Categoría: La Ruta de la Seda

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Servicio de grúa kirguiz

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Aquella no iba a ser una despedida fácil. A medida que la fecha se acercaba, lo pensaba más. Por fin llegamos a Sari Tash y en el hotel el ambiente era buenísimo. Más ciclistas recorriendo el mundo a golpe de pedal y un jardín donde pasar las horas contando nuestras anécdotas.

El camino seguía y para mí era uno y para Eneko otro. Él marchaba hacia China y bajaría la Karakorum Highway pakistaní hasta India. Yo subiría hacia Bishkek para volar a India. Así que llegó el duro momento y fue despedida con todo el pack completo: nudo en garganta, voz temblorosa y ojos llorosos. Habíamos sido compañeros inseparables y los buenos momentos vividos eran incontables. Tardé bastante en recuperarme y las siguientes etapas las haría solo, así que me acordaría de él constantemente.

Después de pasar unos días en Osh decidí ir hacia el Lago de Song Kul, un paraíso en medio de la montaña donde se puede alquilar un caballo, nadar y vivir en yurtas con las tribus nómadas kirguises.

Llegué a Kochkor hacia las 4 de la tarde y al ver a dos mochileros decidí ver qué información les sacaba acerca del lago.

– Song Kul es bonito pero si quieres algo virgen y sin turistas vete a Kol o Kumred6
– ¿Se puede subir en bici?
Se miraron el uno al otro dudando, y al final el novio contestó
– Igual tienes que empujar un poco pero sí

Rumbo a Kol o Kum. Cuántas ventajas da viajar en bici. Si viajara con otro medio de transporte ya tendría que pagar otro precio al conductor, buscar otro billete, esperar…la libertad de ir en bici permite estos pequeños cambios de planes sin que nada altere el viaje.

Pasé un par de pueblos y empecé a subir hacia el lago. A medida que subía la cosa se ponía peor. Piedras en el camino, arena y cada vez más pendiente hasta que ya sólo podía empujar a La Gerarda.

De repente aparecía algún pastor y cuando yo les preguntaba por el lago me contestaban con tres dedos. ¿ tres kilómetros? ¿Treinta? ¿Tres horas? Nada me quedaba claro así que a empujar.

Al rato de haber pasado la primera loma, escuché cantos detrás de mí. Miré para atrás y vi a dos hombres subidos a la misma mula cantando y moviendo los brazos casi como si fueran directores de una orquesta.

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-¿Dónde vas?- me preguntó el más joven de los dos
– a Kol o Kum
– sube aquí tus alforjas que te queda mucho. Nosotros vamos para allá

Podría decir que iban borrachos pero mentiría. Manejaban una cogorza de nivel altísimo.

Pararon la mula y el más viejo de los dos saltó de la mula, y nada más caer, perdió el equilibrio y cayó de culo como en una caída de dibujos animados. Su compañero se desternillaba de risa mientras sujetaba las riendas, y yo le ayudaba a levantarse mientras olía su aliento a vodka peleón.

Así que seguimos monte arriba los tres, ellos subidos a la mula y yo empujando una Gerarda vacía de equipaje hasta que se nos hizo de noche y acampamos. Bueno más bien acampé yo, ellos durmieron la mona al raso encima de unas mantas que llevaban.

Intentaban comunicarse conmigo pero era muy complicado, decían cosas sin sentido y yo les hacía poco caso por la borrachera que manejaban. Aunque no estuviera de buen humor se daban situaciones bastante divertidas como cada vez que el viejete hablaba. Yo no le entendía ni por gestos, entonces él, como último recurso, sacaba de su bolsillo interior de la chaqueta una dentadura postiza y se la ponía para hablarme como si así fuera a entenderle. Cierto es que pronunciaba mejor pero su idioma yo lo desconozco.

A la mañana siguiente amanecimos y lo primero que mis dos compañeros hicieron, fue darle un buen lingotazo a lo que les quedaba de esa botella de plástico de vodka. después de una agotadora travesía llegamos al lago. Sin duda la paliza valió la pena. Un lago azul rodeado de prados verdes con caballos pastando a su alrededor nos recibía con un sol radiante. Familias acampadas en yurtas cuidaban de sus caballos y me invitaban a entrar a tomar leche de caballo y té. La leche de caballo intomable, el té decente.

