Categoría: Mingalaba Trail

1 Reply

Sabaidee Laos

La proa de la canoa con la que vimos el Lago Inle

Qué pena da irse de un lugar en el que estamos a gusto. Así estamos en el lago Inle, donde hemos conocido a una pareja de colombianos con los que intimamos y vemos todo lo que hay que hacer en este espectacular lugar.

Conocer el Lago Inle nos supone zambullirnos en una cultura de la que no tenemos ni idea y que es única en el mundo.

En este lago los pescadores tienen una forma única de pescar. Solos, manejan canoas de unos 5 metros de longitud. Se colocan en la proa manteniendo el equilibrio de forma asombrosa y, con un remo larguísimo que sujetan con una pierna, justo detrás de la rodilla, consiguen remar moviendo la pierna con una agilidad admirable a la vez que lanzan sus redes. Verles en acción es un auténtico espectáculo; su equilibrio, mientras se apoyan con un solo pie en una canoa estrechísima mientras lanzan una red a la vez que reman con un pie, es alucinante.

FullSizeRender 24

Pescadores que reman con una pierna. Lago Inle

FullSizeRender 15

Uno de los monasterios que hay en el lago

Por todo el lago hay islas que son templos donde viven comunidades de monjes budistas, así como pueblos flotantes y hasta huertos flotantes. Su gente vive una vida totalmente ajena al mundo moderno y las comunidades que habitan en
él dependen del lago en su totalidad para subsistir.

Pues bien, después de pasar allí unos días, ajustamos las bicicletas, que ya llevan unos kilómetros encima, nos vestimos preparados para pedalear al calor tropical, montamos nuestras alforjas y por último nos despedimos de la encantadora señora que regenta el hostal donde nos alojamos. Muy apenada nos pregunta dónde nos dirigimos. Le decimos que hacia Tachileik, la frontera con Tailandia. De repente la cara le cambia de color y en su inglés infantil nos dice que no, que no podemos irnos. Hay una gripe porcina en el país y han cerrado las fronteras terrestres. Contrastamos la información en Internet y, en efecto, la frontera está cerrada. Sin fecha de apertura. Puede ser mañana como en dos meses. Ella nos dice que vayamos a la otra frontera, la del sur, pero claro, no se da cuenta de que nuestro medio de transporte es una bicicleta. Llegar a la frontera que nos dice puede suponer 10 días de pedaleo y un cambio total de planes, ya que nuestra idea es entrar en el norte de Tailandia para luego ir a Laos.

IMG_0406

El embarcadero del lago, donde se organizan mercados acuáticos

Empezamos a estudiar opciones y la que más nos convence es bajar a Yangon, la antigua capital de Myanmar, y tomar un avión a Chiang Mai, al norte de Tailandia. Así podemos conocer la antigua capital de Myanmar, que nos la íbamos a perder. Todo parece bastante amable dentro de lo que cabe. Cogemos un autobús nocturno y llegamos a Yangon.

FullSizeRender 11

A las 5.30 AM los monjes van por la ciudad recogiendo alimentos que sus fieles les preparan. Yangon

En el aeropuerto de Yangon tengo muchos motivos por los que estar preocupado:

  • Nos piden cuarenta dólares por bicicleta en el avión
  • Vamos con 13 kg de equipaje extra, lo que puede suponernos 130 dólares
  • Son las 14.15 y el avión sale a las 15h

A la azafata del aeropuerto le decimos que en la agencia no se nos ha informado del sobrecoste por el transporte de las bicis. Cuela. La bolsa que pesa 13kg más le decimos que no nos la llevamos y en cuanto se da la vuelta la metemos como equipaje de mano. Cuela. Enseñamos los billetes a todo el que está delante de nosotros antes de la aduana para que nos dejen pasar y llegar al avión que ya está embarcando. Cuela.

IMG_0421

El lago lleno de nenúfares y Magnífica mojándose los dedos del pie

Así que sin saber bien cómo, allí estamos sentados en ese avión de hélices rumbo a Chiang Mai. Empieza a llover de tal forma que pensamos que no va a salir el avión, pero arrancan motores y con todos los pasajeros asustados, el avión despega sin contratiempos. De nuevo estamos en Tailandia, esta vez en el norte, en Chiang Mai, con idea de pedalear hasta Laos.

Chiang Mai es una ciudad llena de templos impresionantes, los barrios tienen las puertas de las casas siempre abiertas y es muy fácil ver la vida tailandesa de puertas adentro. Sus mercados nocturnos nos encantan y volvemos a probar todo tipo de comida a precios de broma antes de subirnos de nuevo a nuestras bicis rumbo a Laos.

