.600m) y entrar en China para desde ahí bajar a la India. Veremos si llego! Aquí unas imágenes de por dónde quiero ir:

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Aterrizaje en Teherán

Plaza de Isfahan

Contento de empezar el viaje me subí al avión y me di cuenta de que algo iba mal…ese avión no podía ser el mío..sin duda estaba en el sitio equivocado. Tantas horas de espera confunden a cualquiera y debí haber entrado a un avión que por su público debía ir directo a la playa de Copacabana, y no a Teherán, Irán. Parado en el principio del avión donde las azafatas suelen hacer la coreografía similar a las
cheerleaders de la NBA, me fijé en el público del avión y me costaba creer que los allí sentados fuesen iraníes, as que llegué a la conclusión de que ese no era mi avión. Me di media vuelta muy agobiado y le pregunté a la azafata si ese avión iba donde yo creía que iba, y me contestó que sí, que íbamos a Teherán.

Bigote local

De los allí sentados no había absolutamente nadie que pareciese iraní, o ninguno de los allí sentados parecía lo que yo pensaba que podían ser iraníes. Las mujeres todas iban maquilladas hasta en el último poro de sus caras; las cejas tatuadas, los labios pintados hasta las fosas nasales, las gafas de sol de Chanel a modo de diadema, los pendientes que brillan hasta en la oscuridad y las pestañas que rozan los flequillos no indicaban para nada que podían ser de donde eran. Por supuesto no vi ni medio velo tapando su pelo como exige la férrea ley iraní. Así que avancé hacia mi asiento entre una extraña mezcla de olor a perfume recién adquirido en el duty free y keroseno, qué dulces son los aromas de los aviones. Pronto caí frito, como suele ser habitual.

Isfahán

Finalmente aterrizamos, y al ponerme de pie para recoger mi maleta, miré alrededor y vi que el público que había en el avión al salir de Abu Dabi, ahora era otro muy diferente. Esas mujeres que iban tan descocadas al inicio del vuelo, habían cambiado totalmente de atrezzo. Sus camisetas sin mangas se habían convertido en una especie de camisas de seda que les llegaban hasta las rodillas, y su despampanante aspecto inicial había quedado completamente relegado por la prohibición de mostrar el pelo, los brazos o cualquier elemento que pudiera considerarse “provocador”. Por supuesto ya ninguna iba sin velo.

Shiraz

La aduana iraní no me daba buena espina. Los foros hablaban de varios casos en los que la policía había mandado de vuelta a casa a varios viajeros, porque no llevaban visado o porque habían contestado algo que la policía no quería oír, así que yo me empeñé en llevar todo lo más atado posible.

La cola se me hizo larga aunque no lo fue, estaba nervioso por si llegaría mi bici, por si metería la pata con yo qué se qué o por si vendrían a buscarme al aeropuerto o no.
Mi turno. El policía que me tocó parecía bastante dormido. Le entregué mi pasaporte bien abierto por la página que mostraba mi visado, y lo sujetó con una mano, mientras con la otra se peinaba las puntas de un bigote bien poblado, mostrando unas uñas bien roñosas. Apenas me miró a los ojos, puso el sello, me devolvió el pasaporte y acto seguido le sonreí, levantando el dedo gordo de la mano. Su gesto se torció por completo y lo que ya aparentaba mal humor se convirtió en ira, así que rápidamente bajé hacia la cinta de equipajes sin ni siquiera dar las gracias.

Mi bici apareció por la cinta a los 7 minutos y 32 segundos que para mí fueron una eterna eternidad.

Salí fuera y vi que a la mayoría de los que iban en mi avión, les recibían familias enteras. Me recordaba a esas escenas que me contaba mi padre cuando iban a buscar a mi abuelo al aeropuerto primos, hijos, tíos y hasta las señoras de servicio de la casa, allá por los años 60.

Por fin se cumplió uno de los sueños de mi vida. Después de muchos años soñando con este momento, tenía que ser en Irán donde se iba a hacer realidad. Por más que coja aviones, siempre envidio a esos pasajeros a los que les espera alguien con un cartel con su nombre y les lleva a casa. En general cuando llego a un aeropuerto empieza la fase 2 del viaje; esa fase en la que tienes que conseguir llegar a una dirección en una ciudad que no conoces de nada cargado como un sherpa del Himalaya. Esta vez no iba a ser así y me sentí como alguien francamente importante.

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Bazar de Shiraz

Mohammed me esperaba con un cartel que decía “Miguel Gato” y mi alegría fue tan grande que sin conocerle de nada le di un abrazo. Por primera vez en mi vida no iba a ser el pringao que tiene que regatear un taxi o preguntar qué autobús era el mío. Esto era un súper lujo para mí.

Le di la mano a Mohammed, que aunque no conseguí entender nada de lo que decía, establecimos un lenguaje de signos más o menos comprensible entre nosotros. Cada vez que él me decía algo, yo le decía que sí y levantaba el dedo pulgar, algo que no parecía gustarle demasiado, y cada vez que yo le decía algo a él; él me decía que sí con una sonrisa interminable, ¿diálogo de besugos? Por supuesto.

Más tarde me explicaron que levantar el dedo pulgar, aquí significa un corte de manga, así que veo que he tenido bastante suerte entrando en una República Islámica haciendo cortes de manga a un policía y a un conductor sin que me hayan llamado al orden.

Ahora estoy en Teherán a la espera de los visados de Turkmenistán y Tajikistán. La semana pasada fui con mis amigos de aquí a Isfahan, Yazd, Persepolis y Shiraz, ciudades alucinantes que recomiendo a todo el mundo. En cuanto me den el visado comienzo a pedalear hacia el Caspio, estoy nervioso por empezar.


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Reza y la familia Iraní

image (4)Cansado y atrasado, llegué a Mahmud abbad y se me acercó el enésimo coche a saludarme conducido por una madre con muchos niños detrás. Parecía que recorría Irán en Papamóvil y no en bici. era frecuente que un coche se me pusiera al lado y me diera algo de conversación. El copiloto era un niño de unos 15 años que hablaba inglés. Me preguntó dónde dormía hoy y le dije que no sabía. La madre, que le utilizaba de traductor le dijo que si era una noche me podía quedar con ellos. Fantástico, gracias tipo raro por no dejarme acampar en el arrozal de antes, me acababas de abrir a una de las familias más generosas que he conocido en mi vida. Les seguí hasta un edificio donde vivían y me dejaron un pequeño apartamento donde me instalé yo solo. Me pidieron que me diera prisa porque habían avisado a la familia y me habían organizado una cena de bienvenida.

La casa de la abuela era de dos pisos. El de abajo lo alquilaban y en el de arriba vivía la abuela con una chica con síndrome de down que había adoptado. También nos esperaban Walid y su mujer con sus dos encantadores hijos, Samira y Samir Alí, y Mohammad y su novia de 17 años, además de Toura, la abuela, que en un principio no me saludó por vergüenza o protocolo, nunca sabré. Ninguno de ellos había conocido a un extranjero antes.