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Acampé a la orilla del lago y cuando estaba clavando la última piqueta de mi tienda oí ruido de caballos. Miré para atrás y vi a dos chicas occidentales haciendo el trote a la inglesa más perfecto que he visto, guiadas por un jinete local. Era raro ver esa imagen en un sitio así. Nos miramos pero como estaban bastante lejos yo seguí a lo mío y ellas a lo suyo.

La pareja de borrachos con la que vine parecía haberse serenado un poco gracias al copioso desayuno que nos dieron en una yurta nada más llegar. Hasta empezaban a hacer cosas útiles como desensillar a la mula o lavarse la cara con agua del lago. Pronto sacaron una red de la yurta y se dispusieron a pescar. Cargados con la red en sus hombros, uno se ponía en una orilla y el otro en la otra, y cuando ya parecía que todo estaba preparado, la red se les enredaba o hacían mal el nudo. Se regañaban el uno al otro y por supuesto no pescaron ni un mísero pescadito. Me olvidaba de que aunque no estuvieran borrachos, estaban resacosos, y eso quizá haga cualquier tarea aún más difícil que hacerla borracho. Poco tardaron en conseguir otra botella de vodka no sé de dónde y le daban buena cuenta en cuanto podían.

Dejé a los dos buscavidas a la orilla del lago, con la red enredada en la playa y con la botella de vodka a medio acabar y me dirigí a otra zona de yurtas un poco más al Norte.

Nada más llegar me invitaron a entrar en una de ellas a tomar té y al entrar vi a las dos occidentales sentadas tomando té. Qué agradable sorpresa.

Eran parisinas y se comunicaban hablando de forma que cantaban al expresarse, o cantando de forma que hablaban al expresarse. Para decir un simple “Bonjour”, lo dirían de forma que parecía el estribillo de una canción yeyé de los años 70. Intentaban darle cordialidad a sus palabras de esa forma, y he de reconocer que lo fueron, y mucho. Nada más entrar me preguntaron si montaba a caballo, y al decirles que el trote a la inglesa no me sale como a ellas pero que si me subo a un caballo, me suele obedecer, ya estaban tronchadas de risa. Negociaron con su guía un caballo más a un precio irrisorio y juntos subimos a un glaciar alucinante después de tres horas de paseo a caballo. La última parte del paseo les atamos las patas delanteras a los caballos para que no huyeran y subimos a pie hasta el glaciar.

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Chloé y Eva eran semiprofesionales de la equitación y estaban en Kirguizistán por ser un paraíso para montar a caballo, y por la extensa cultura que tiene este país sobre los caballos en general.

Al día siguiente me levanté bastante preocupado por cómo bajar del Lago con la bici y con todo mi equipaje así que me despedí de las parisinas y empecé a buscar un jinete y un caballo que me hicieran el servicio. Era un servicio peculiar el que yo demandaba porque subir una bici a un caballo no es muy habitual pero tenía que hacerse de esa manera. Bajar montado en la bici era algo imposible y bajar la bici con la carga andando era también imposible, así que tenía que ser a caballo, además había dos ríos bastante intransitables en bici. Me costó bastante conseguir que me hicieran ese servicio pero al final cedieron, así que contraté un servicio de grúa kirguiz: ese que te lleva tu bici y tus alforjas subidas a un caballo.

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Ahora ya estoy por Bishkek y pronto vuelo a India. No hay forma de atravesar Pakistán sin visados, y podría ir por China, pero entonces nunca entraría en la India ya que las fronteras entre India y China están cerradas desde hace décadas, así que la Gerarda y yo volamos a Delhi en los próximos días.


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Un hasta pronto

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Pues sí, llegó la hora de terminar el viajazo por la Ruta de la Seda. Han sido cuatro meses inolvidables en los que sólo he tenido experiencias positivas. Unas alucinantes, y alguna que otra dura, pero de todas he aprendido y siento que he quemado esa inquietud que tanto me inquietaba (valga la…). Dicen que los que tenemos “culo de mal asiento”, o buscamos esos asientos nuevos, o nos caemos de la silla. A mí me pasaba eso. Necesitaba hacer este viaje. No huía de nada ni de nadie, simplemente buscaba conocer esas culturas que tanto me atraían y recorrer con mi querida Gerarda una ruta milenaria como es La Ruta de la Seda.