FullSizeRender 31

Cada templo es un mundo. Hay algunos que nos dejan alucinados. Carretera a Chiang Rai. Tailandia.

FullSizeRender 27

Gallos de pelea

Pasamos unos días pedaleando hasta llegar a Chiang Rai, la última ciudad grande antes de llegar a la frontera entre Laos y Tailandia. Las carreteras son bastante amables con nosotros. Hay buen arcén, no hay mucho tráfico y el paisaje es precioso. Recorremos verdes montañas de selvas frondosas, muchos arrozales y pueblos con mucho encanto en los que la cosecha de arroz es el pan de cada día.

FullSizeRender 26

Entrando a Chiang Rai

FullSizeRender 22

Arrozales por todas partes

FullSizeRender 17

Todo es sabroso, pero picante

En todos los pueblos encontramos dónde comprar refrescos fríos y platos de comida deliciosa y a buen precio. Incluso nos sorprende encontrar cafeterías modernas con café de autor servido en vasos tamaño XL con tanto hielo como café. Parece que en España la moda de los cafés de autor ha llegado más tarde que aquí. Paramos en numerosas ocasiones a reponer fuerzas en estos cafés. Nos encanta el Mocha helado que en todos sirven, su aire acondicionado a gélidas temperaturas y la conexión wifi que tienen, incluso estando en medio de la nada.

FullSizeRender 18

Café moderno hipster en medio del arrozal

FullSizeRender 25

Carreteras verdes tailandesas

Hace dos años que sigo por las redes sociales a Begoña y Hugo, una pareja de donostiarras que abandonaron una vida acomodada por darse la vuelta al mundo en bicicleta sin fecha de vuelta. Les conocí en Dushanbé en 2015, mientras recorría la Ruta de la Seda. Entonces nos alojamos en casa de una francesa que acogía a cualquier viajero que su medio de transporte fuese una bici y allí coincidimos. Hicimos buenas migas y seguimos en contacto. Habiendo pasado por India, Myanmar, China, Mongolia, Japón, Filipinas y bajado por China, ahora da la casualidad de que se encuentran en Laos y parece que nos cruzamos, así que genial.

Encontrarnos con ellos es una maravilla. Escuchar sus historias, la de anécdotas que tienen que contar después de recorrer todos esos países y verles de nuevo nos encanta. Nos despedimos al día siguiente después de pasar un día entero con ellos. Con mucha pena les damos un hasta luego y recorremos los 10km que nos quedan hasta la frontera con Laos.

FullSizeRender 36

La eterna pelea de las aduanas y las bicis

Llegamos a la aduana y, después de bastantes problemas con mi pasaporte, conseguimos entrar. La idea es bajar el río Mekong hasta Luang Prabang en un barco. La carretera es bastante montañosa y siendo la época de lluvias no es lo más recomendable pedalear por allí, así que al día siguiente nos embarcamos durante dos días en ese barco que nos lleva hasta Luang Prabang.

El barco es bastante grande y los asientos son asientos de coche usados que han clavado en el suelo de madera para que la gente pase la travesía lo más cómodo posible. No hay más que un solo piso y el techo es de chapa, donde van nuestras bicis. El capitán va delante bebiendo cerveza sin descanso y detrás vamos un grupo de unas 50 personas, todas sentadas en esos bancos poco uniformes ya que hay asientos que pueden ser de un Mercedes 190 como de un Toyota Corolla. Hay una tripulación de tres chavales que ayudan al capitán cada vez que se para en las aldeas de la selva a recoger pasajeros. Con enormes palos de bambú tocan el fondo y dirigen el barco hacia las playas donde hay pasajeros. Les recogemos y seguimos río abajo.

FullSizeRender 9

El slow boat que baja el río Mekong hasta Luang Prabang

FullSizeRender 8

La vida dentro del barco

La gente viene cargada con todo tipo de enseres de lo más dispar como sacos de alimentos, gallinas o electrodomésticos. Toda la carga la sitúan en un almacén que tienen en la parte de atrás, al lado del sonoro motor de gasoil que hará que este peculiar barco descienda el Mekong. Cada parada, el barco se llena de un humo negro que nos hace tener que taparnos la boca para no inhalar gasoil. A mitad de camino hace parada en Pakbeng, allí nos depositan hasta las 9 de la mañana del día siguiente donde el barco zarpará rumbo a Luang Prabang. Pakbeng es un pueblo de piratas de río en el que no hay nada, pero hay de todo. La impresión al llegar es que no hay nada, pero luego al llegar te ofrecen de todo, hay bastantes restaurantes y también muchas tiendas de comida. Está claro que la principal fuente de ingresos son los barcos que por allí hacen escala.