La casa tenía una sala grande con dos alfombras persas enormes y sillones muy anchos e incómodos pegados a la pared. Las paredes de terciopelo estaban muy ornamentadas y había cortinas de encaje de bolillos hasta en la pantalla de la televisión. Fotos enmarcadas con nubes y flores estaban presentes en todas las mesas de madera brillante de la sala.

imagePoco a poco fueron preguntándome cosas y a medida que avanzaba la noche se iban soltando más y más. Me preguntaron sobre mi familia, España, si había niños con síndrome de down como Fátima, sobre Ahmadineyad y los ayatollahs y sobre miles de cosas que se le preguntan a alguien que vive en una realidad muy diferente a la suya.

Mohammed era el hijo pequeño de la familia y pronto empezó a hacer trucos de magia, parodias de gente o bromas muy básicas con bastante gracia.

Las chicas ponían música en la televisión y pronto se arrancaron a bailar una especie de techno persa que era muy difícil de asimilar en un oído no acostumbrado a esos ritmos como el mío. A mí me agasajaban con dulces, té, refrescos y preguntas, muchas preguntas. Ninguna de las mujeres se quitó el velo.

Pronto hicieron la cena, colocaron un mantel grande en el suelo y empezó el banquete. Estaban alucinados con lo que les contaba acerca de las relaciones amorosas, la educación o los salarios de España. La mayoría se habían casado antes de los 15 años y todos por conveniencia entre familias. Fue una cena muy animada y cada vez me iban cogiendo más cariño.

A las 2 de la mañana nos fuimos a dormir y decidí quedarme el día siguiente con ellos.

Me levanté después de dormir plácidamente y bajé al piso de abajo donde vivían mis anfitriones. El desayuno ya estaba servido y pronto nos fuimos ya que teníamos el día cargado de eventos.

Primero Mansour, el padre de la familia que me “adoptó” me llevó a su tienda de repuestos de móviles. Era un negocio muy pequeño pero situado en una zona muy concurrida de la ciudad. Rezah, su hijo de 15 años que nos acompañaba seguía siendo mi traductor. Mansour avisaba a todo el que conocía para presentarme. estaban encantados de tenerme allí.

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Foto de Rezah, su madre y Mansour su padre.

Al rato nos montamos en el coche y fuimos a la playa. Allí ya estaban todos los miembros de la familia con sus coches en la arena, el mantel en el suelo y comida, mucha comida. Seguían muy interesados en mí y a través de Rezah me preguntaban mil cosas y se hacían fotos conmigo. Mohammed seguía haciendo bromas siempre que podía, y arregló alquilar una patera para que diéramos una vuelta. Allí fuimos los 12. Tardamos en montarnos todos unos 10 minutos pero a los 5 ya se había acabado el paseo. El capitán nos llevó mar adentro todo lo rápido que pudo, todos sacaron los teléfonos para hacer fotos y de vuelta a la playa. Fátima, la chica con síndrome de down se quedó en la playa con un berrinche importante.

image (1)Después de comer, los hombres de la familia fuimos a lo que en su día llamábamos unos “recreativos”, una sala donde había mesas de billar y una mesa de pingpong. Desde que montamos en la patera para hacernos selfies, me hablaban de jugar al ping pong, que les encantaba y que me querían retar, así que allí fuimos. Hubo 3 reñidas partidas de ping pong en las que por suerte les gané a todos, creando un verdadero show en la sala al ver a un español en ese sitio, en ese momento, jugando al ping pong. Después jugamos al billar y aunque se creó aún más show que en el ping pong, no fui capaz de ganar a nadie.
Al acabar las partidas, recogimos a la mujer de Mansour en su peluquería para ir a cenar a casa de la abuela. Era curioso porque más que una peluquería parecía un club de alterne visto desde fuera. La prohibición de enseñar el pelo hacía que el lugar estuviese cerrado a cal y canto por cortinas rojas. Rezah tenía que avisar a su madre desde fuera y a gritos para que se asomase. me dijo que nunca había entrado en la peluquería de su madre. Ninguna de las mujeres se quitó el velo.. La ley es muy estricta con estas restricciones por lo que me cuentan. Si el Cuerpo Especial de Moral de la Policía iraní entra por ejemplo a un restaurante y hay una mujer sin velo, el restaurante inmediatamente queda cerrado por no cumplir con la Ley de la moral y les ponen una multa de esas que duele durante meses en la cuenta bancaria.

Fuimos de nuevo a casa de la abuela. Era espectacular cómo se preocupaban por mí, no me dejaban ir atrás en el coche, me servían té cada dos minutos y me preguntaban si necesitaba algo cada tres. Me pedían que les buscase un parecido con un animal a cada uno de ellos, y si creía que irían al Paraíso o al infierno..preguntas harto complicadas de responder. La abuela Touran se soltó algo más conmigo y las hijas le pidieron que me leyera la mano y el poso del café. Si se cumplen sus predicciones, me espera un futuro halagador.

Al día siguiente me despedí de ellos con verdadera pena. A Rezah le habían permitido faltar a la escuela para despedirme y Mansour abriría su negocio 1 hora tarde por el mismo motivo. Me ofrecieron incluso dinero para seguir mi viaje, algo que ya pasaba todos los límites.

Seguí la carretera que bordea el Caspio hasta donde estoy ahora, una base militar en la que los militares se han apiadado de un ciclista que no tenía donde hacer noche. Ayer sustituimos el arroz con pollo por pescado, y fue un momento apoteósico tanto para mí por comer algo distinto, como para ellos de tener una visita tan fuera de lo común en ese lugar.


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Visita al Chiíta

Por todas partes en Irán se ven fotos en blanco y negro de personas muy serias, la mayoría tienen bigote y se ven como antiguas. A veces cuelgan de las farolas, otras están a la entrada de los pueblos, y otras en casas. Me costó saber quiénes eran. al principio hasta pensaba que eran yihadistas por la pinta que tienen, pero aquí aunque oigamos lo contrario, hay poco yihadismo y obviamente no van a hacer apología. Por fin Jerjes, el mejor anfitrión que he conocido, con su mujer Pati, me aclararon que son mártires de la guerra con Irak. Esa guerra acabó en el 88 pero como aquí morir por la patria es un honor, pues aún duran los honores.

Pasaban ya las 7 de la tarde y no tenía donde dormir aún, así que me metí por una salida que vi, y a unos 100 metros había parcelitas con gente trabajando huertas. Me acerqué a una y les pregunté si era posible acampar allí, todo por señas ya que lo de hablar farsi va a ser asignatura suspendida en este viaje. Un señor de unos 60 años y barba blanca con cara entrañable me dijo que sí, pero que ahí no, que me esperase.

segAl rato salieron de entre los árboles el señor de cara entrañable y su mujer cargados de melocotones para mí, y me pidieron que les siguiese.