He cenado en un club de polo en Teherán con altos ejecutivos y he dormido con pastores kirguises sin más riqueza que su generosidad. No puedo decir que una experiencia sea mejor que la otra, o que me haya enriquecido más desayunar leche de yegua que huevos con bacon. Todo lo que he vivido en estos cuatro meses ha sido inolvidable y hacen de mí una persona un poquito más feliz y con un poquito más de conocimiento sobre lo que pasa ahí fuera, ahí al lado, en lugares que están muy cerca o muy lejos, según el punto de vista.

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Ahora que ya he vuelto a mi querida Madrid me preguntan qué es lo que más me ha gustado, qué momentos han sido más duros o qué he echado más en falta.

Después de recorrer Irán, Turkmenistán, Uzbekistan, Tajikistan, Kirguizistan y la India (este último sin bici), puedo decir que la mejor gente la he conocido en Irán. Me ha encantado romper con esos prejuicios que aquí se tienen sobre los musulmanes y sobre la Yihad. Cuánta gente habla sin decir nada, cuánta gente cree a pies juntillas lo que los medios propagan. En Irán sólo he encontrado una generosidad y una hospitalidad impresionantes para lo que estamos acostumbrados aquí. Allí no es que sea normal acoger a un extranjero, sino que es un honor. Es muy normal que te exhiban como un trofeo cuando te quedas en casa de alguien, enseñándole a todo el mundo la suerte que tienen de tenerte en su casa, como narré en el post de La Visita al Chiíta.

En Turkmenistán encontré un país cerrado a todo lo exterior, desértico y hospitalario. Considerado uno de los países más cerrados del mundo en cuanto a censura se refiere, mi experiencia fue increíble, conociendo gente que me ayudaba sin buscar nada en mí.

En Uzbekistán rompí con la soledad y encontré un compañero de viaje. Descubrí las ventajas de viajar acompañado y de compartir las experiencias. En cada lugar nuevo que conocía me acordaba de todos esos amigos que hubieran disfrutado de ese lugar tanto como yo. Viajar solo es bonito, pero si lo puedes compartir con alguien se puede convertir en el doble de bonito.

En Tajikistán descubrimos la dureza de la naturaleza, con subidas interminables, climas muy duros y un paisaje de quitar la respiración, donde nos dimos cuenta de lo vulnerables que somos ante lugares así. Conseguimos atravesar la Cordillera del Pamir, y su mítica M41, la segunda carretera más alta del mundo, vencimos al Wakhan Corridor, que dejó nuestras bicicletas para el arrastre mientras divisábamos al otro lado del río Panj la pobreza de Afghanistan.

Y Kirguizistan, ese país del que nada me informé y tanto me sorprendió. Sus montañas verdes llenas de caballos salvajes nos conquistaron y conseguimos lidiar con su gente. Nómadas con cara de pocos amigos y corazones enormes.

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En India descubrí un país que no se corrompe, que sigue impasible ante la influencia de lo moderno. Mi primera visita a este país la hice hace 14 años y los únicos cambios que he visto han sido nuevos cajeros automáticos, coches de mejor gama y smartphones. Para todo lo demás, India y sus situaciones cotidianas acompañado de la mejor compañía posible.

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Podría escribir mucho más acerca de este viaje, pero ya estoy en Madrid, viviendo experiencias inolvidables también. Creo que lo bonito de los viajes es volver, e intentar aplicar lo aprendido en nuestro día a día, así que en ello estoy ya.

Tengo muchas ganas de veros a todos, es por ello que en Slowroom, el lugar desde donde partí, el lugar donde todo empezó, organizamos una expo de fotos sobre el viaje. Será el Jueves 17 de Septiembre y me encantará ver a todo el que pueda pasarse. Os cuidaremos con cervecita fría y bicicletas bonitas, ¿qué más se puede pedir a esta vida?