FullSizeRender 14

Pakbeng de noche

Laos nos parece muy diferente de Tailandia; se circula por la derecha, lo cual agradecemos; su gente es amabilísima, la comida tiene influencia francesa debido a su pasado colonial, y el país se ve mucho menos desarrollado que Tailandia. Las sensaciones son muy buenas desde que entramos en este país. Ahora nos encontramos en Luang Prabang, una ciudad preciosa de arquitectura colonial mezclada con impresionantes templos budistas que nos tiene encantados. Por más que recorremos sus calles no nos cansamos de ver sitios preciosos, rincones peculiares y situaciones muy auténticas. Pronto empezaremos a pedalear hacia el sur del país, rumbo a Camboya.

FullSizeRender 7

El Palacio Real de Luang Prabang

FullSizeRender 10

Venta de sombrillas

FullSizeRender 16

La colonial Luang Prabang

FullSizeRender 29

Monumentos budistas en cualquier rincón

FullSizeRender 40

Hay que ir tapada y guapa para entrar a los templos. Magnífica siempre cumple con la ley

FullSizeRender 35

Panadería francesa en Laos

FullSizeRender 39

Acampados en un colegio tailandés. Los niños nos trataron genial

 


1 Reply

Nuestras primeras pedaladas birmanas

FullSizeRender 13

El delicioso curry de la zona

Es bastante divertido pedir en un restaurante a ciegas. En muchos de ellos, las cartas tienen fotos de los platos, pero si no las tienen, nos paseamos como guardias de la Gestapo inspeccionando los platos de los comensales y mediante señas le decimos al camarero que queremos uno igual que éste o aquél. Que un occidental sudoroso se acerque a tu mesa cuando estás en plena cita romántica a inspeccionar lo que comes no es plato de buen gusto, pero pidiendo perdón antes que permiso se consigue casi de todo. Así nos apañamos para comer nada más llegar a Bangkok, esa ciudad que tanto nos ha gustado a nuestra llegada al sudeste de Asia y en la que comer es siempre una aventura porque casi nunca sabes lo que estás pidiendo.

IMG_3931

A la espera del visado para Myanmar

En Bangkok pasamos tres días de arriba a abajo gestionando el visado a Myanmar, visitando la ciudad, su fascinante submundo flotante y preparando el viaje. Da pena cómo se ha llenado la ciudad de turistas.
En el barrio donde nos hospedamos, los cafés están llenos de gente buscando la señal de wifi y se ven grupos de mochileros emborrachándose como si no hubiera mañana.

Niña dando de comer a los peces en un mercado flotante de Bangkok

Vendedora ambulante en Bangkok

Acabadas las gestiones, volamos a Myanmar y todo son buenas sensaciones.

Se nota mucho menos desarrollo que en Tailandia. En las calles conviven animales con puestos de comida, coches de alta gama con rickshaws, carrozas de caballos con desvencijados camiones y, en el medio de todos ellos, una pareja de ciclistas españoles recién casados buscando cómo ser respetados en un supuesto “ceda el paso”.

Hace poco que el país se ha abierto al turismo y en muchas cosas, se mantiene bastante intacto. Todavía se ven bastantes signos de la dictadura militar que ha gobernado Myanmar durante casi 50 años. Aunque se haya abierto a la democracia, todavía el peso de los militares sigue muy presente.

IMG_4216

Un mercado en el que nos hacemos famosos

Entramos a un mercado a comprar fruta y todo el mundo quiere ayudarnos sin pedirnos nada a cambio. Preguntamos por el precio de unos plátanos y nos ofrecen un ramo entero. Mediante gestos les decimos que sólo queremos cuatro, les enseñamos nuestra forma de viaje y nos regalan la fruta. Si echamos la vista atrás, entrar en un mercado en otro lugar suponía un constante agobio de gente queriéndonos vender algo. Múltiples intermediarios se intentaban sacar una comisión haciendo de traductores y lo único que querías era salir de ahí lo antes posible en busca de un poco de tranquilidad. Aquí nada de eso ocurre, sino que todo el mundo nos sonríe de forma tímida y el día de los plátanos nos enseñan algo inusual. Un elefante se ha colado en el mercado con su dueño. Parece que vienen de un circo o algo y todos le dan de comer lo que pueden. Todos nos avisan de que corramos a hacer fotos.