Les seguí como medio kilómetro en su coche, hasta que llegamos a un pueblo cercano, donde se paró en una panadería y, en vez de comprar pan, avisó de mi presencia. Acto seguido a mi alrededor tenía a 3 panaderos teñidos de blanco hasta en la piel, otros dos chicos en una moto que habían parado ante la algarabía y un grupete más de gente preguntando lo de siempre: Real Madrid o Barsa, dónde voy y de dónde vengo con la bicicleta así de cargada. Seguimos camino hacia su casa y se paró en el sastre por el mismo motivo, y también en el mecánico. Otra vez me exhibían a todo el que fuera posible.

Al llegar a su casa nos abrió la puerta un mullah. A mí los Mullahs no me dan buena espina, el único que conozco es al Mullah Omar iraquí que tanto busca la CIA, aunque he de reconocer que por aquí ya he visto bastantes. También Jerjes y Pati me aclararon en su día que son como pastores musulmanes y son gente muy respetada. estudian como 7 años de teología musulmana para llegar hasta ahí. Así que ese prejuicio ya lo podía ir olvidando porque nuevamente iba a conocer a una de las personas más generosas de mi viaje.

3En fin que la puerta nos la abrió un mullah, con su turbante en la cabeza, su chaleco y su pinta de musulmán. Ismail ( ya supe el nombre del de la cara entrañable) y yo nos sentamos en el suelo y al momento el mullah nos trajo sandía cortada y té. La casa estaba llena de libros y no tenía muebles, sólo alfombras en el suelo.
Ismail me habló de que perdió a un hermano en la guerra, de que su padre falleció y de que tiene 3 hijos: Mohammed Ali, Mohammed Boger y el nombre de la hija no lo recuerdo. Me hacía gracia los dos Mohammeds, vaya lío cada vez que les tuviera que llamar para cenar. Al acabarnos la sandía Ismail se puso a rezar delante mío y yo mientras miraba el móvil disimuladamente ya que tenían wifi.

Al rato vino el mullah y ya lo entendí todo… Esta barrera del idioma me la juega constantemente. El Mullah es hijo de Ismail y aquí son como del opus dei a lo musulmán. El espectáculo estaba servido.

Empezamos a hablar el mullah y yo y vi que llevaba una vida bien normal. Tenía smartphone, ordenador portátil y era bastante cachondo. Nos entendíamos con el traductor del teléfono y con gestos. las palabras por más que me las repitieran en voz muy alta y vocalizando mucho, nada tienen que ver con el español.

2Empezó a entrar cada vez más gente a la sala y nadie hablaba inglés. Al final vino la cuñada de Ismail con el chador negro tapándole de pies a cabeza y no se por qué hablaba inglés y fue muy simpática conmigo. No era fácil pensar que una persona tan tapada pudiera hablar abiertamente con un extranjero pero así fue. Las conversaciones eran muy interesantes, ellos me hablaban de su cultura o de su fe en este caso y yo de la mía.

El mullah cogió su portátil de nuevo y me enseñó un vídeo de la ashura, esa ceremonia que vemos en la tele en la que sale gente latigándose la espalda y me asusté un poco, aunque estos iban todos con camiseta y no les salía nada de sangre. Me explicaron que eso era en Irak y que sólo en determinadas zonas. En Irán estaba prohibido hacerlo si se derramaba sangre. Yo miraba el vídeo y era un desfile bastante harmónico y tenía su gracia porque es como un baile.
Mahmoud, el hermano de Ismail que estaba allí presente, en cuanto me vio no paró de hacer llamadas por teléfono hablando del spaniya, y fue muy cómico cuando me pasó el teléfono y al otro lado había alguien que me dijo que si pasaba por su ciudad estaba invitado y que de verdad debería visitarles. La hospitalidad me llegaba a raudales por todos los rincones de Irán.

El último vídeo que me enseñaron antes de que llegase la cena fue el del entierro del hermano de Ismail. Salía la madre hablando y el padre hecho polvo pero muy orgullosos de su difunto hijo.

1La cena llegó y sólo cenamos los hombres, las mujeres o no cenaron o cenaron en la cocina, no lo se muy bien.
Dormimos Mohammed boger(el mullah), Mohammed Alí y yo en esa misma sala en el suelo bastante plácidamente. Al día siguiente después de desayunar había algo importante que querían que viese. Primero me regalaron un Corán tamaño Atlas que maldita la gracia que me hacía cargar más la bici, pero como para declinar la oferta…

Después me llevaron a la casa de al lado que también pertenecía a la familia y allí tenían una foto tamaño real en el patio, del difunto tío en una especie de trinchera de cartón piedra. Muy orgullosos me hicieron varias fotos para inmortalizar que un extranjero había visitado el mausoleo de su tío.

Por fin recogí y disimuladamente hice como si me dejaba el Corán en la sala. Ya avanzando con la bici, oí unos gritos de Mohammed Boger (el mullah) muy sonriente y con el Corán en la mano como si lo hubiese olvidado. Le di las gracias superficialmente y no me quedó otra que llevármelo de compañero.

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Una noche en los Polígonos de Irán

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Si me quedaba en el mismo sitio más de un día, la agenda se me llenaba de eventos, me gustase o no.

 El día había sido de lo más completo. Por la mañana fuimos a visitar a Mehdi, amigo de Abbas, mi anfitrión en Daland, que necesitaba saber cómo hacer para irse a vivir a Europa. Pues bien poco podía hacer yo desgraciadamente. En Teherán está la embajada y allí debes pedir los papeles, una vez que te los den, me llamas y yo te busco lo que sea. Esta era mi respuesta habitual ya que era bien complicado que les dieran los papeles. Si dieran los papeles a todo el que le digo cómo conseguirlos, se me junta una en Madrid que no quiero ni pensar.

   Después fuimos al río un equipo bien divertido. Abbas y sus      dos hijos: Ehsan e Imán, y Houssein, el íntimo de Abbas con su   hijo Mahmoud, el cual cada vez que quería decirme algo, me lo  decía o bien sujetándome del brazo, o bien aferrándose a mi  hombro, o bien cogiéndome de la mano.  Esto era bastante  habitual en el mundo musulmán, pero yo no me acost

3umbraba  del todo. Era una manera de mostrar su afecto y aunque  pudiera confundirse con gestos homosexuales, nada más lejos  de la realidad. No hay nada peor visto en la sociedad iraní que las relaciones homosexuales. De lo poco que sabían de España era en primer lugar: su fútbol, en segundo lugar, que los hombres se podían casar entre ellos y en tercer lugar algunos sabían de toros, de paella o de la Tomatina. El matrimonio entre hombres les parecía escandaloso y no lo podían entender de ninguna manera.

En el río pasamos un rato muy agradable los seis; Hossein, Abbas y yo charlando, y los otros tres haciéndose selfies y colgándolas en redes mientras intercambiaban gafas de sol entre ellos…

  Cocinaron brochetas de pollo en una hoguera que hicimos y  pepino en rodajas, presente en todos los rincones de este país.

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   Al regresar, Hossein me dijo que teníamos Party esa noche y    que no podía  faltar. A mí el concepto de Party en este país me  generaba por un lado  curiosidad, y por el otro rechazo.  Mezclar alcohol con gente de cultura  totalmente diferente a mí  nunca me ha funcionado. En Senegal hubo que  salir por la puerta de atrás de un bar, en Marruecos tumbamos a un guía  que contratamos en el Atlas, teniendo que guiarle nosotros a él, en vez de  él a nosotros, y una vez en Nueva York con unos rusos dicen que la monté  macarena después de beber vodka. Yo no me acuerdo de nada, como  dicen los que no quieren recordar. El alcohol aquí está prohibido pero  supongo yo que si había una fiesta, habría alcohol.

Houssein llegó puntual y de punta en blanco. Repeinado, con americana y con unas gafas doradas diferentes a las que llevaba en el río. Fuimos en su coche a las afueras de la ciudad donde había dos especies de polígonos muy iluminados. En uno entraban mujeres, y en otro hombres. Nada más entrar no me hubieran sobrado unas gafas de sol por la cantidad de luz que desprendían unas arañas bien voluminosas y que generaban un calor indecente. Aquello parecía un lugar de bodas, bautizos y comuniones de la carretera de Toledo. Mesas y mesas con sillas con lazos y flores en medio. Todas las sillas seguían plastificadas como si acabaran de salir de la tienda de muebles. Este detalle en Irán lo tienen para muchas otras cosas, como por ejemplo los coches. La mayoría de coches que quieren tener una imagen de nuevos aún llevan los plásticos en los asientos, y en alguna casa también los he visto en los sofás.

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Nos sentamos Hossein y yo con dos amigos suyos y al momento teníamos a unos 40 hombres mirándonos. La escena imponía. Fue curioso encontrarme con el dueño de la pastelería del pueblo. La pastelería fue el primer sitio donde paré hacía dos días sin conocer a nadie. Me regalaron unas magdalenas ante mi impresentable aspecto y me indicaron dónde podía acampar. Ahora veían que había prosperado, estaba limpio y me codeaba con la élite de Daland. Mi mesa parecía la de un ministro; la gente no paraba de acercarse a presentarse y a conocer a ese chalado español que pretendía llegar a China en bici. Después de las presentaciones una de dos, o selfie conmigo o foto de grupo.

Empezó a llegar la comida y nos sirvieron un plato con un plátano, un tetrabrik de zumo de piña y un pastel de hojaldre de primero, y arrancó la música en vivo. Era para mí una situación un tanto surrealista; empezaron todos los asistentes del mismo sexo a dar palmas y a seguir la melodía de ese peculiar tambor y de esa especie de violín. La música era buena pero lo más surrealista era ver a esa jauría de hombres bailando entre ellos, dando palmas y riéndose a más no poder.

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Llegó el segundo plato. En una bandeja traían latas de Cocacola o Fanta de naranja volcadas, y las distribuían a granel. Si no estabas al quite, te quedabas sin tu refresco, pero de mí estaba pendiente mucha gente así que sed no pasé. De comida arroz con pollo.

A mi mesa se sentaron el Doctor del pueblo, el maestro, los pasteleros, un policía, un juez, dos agricultores y todo tipo de gente deseosa de conocerme.

No hubo alcohol por ningún sitio, tampoco mujeres, pero desde luego allí nadie se aburrió. Unos bailaron todo lo que pudieron, otros socializaron, y otros se hacían fotos con lo que era la atracción del día, el ciclista de España.

  kibr


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Welcome to Turkmenistan

Llegaba la hora de despedirse del país más hospitalario en el que he viajado: Irán. En ningún sitio me han tratado tan bien, ni me han cuidado como aquí. Por más que escribiese jamás terminaría de contar el sinfín de detalles que han tenido conmigo todos los iraníes con los que me he encontrado, desde que entré hasta que salí del país.

Mi visado se acababa y era el momento de entrar en Turkmenistán, ese gran desconocido que sólo expedía visados de tránsito de cinco días como máximo y que tiene el triste apodo de ser la “Corea del Norte” de Asia Central.

Así que pasé la aduana iraní sin contratiempos y al llegar a las puertas de la aduana de Turkmenistán se percibían cambios por todas partes. Sus militares no pasaban de los 20 años de edad, parecían becarios de la armada, y todos iban con un sombrero que estoy seguro era copiado de algún grupo de boy scouts canadienses. Todos los carteles estaban escritos en nuestro alfabeto, algo nuevo para mí. Otra cosa es que entendiera lo que dijeran esos carteles, pero leerlos, los podía leer perfectamente, encima eran todos de un dorado resplandeciente.

Muy asombrados ante mi medio de transporte, entré en la aduana que estaba limpia como una patena, toda de mármol beige brillante y con fotos del Omnipresente Presidente por todas partes. Como no conseguí aprenderme el nombre del que lo “gobierna”, prefiero llamarle así.

Lo primero que tenía que hacer era visitar a su doctor antes de nada. Así que entré a la consulta con cierta inseguridad acerca de qué podían hacerme. Me senté en una silla mirando la foto del Omnipresente Presidente vestido de Doctor con bata blanca, y el doctor quitó sus ojos de sus papeles y mirándome por encima de las gafas me preguntó

– eres el de la bici ¿no?
– sí – obvio que soy el de la bici si ni siquiera me he quitado los guantes y sudo
– pues entonces debes estar sano
– como una rosa, sir
– gracias, puedes continuar

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El paso siguiente era pagar 12 dólares de “tasa de entrada” y no aceptaban que se pagase en manats (su moneda) sino que debía de ser en dólares. Así fomentaban su economía desde el kilómetro cero. Allí me acerqué al mostrador y vi a un señor dormido encima de la mesa. Detrás suyo la foto del Omnipresente Presidente, esta vez vestido de traje. Carraspeé fuerte dos veces y por fin se levantó. Poco avergonzado ante su siesta, me cobró la “tasa de entrada” y ya sólo me faltaba que registraran mi equipaje y que me sellaran el pasaporte. Lo de mi equipaje no duró demasiado si tengo en cuenta todo lo que llevo. A la cuarta alforja ya casi ni me registraban los becarios de la armada. Estupefacto yo miraba la foto del Omnipresente Presidente que había detrás del scanner, esta vez vestido de camuflaje y con cara de guerrero.

Por fin entré en Turkmenistan y sin duda alguna, aquello era otro mundo. Principalmente porque después de casi 40 días en Irán, cualquier otro lugar me iba a parecer otro mundo.

Pedaleé los primeros kilómetros en busca de un sitio para cambiar dinero y al preguntar a una niña me indicó que en un café que había cerca, podía cambiar dinero.

Me acerqué al Café y como parecía estar cerrado, llamé a la puerta. Al momento me abrió la puerta una mujer. Una mujer rubia. Una mujer rubia sin velo. Una mujer rubia sin velo y con camiseta sin mangas. Una mujer rubia sin velo, con camiseta sin mangas y bermudas. Una mujer rubia sin velo, con camiseta sin mangas, bermudas y que me sonreía.