La sorpresa del elefante

La sorpresa del elefante

Las mujeres van maquilladas con Thanaka, unos polvos que extraen de la madera de un árbol similar al sándalo. Además de aclararles la piel, les protege del sol que aquí cae a plomo desde pronto por la mañana. Los hombres visten con pareo y camisas de manga corta, muy elegantes, y en general no pegan ni sello. El día lo pasan retozando tumbados en bancos o bebiendo con sus compinches mientras sus mujeres se desgañitan vendiendo en puestos callejeros o cosechando en el campo.

Magnífica maquillada con Thanaka

Magnífica maquillada con Thanaka

IMG_4249

Deambulantes de la carretera

En pocos sitios hemos visto tanto trabajo infantil. En casi todos los restaurantes de carretera en los que hacemos un alto los camareros son niños y los que friegan los platos, igual. En los templos siempre hay algún niño intentando vender algún souvenir, y en las tiendas es bastante frecuente verles haciendo el trabajo duro. Pedaleando por las carreteras birmanas, también les hemos visto en trabajos de construcción.

FullSizeRender 5

Trabajo infantil por todas partes

El pedaleo es maravilloso salvo por un factor bastante condicionante: el calor. Hemos venido en una época en la que aprieta el sol muy fuerte y al ser temporada de lluvias, la humedad es altísima. Tenemos la suerte de que este país está lleno de templos budistas, y en toda entrada a todo templo hay tinajas con agua. Ese agua, en vez de bebérnosla, nos la tiramos desde la cabeza a los pies ante el estupor de los monjes que allí habitan.

FullSizeRender 3

Las tinajas de agua a la entrada de los templos budistas

Nos preocupa dónde dormir ya que este país está semi gobernado por una junta militar y en algunas cosas son muy estrictos. Está terminantemente prohibido acampar y es obligatorio dormir en hoteles si eres turista. Además, los hoteles deben tener un permiso para acoger a turistas extranjeros. No está permitido dormir en casas particulares; si una familia acoge a un turista en su casa puede tener un disgusto. Aquí entra el “vacío legal” del turista ciclista, o mejor dicho, del cicloviajero. Si viajas en bici va a haber noches en las que no puedas llegar a ninguna ciudad con hotel, así que o infringes la ley, o bien buscas dónde dormir en sitios que están por encima de la ley.

IMG_4250

Uno de los monjes que nos acoge

La primera noche, después de pedalear bajo un calor abrasador, llegamos exhaustos a un templo en medio de la nada. Es un templo muy grande, con estatuas enormes de sus dioses en color dorado y con flores por todas partes.

Establecemos el protocolo habitual de ciclista que no tiene dónde dormir,  que le ha caído la noche y que está hecho polvo. Sin dudarlo los monjes nos acogen. Nos indican una de las estancias del templo donde podemos instalarnos y, muy amablemente, nos traen mantas y almohadas. No caen en la cuenta de que llevamos de todo para acampar y cuando sacamos nuestro equipo alucinan con nuestras esterillas hinchables y nuestra tienda de campaña. Nosotros estamos felices de poder dormir en un sitio tan peculiar.

Nos traen té y mediante gestos y señales hasta nos llegamos a entender los unos a los otros.

FullSizeRender

Conversando sin entendernos

Siendo las diez de la noche no entra ni una brizna de aire. Cada poco tiempo salimos de la tienda a mojarnos pero nada funciona. Seguimos luchando con ello hasta que por fin empieza a refrescar, damos las gracias al viento por aparecer. Cerramos los ojos, nos acomodamos, empezamos a conciliar el sueño y a los quince minutos empiezan los maitines de los monjes. A las 4:30 se levantan con cánticos en un idioma indescifrable y con una campana que acompaña sus versos con voces guturales. Cantan durante una larga hora y después en el templo la actividad es frenética. Vendedores con fruta, fieles, niños curiosos, obreros, camiones que entran… Aquello supuso el fin de una mala noche.

IMG_4248

Arrozales

IMG_4234

Ese señor que nos vende refrescos…

IMG_4222

Los niños de aquí muy curiosos con nosotros

Al día siguiente seguimos la carretera camino a Bagán, una ciudad que cuenta con cientos de templos budistas y es alucinante. Pasar un par de días visitando la ciudad y sus encantos nos devuelve las fuerzas de nuevo.

IMG_4268

La exuberante Bagan

FullSizeRender 2

El interior de un templo en Bagan

IMG_4265

Los miles de medios de transporte en Myanmar

IMG_4263

La entrada a otro templo

IMG_4267

Bagan y su luz

Templo a orillas del río Irawadi

Templo a orillas del río Irawadi

Ahora avanzamos hacia el Lago Inle y de ahí enfilaremos camino hacia Laos con muchas ganas de descubrir lo que nos queda por delante.