Lo escribo así porque mi cabeza funcionó así al verla. Tardé unos segundos en reaccionar. Para mí fue un shock experimentar un cambio tan grande en sólo dos kilómetros. Poder hablar con una mujer abiertamente, que vistiera de esa forma tan descocada y que hablase conmigo así me generaba bastante confusión.

Me invitó a entrar y empezó a recoger los restos de una fiesta que habían tenido la noche anterior. Botellas de cerveza vacías, mujeres en bermudas y música de Enrique Iglesias me daban la bienvenida a Turkmenistan.

imageEn Turkmenistán pasé unos días bastante apurados por no tener demasiado tiempo para cruzarlo y por el calor. El día que entré se me ocurrió seguir hacia la ciudad donde iba y a las dos horas me vi en medio de un desierto, con 45 grados de calor y sin donde parar. Se daba una situación peculiar porque después de haber recorrido bastantes kilómetros, no encuentras donde parar y lo único que puedes hacer es seguir. Sin saber de dónde, saqué fuerzas y conseguí 93 km hasta que llegué al mejor oasis que he visto. Un restaurante con aire acondicionado, comida totalmente nueva a lo que había probado y Ice Tea de Lipton en su nevera. Era como un sueño hecho realidad. Acabé de comer y tenían una tarta de galleta de postre que cada cucharada me parecía que mordía el paraíso. Me quedé allí hasta las 7 de la tarde y a las 7 seguí pedaleando de noche. Era la única forma de no asarse de calor.

Llegué a Mary y aquello fue una total ruptura de esquemas. Lo que yo pensaba que podía ser una especie de Varsovia de los años 70, era una ciudad totalmente moderna, llena de mega edificios con dorado por todas partes y avenidas y aceras anchas y muy limpias. Los coches eran una mezcla de coches de alta gama con vehículos de la Perestroika rusa muy peculiares y el Omnipresente Presidente estaba esculpido en varias esquinas de la ciudad.

Después de tres días así, llegó el momento de dejar el pais y entrar en uno nuevo, Uzbekistán.

Llegué al puesto de control con todo en regla salvo lo más importante, mi visado para el siguiente país, Uzbekistán, que comenzaba al día siguiente. Cuando pedí mi visado para Turkmenistán lo hice de forma que acabase el mismo día que entraba en Uzbekistán, pero cuando llegué a recogerlo a la Embajada de Turkmenistán me lo dieron de forma que terminaba un día antes de mi entrada en Uzbekistán. El error era de los hombres de Asuntos Exteriores del Omnipresente Presidente, pero si yo quería que me lo hicieran de nuevo tenía que esperar una semana en Irán, algo imposible ya que mi visado para Irán estaba a punto de acabar. Así que tenía que salir de Irán a toda costa.

Me comunicaron que debía salir de Turkmenistán a las 16:45 e intentar entrar en Uzbekistán después, cuando la Aduana de Turkmenistán ya estuviera cerrada, así que tenía que pasar el día en la Aduana de Turkmenistán, ya que aún eran las 10 de la mañana.

Cabizbajo me di la vuelta ante el de los pasaportes, mientras el Omnipresente Presidente me miraba vestido de general de sus fuerzas armadas.

image-4Pasé el día con los becarios de la Armada y con los funcionarios de aduanas. Hablé con todo el mundo menos con el Sargento que dirigía a la chavalería recién entrada en la Armada. No por nada, sino porque después de ver cómo les gritaba a los becarios en una de sus visitas rutinarias a la garita por donde pasaban los camiones, le cogí miedo. Fue en el momento en el que me estaba poniendo crema protectora en las piernas y fue de los pocos que no se me acercó a preguntarme por qué estaba allí desde las 10 de la mañana, con lo cual no había mucho argumento para entablar una conversación. Al rato de haberme visto se me acercó y me preguntó si podía darle un poco de crema y con gestos me dijo que tenía mal la rodilla. Por supuesto le tendí la Nivea en cuanto me la pidió. Aunque la crema protectora no sirva para la dolencia que el Sargento tenía, yo con tal de llevarme bien con él lo que hiciera falta. Después de su segunda ronda entre camiones, vino a verme y me dijo que ya no le dolía la rodilla. La Nivea de protección 20 te apaña tanto un roto como un descosido, claro que sí.

A las 16:45 me sellaron el pasaporte, me despedí de todos ellos y avancé hacia Uzbekistán. Pasé lo que denominan el “nowhereland” de las aduanas que estaba llena de camiones esperando un papel o algún documento que les dejase entrar y en la puerta de Uzbekistán me comunican que no puedo entrar hasta el día siguiente. Lo intento por todos los medios y argumentos pero nada, la ley ni los ciclistas la pueden incumplir, así que pasé la noche con camioneros de todas partes de Asia Central. Todos muy generosos conmigo y muy simpáticos. Dormí en un camion a pierna suelta y al día siguiente logré entrar en Uzbekistán. Ahora mismo escribo desde Bukhara, seguramente la ciudad más bonita en la que he estado en mi vida.

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Deambulando por Uzbekistán

Bukhara me enganchó. Además de ser preciosa y de estar alojado en un hotel, por fin coincidí con más gente que viajaba de la misma forma que yo.

red11Allí conocí a Bali y a Rossi, dos húngaros que lo han dejado todo para llegar hasta Nueva Zelanda en bici. Entre ellos se veía una complicidad envidiable como pareja y era muy agradable conversar con ellos escuchando sus aventuras y desventuras desde que salieron de Budapest en el mes de Marzo.

También se dejó caer por allí Marko, un esloveno muy sabio para los viajes que tenía rastas en el pelo y una sonrisa que sólo se le escapaba cuando le tocaba subir un puerto.

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Cada noche nos juntábamos para cocinar, charlar y olvidar un poco el calor que hacía. Cada uno de nosotros tenía un rol muy establecido en el grupo; Bali hacía de pinche en la cocina mientras Rossi cocinaba, Marko o yo fregábamos y red16yo intentaba mantener mi boca cerrada para no aburrir demasiado a mis nuevos compinches, pero era una tarea harto complicada. Cómo iba a mantenerme callado si ya le hablaba a mi manillar, a mis pedales y a La Gerarda (mi bici), que la tenía frita con mis canciones de después de comer. Era demasiado tiempo solo y estar con gente me hacía dar opiniones acerca de la economía mundial, del punto de sal en la pasta, o de tipos de puños de manillar para cicloturismo; daba igual, nada podía cerrar mi boca.

red13Pasamos allí cuatro días, uno más de lo normal porque Markito y yo empezamos a derrapar más de lo habitual. No es que derrapáramos con nuestras bicis..no. Derrapábamos de la tripa. Nos cayó encima una indigestión indigerible de las de “aquí y ahora”. Así que como teníamos muchos momentos de “aquí y ahora” pues mejor estar al cobijo del Hotel Djabani, donde nos cuidaban a cuerpo de buey.

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A los cuatro días salimos hacia el Este dirección Tajikistan Markito y yo. Los húngaros no querían ir a Tajikistan porque había muchas montañas, independientemente de lo alucinantes que pudieran ser. Así que chupando de mi rueda tenía a un esloveno con el que iba a estar pegado 24 horas al día para lo bueno y para lo malo. Yo sólo le veía ventajas a tener un compañero y la verdad es que nos estamos llevando de lujo. Se agradece mucho tener alguien con quien cocinar, acampar o charlar en cualquier momento.

red10Así que enfilamos hacia el Este y como siempre, a eso de las 7 de la tarde nos tocaba buscar dónde acampar. Antes de acampar solemos hacer acopio de agua para el arroz, la pasta o lo que cocinemos ese día. Así que paramos en un restaurante de carretera y nos sentamos a beber un poco de agua antes de acampar. Nada más sentarnos, vimos en la mesa de al lado un grupo de 5 hombres hablando de nosotros. Nosotros les ignoramos. No estábamos muy altos de ánimos después de hacer un porrón de kilómetros con la tripa del revés, así que no entablamos conversación con ellos. Nos bebimos el agua a sorbitos, no fuera a sentarnos mal y se nos acercó uno de los señores de la mesa de al lado.
– Vodka?- ya sólo escuchar esa palabra nos daban retortijones
– No gracias amigo, diarrea diarrea- le intentamos explicar como pudimos
– Da da, vodka good
– No amigo gracias

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Y otro de sus amigos vino con dos cuencos llenos de vodka. Mediante señas nos dijeron que el vodka mataba bacterias y que iba bien para nuestras indigestiones.
Entre el calor, el cansancio y la pereza de la conversación el último plan que queríamos hacer era beber vodka con esa gente. Además por supuesto era vodka sin hielo ni limón y servido en buena cantidad porque aquí nadie bebe en vasos. Beben en cuencos.
Qué remedio, vodka.red5
No pudo sentar mejor el brebaje. De repente la tripa se quedó quieta por primera vez en 4 días, las conversaciones empezaron a fluir de una manera espontánea sin importar la barrera del idioma, y aquellos desconocidos se convirtieron en nuestros hermanos.red3
Nos acabamos bebiendo una botella cada uno y todo lo que nos pasaba, se convertía en mágico. Nos despedimos de nuestros hermanos con verdadera pena y buscamos dónde dormir por allí cerca, no estábamos como para coger una bicicleta de 55 kg en ese estado.

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Así que en el primer claro que encontramos, plantamos las tiendas de campaña y caímos fritos.

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Al día siguiente nos despertamos y todo fueron disgustos. A Marko se le pinchó el colchón y había dormido en el suelo directamente, y a míred7 se me había agujereado el suelo de la tienda. Haciendo memoria conseguí acordarme de que movimos mi tienda de un sitio a otro ya montada, y de que la arrastramos con todo dentro porque había como cardos. Así que yo conseguí que no se me pinchara el colchón por los cardos, pero agujereé mi tienda, jugada maestra. No sé quién de los dos salió peor parado, pero desde luego fue una divertida manera de empezar nuestro periplo. Estaba claro que estos contratiempos al final lo único que generan es más risas y más bromas.

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red9Ahora ya nos encontramos cerca de Tajikistan. Hemos estado recorriendo el sur de Uzbekistan. Hemos atravesado unos desiertos de quitar la respiración, no sólo por el paisaje, sino por la dureza del calor y de algunos puertos que hemos tenido que subir. La experiencia ha sido alucinante porque hemos recorrido una zona muy poco explorada de Uzbekistán, y la acogida de la gente ha sido impresionante. Gente montada en burros que nos paraba para darnos fruta recién cosechada, sonrisas de todo el que encontrábamos, y algún que otro encuentro más regado de vodka local.

Una vez más, nos despedimos de un país que sólo nos ha traído experiencias, gentes y recuerdos imborrables.

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De camino al Wakhan Corridor

Me costó unos 12 sprints, gritos, patadas al aire y todos los insultos que existían en la peor esquina de la peor barriada de las afueras de mi lejano Madrid, y aún no conseguía deshacerme de ellos. En muchas ocasiones salían de un matorral y no había cómo huir, en otras les veía venir y por más fuerte que pedalease, siempre me iban a alcanzar. Los perros han sido mis peores enemigos hasta ahora. En Turkmenistán me libré del mordisco de uno por centímetros y por fin en Tajikistán conocí la manera de ahuyentarlos.

Podíamos llevar 4 horas subiendo y nos quedaban otras 5 horas de subida. El Khaburabot son 3200m de image-6altura, así que subirlo no iba a ser coser y cantar. El camino estaba lleno de piedras del tamaño ideal para que la rueda de delante patinara por la lluvia del día anterior y te fueras al suelo sin casi darte cuenta. De pronto, otra vez un perro, ladrando muy fuerte y directo hacia mí; su cara de furia presagiaba otro momento de pavor del cual no iba a ser capaz de salir. Pedaleé un poco más fuerte, pero era inútil con ese peso y cuesta arriba. Ya cerquita le insulté a grito pelado como si de mi peor enemigo se tratara, pero nada le disuadía. Pasé una curva gritando y de repente apareció un niño de unos 10 años que pastoreaba unas ovejas. Nada más oír mis gritos de miedo le entró la risa, levantó la mano como si tuviera una piedra, y el perro que me pisaba los talones se dio media vuelta y bajó monte abajo.

image-9Exhausto y aliviado, pensé en besarle o abrazarle pero claro, mi orgullo estaba a la altura del betún. Aquel chavalillo de monte me había visto totalmente acongojado, gritando a todo lo que daba mi voz y pedaleando con todas mis fuerzas para huir de un perro que con sólo levantar la mano se hubiera ido por otro sitio. Los urbanitas como yo no conocíamos esta técnica y sin duda yo había hecho el ridículo con él, incluso seguía riéndose de mí… Yo me reí también, por empatizar con el joven pastor, pero no porque me hiciera la más mínima gracia la situación que acababa de vivir. El caso es que a día de hoy ya he tenido otros dos encontronazos y la técnica de la piedra ficticia va como la seda, ya podían habérmela enseñado antes. Ahora yo tengo el poder y los perros ya ni me tosen.

Continuamos monte arriba y todo el esfuerzo que estábamos haciendo se olvidaba si conseguíamos mirar en algún momento hacia los lados y ver el paisaje. Era algo alucinante, montañas verdes interminables con riscos altísimos y un río bien caudaloso debajo. Cada vez que nos cansábamos parábamos, mirábamos a los lados y bebíamos un poco de agua helada del río y era como arrancar de nuevo. Sólo de pensar en la suerte que teníamos de estar en ese lugar y ser uno de los pocos que se atreve a subirlo en bici, valía la pena.

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Por fin llegamos a la cima después de 50km de subida y nuestra alegría no pudo ser mayor, lo habíamos conseguido. Habíamos subido la M41 por la vertiente norte, la más dura, pero la más impresionante. Nos abrigamos ya que ahí arriba había hasta nieve, y lo que pensábamos que iba a ser una preciosa bajada, fue la mayor tortura que se puede vivir en una bajada. El camino tenía una pendiente fortísima y seguía lleno de piedras, con lo cual no hubo forma de soltar los frenos en los 30 km de bajada que hicimos. Cada piedra que pisábamos, parecía que se nos iba a partir la bici en dos y teníamos que controlar bien la velocidad porque llovía y todo era muy resbaladizo.

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Al fin llegamos abajo y nuestras bicis daban pena. La Gerarda se había quedado sin pastillas en el freno delantero, la cubierta delantera tenía una pequeña raja, los cambios no hacían ni caso de lo que se les pedía, se me rompió un enganche de la alforja trasera, el manillar llegó casi del revés, cada maneta de image-10freno a una altura distinta, el sillín caído y el premio gordo: el transportín trasero partido. Todas las demás averías eran subsanables porque llevaba repuestos, pero el transportín trasero iba a necesitar de una buena soldadura porque aún me quedan muchos puertos como el Khaburabot. Iba a necesitar a McGyver para salir de este aprieto y aquí McGyvers, en medio de las montañas tajikas, no abundan.

Llegamos a Khorog después de dos días de pedaleo espectacular junto a un río maravilloso de agua helada, el Panj, que separa Tajikistán de Afghanistan. Era una maravilla pedalear al lado de un río así. Contábamos con agua para lavarnos y cocinar, el clima era más fresco y acampar en sus playitas era una experiencia muy superior a dormir en un Shilton, el hotel que tiene todo lo del hotel Sheraton y el hotel Hilton a la vez.

image-12Conseguí llegar con el transportín atado con alambres, la alforja atornillada, los frenos apañados y varias chapuzas más con la esperanza de que en un pueblo de mayor tamaño como Khorog, alguien tuviera máquina de soldar e ideas brillantes para poner a punto a La Gerarda para la siguiente fase: el Wakhan Corridor. Nos instalamos en el Pamir Lodge después de no probar una cama durante 12 días y el ambiente no podía ser mejor. Varios ciclistas de varias nacionalidades venían de recorrer el Pamir o bien iban en nuestra dirección. Yo sólo pensaba en encontrarme con alguien que supiera cómo dejarme bien mi bici.image-7

Bajito y con cara de buena gente, Eneko entró en el Lodge unas horas después de habernos instalado nosotros. Él ya llevaba allí un par de días recuperándose de una fuerte indigestión. Me presenté y, siendo los únicos españoles del lugar, pronto hicimos buenas migas. Le pregunté si sabía de frenos de disco y me dijo que sí, y de repente suspiré aliviado. Aunque hubiera cambiado las pastillas, había algo en mi freno que no iba bien. Eneko fue el hombre que yo necesitaba en el lugar que yo necesitaba. La suerte me guiñó un ojo encontrando a alguien tan buen mecánico y con tan buen corazón. Eneko consiguió arreglarme los pistones de mis pinzas de freno, que estaban atascados, diseñó un refuerzo para mi transportín que nos soldaron al día siguiente, reajustó mi manillar y apañó mis alforjas…

Encima ahora somos tres para recorrer las semanas que nos quedan hasta Kirguizistán, así que no puedo estar más contento de haberle conocido.

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Moscas sin mal de altura‏

Se me hacía extraño ver que una nube de moscas pudiera volar a 20 kilómetros por hora. También se meimage-15 hacía extraño que todas estuvieran merodeando mi alforja delantera, pero bueno, estaba en plena subida al puerto de Khargus y no iba a ser esa mi preocupación.

Si no fuera por la subida, aquello era un paraíso. La cordillera del Hindu Kush con montes de 7000m anuestra derecha, enfrente Afghanistan y abajo el río Panj bajando a toda pastilla. Por todos lados había praderas verdes donde tumbarnos cuando queríamos y ríos helados donde bañarnos y abastecernos de agua. Era difícil que mis moscas y yo pudiéramos pedir algo mejor.

image-16Por fin paramos en el último checkpoint a 4.100m de altura y ya empezábamos a notarlo. Nos ahogábamos un poco al pedalear y nos entraba un poco de mareo, pero era difícil pararnos. Nuestra alegría de estar ahí era enorme. Habían sido muchos meses viendo fotos de ese lugar en el que nos encontrábamos, habían sido muchas horas delante del ordenador viendo esa misma ruta que estábamos recorriendo. Cada poco se me ponía la carne de gallina de estar donde estaba y de subir tan alto a lomos de La Gerarda, que traqueteaba como una carraca de lo cargada que iba. Tuvimos que llevar provisiones para unos tres días, ya que no íbamos a encontrar nada en la ruta, y se notaba bastante el peso. Eran tantas horas escuchando el traqueteo de las bielas y de las ruedas que ya hacía percusión con mis manos en el manillar y con el sonido de los bajos de mi bicicleta.

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De pronto, entre la nieve vimos una marmota enorme cruzando el camino. Más alegrías si cabe.

image-23Paramos en otro prado paradisíaco a comer. Nos disponíamos a cocinar un arrocito con tomate, así que abrí mi alforja pidiéndoles paso a las moscas y me encuentro con que el bote de tomate que había comprado un día antes, se me había abierto por los baches del camino. Ahora me explicaba por qué tenía esa compañía durante tanto tiempo. Era genial encontrarme todo lo que llevaba en mi alforja teñido de color rojo y apestando a tomate Orlando.

Por supuesto fui el hazmerreír de mis compañeros, y el arroz, en vez de tomarlo con tomate, lo tomamos con ajo.

Acampamos en un lugar impresionante con bastante frío, y a laimage-24 mañana siguiente nada más abrir la cremallera de la tienda de campaña y ver dónde estaba, se me escapaba una sonrisa que me duraba minutos, y toda la piel se me ponía de gallina de la emoción. Agradecí hacerla acompañado porque en 24 horas sólo nos cruzamos con un coche; todo lo demás, marmotas y pájaros.

Continuamos y pasamos por unos lagos espectaculares de agua transparente. Una pena no bañarnos, pero estábamos muy altos y hacía bastante frío.

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Estábamos despidiéndonos del Wakhan corridor para metermos en la M41, la Pamir Highway, la segunda carretera más alta del mundo. Agradecimos que estuviera asfaltada porque llevábamos muchos días pedaleando por caminos llenos de baches, arena, rodadas y agujeros que hacían bastante complicado el pedaleo. Si no poníamos los cinco sentidos en la bici era muy fácil perder el equilibrio y morder tierra.

image-25Entramos de lleno en el altiplano del Pamir, una carretera bastante llana que no baja de los 4.000m y llegamos a Alichur, el primer pueblo después del Wakhan Corridor.

Aquello parecía otro mundo. El pueblo entero era blanco, y entre las casas vimos las primeras yurtas, una especie de tiendas de campaña con forma de iglú que emplean las tribus nómadas del Himalaya, algo que no habíamos visto en todo Tajikistan, pero lo que más nos impresionó fue la gente. Todos tenían los ojos achinados, la piel morena y vestían de una forma muy diferente a lo que habíamos visto. Los hombres llevaban un gorro en forma de pluma y las mujeres tapaban su pelo con pañuelos muy coloridos y preciosos, y llevaban pendientes brillantes, generalmente de aro.image-19

La gente del Pamir se siente más kirguiz que tajika por temas de la guerra civil y es por ello que no sólo hablan otro idioma, sino que también han atrasado una hora sus horarios para ir a contracorriente del país que repudian, Tajikistan.

Ahora nos encontramos en Murgab, donde hemos coincidido con bastantes ciclistas que vienen de muy lejos y el ambiente es muy bueno. En poco tiempo entraremos en Kirghizistan, pero antes tenemos que pasar el Akbaital Pass, el puerto más alto de nuestra ruta, a 4.655m de altura. Los ánimos siguen por las nubes, así que tenemos muchas ganas de “atacarlo”.

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Noticias desde Kirguizistán

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La Gerarda es la bici que me ha traído hasta aquí, una Genesis Tour de Fer. He pasado ya tantas horas con ella que le tuve que poner un nombre. Se me ocurrió en carreteras iraníes y le bauticé así porque es un nombre de mula de carga, mula de carga sufridora. Debo reconocer que he dudado mucho de su aguante en diversas ocasiones, no porque sea mala bici, sino porque lleva ruedas algo más finas de lo normal para estos terrenos. El tiempo me ha quitado las dudas, ya que se ha portado de maravilla. En Dushanbé, coincidí con varios ciclistas que venían de recorrer el Pamir y el Wakhan Corridor y todos me decían que no iba a ser capaz de hacerlo, que cambiase las cubiertas, el transportín, el manillar…

– ¿Vas al Pamir?
– Sí
– ¿Con esa bici?
– Sí
– ¿Y cómo vas a hacerlo?
– Pedaleando

Me molestaba la gente que pensaba por mí, siempre me ha molestado. Así que cuando Haikke, esa alemana con pelos en las axilas y bici de 4.500 € lo hizo, automáticamente le dije que le escribiría cuando lo terminase y le contaría cómo lo hice. Qué grata satisfacción me fue mandarle ese email con mi foto entrando en Osh, Kirghizistan.

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La Gerarda vino tocada, pero para nada pienso remplazarla, y desde luego que no me he cargado ni el cuadro, ni ningún radio de las ruedas, ni tampoco yo me he roto en dos llevándola como tanto me decía el “Comité de Expertos Cicloturistas”. He sufrido, pero ¿acaso hay alguien que no sufra subiendo al Pamir?

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Nada más salir de Murgab se me puso la piel de gallina otra vez. Estábamos pedaleando la M41, a unos 4.100 m de altura con la frontera china a unos 50 metros y no sé si por la emoción o por la altura, nos faltaba la respiración. Dicen que es más bien por lo segundo pero si en ese momento yo pensaba que era de estar ahí en ese sitio tan alucinante, me iba a ser más fácil dar pedales, así que me convencí de que era por estar en un sitio así. De nuevo ríos, montes nevados y prados verdes nos recibían en un paisaje inolvidable y con un clima bastante fresco.

De repente en el medio de la nada, aparecía una yurta en la que vivía una familia con su rebaño de yaks, su huertita y nada más. Eran tribus nómadas, y cuando les preguntábamos qué hacían ahí, nos solían contestar que ahí tenían todo lo que querían: comida, prados y agua. Los Yaks les daban leche, carne y con sus heces hacen el fuego para cocinar. El río les da agua y algo de pesca, así que va a ser verdad eso de que es posible vivir con casi nada y ser mucho más feliz que teniéndolo todo.

– ¡Aúpa Miguelchu!

Me gritaba Eneko en las subidas a los cuatromiles que escalamos. Sólo de oírle animándome para que siguiera, hacía que se me olvidase la paliza que manejaba y sólo con ese grito, podía tirar otro poco más sin acordarme de lo que estábamos haciendo. Nos compenetrábamos bien y al estar el viento más en contra que a favor, había que hacer relevos para cortar el viento al de atrás lo máximo posible. DSC01410Así que yo tiraba unos kilómetros primero, y otros él bien pegada mi rueda delantera a su trasera y viceversa. Cada cima que “conquistábamos” nos dábamos un abrazo y lo celebrábamos con unos dátiles secos con almendras… qué simple se vuelve todo cuando no tienes nada. Cualquier mínimo capricho se convierte en un banquete.

 

Pasamos el Lago Karakul con los picos Lenin y Stalin de más de 7.000 m de alto y de nuevo, carne de gallina.

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El último cuatromil de Tajikistan no fue tampoco fácil, y precisamente era donde se dividían Tajikistan y Kirghizistan. De nuevo emociones fuertes de conocer un país nuevo y con una cultura totalmente nueva.

Aquella aduana fue la más fácil de pasar de estas 5 fronteras que ya he pasado. Ni desmontar alforjas, ni enseñar equipaje, ni siquiera formulario de entrada ya que para Kirghizistan no hace falta visado. Lo que hacía falta era un mechero para darle fuego al soldado que nos sellaba el pasaporte. Hasta que no encontramos un mechero no nos pondría el sello de entrada, así que no tardamos en darle lo que nos pedía. Incluso nos hicimos los olvidadizos cuando se metió nuestro mechero en el bolsillo…no fuera a ser que diera marcha atrás en su decisión de dejarnos entrar.

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Kirghizistan ha sido el sitio que más me está sorprendiendo en cuanto a paisajes. No tiene  nada que ver con Tajikistan. Como estaba muy centrado en el reto de atravesar el Pamir y de ver esos paisajes tan únicos, me olvidé de mirar qué atractivos tiene Kirghizistan y sin duda es un país impresionante. Nada más cruzar la frontera empezamos a ver colinas interminables de un verde espectacular, y con las montañas nevadas del Karakoram pakistaní de fondo.

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La mayoría de los kirguises son nómadas, y en verano dejan sus ciudades para montar sus yurtas en donde más les gusta y pasar el verano rodeados de caballos salvajes y más animales.

 

Me impresionó muchísimo ver tantos caballos salvajes campando a sus anchas por esos prados, cuando sólo suelo verlos en recintos cerrados. Todo el mundo en los pueblos tiene un caballo, y se ven niños de 7 años dirigiendo sus caballos de un sitio a otro, dándole a cada pueblo un ambiente admirable de convivencia entre animales y personas.

Ahora me dirijo a un lago del que me han hablado donde intentaré llegar a un glaciar precioso. Cambiaré a La Gerarda por un potro kirguiz…ya que en bicicleta se llega a casi todos sitios menos a los sitios donde te lleva un caballo.