Deambulando por Uzbekistán

Bukhara me enganchó. Además de ser preciosa y de estar alojado en un hotel, por fin coincidí con más gente que viajaba de la misma forma que yo.

red11Allí conocí a Bali y a Rossi, dos húngaros que lo han dejado todo para llegar hasta Nueva Zelanda en bici. Entre ellos se veía una complicidad envidiable como pareja y era muy agradable conversar con ellos escuchando sus aventuras y desventuras desde que salieron de Budapest en el mes de Marzo.

También se dejó caer por allí Marko, un esloveno muy sabio para los viajes que tenía rastas en el pelo y una sonrisa que sólo se le escapaba cuando le tocaba subir un puerto.

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Cada noche nos juntábamos para cocinar, charlar y olvidar un poco el calor que hacía. Cada uno de nosotros tenía un rol muy establecido en el grupo; Bali hacía de pinche en la cocina mientras Rossi cocinaba, Marko o yo fregábamos y red16yo intentaba mantener mi boca cerrada para no aburrir demasiado a mis nuevos compinches, pero era una tarea harto complicada. Cómo iba a mantenerme callado si ya le hablaba a mi manillar, a mis pedales y a La Gerarda (mi bici), que la tenía frita con mis canciones de después de comer. Era demasiado tiempo solo y estar con gente me hacía dar opiniones acerca de la economía mundial, del punto de sal en la pasta, o de tipos de puños de manillar para cicloturismo; daba igual, nada podía cerrar mi boca.

red13Pasamos allí cuatro días, uno más de lo normal porque Markito y yo empezamos a derrapar más de lo habitual. No es que derrapáramos con nuestras bicis..no. Derrapábamos de la tripa. Nos cayó encima una indigestión indigerible de las de “aquí y ahora”. Así que como teníamos muchos momentos de “aquí y ahora” pues mejor estar al cobijo del Hotel Djabani, donde nos cuidaban a cuerpo de buey.

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A los cuatro días salimos hacia el Este dirección Tajikistan Markito y yo. Los húngaros no querían ir a Tajikistan porque había muchas montañas, independientemente de lo alucinantes que pudieran ser. Así que chupando de mi rueda tenía a un esloveno con el que iba a estar pegado 24 horas al día para lo bueno y para lo malo. Yo sólo le veía ventajas a tener un compañero y la verdad es que nos estamos llevando de lujo. Se agradece mucho tener alguien con quien cocinar, acampar o charlar en cualquier momento.

red10Así que enfilamos hacia el Este y como siempre, a eso de las 7 de la tarde nos tocaba buscar dónde acampar. Antes de acampar solemos hacer acopio de agua para el arroz, la pasta o lo que cocinemos ese día. Así que paramos en un restaurante de carretera y nos sentamos a beber un poco de agua antes de acampar. Nada más sentarnos, vimos en la mesa de al lado un grupo de 5 hombres hablando de nosotros. Nosotros les ignoramos. No estábamos muy altos de ánimos después de hacer un porrón de kilómetros con la tripa del revés, así que no entablamos conversación con ellos. Nos bebimos el agua a sorbitos, no fuera a sentarnos mal y se nos acercó uno de los señores de la mesa de al lado.
– Vodka?- ya sólo escuchar esa palabra nos daban retortijones
– No gracias amigo, diarrea diarrea- le intentamos explicar como pudimos
– Da da, vodka good
– No amigo gracias

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Y otro de sus amigos vino con dos cuencos llenos de vodka. Mediante señas nos dijeron que el vodka mataba bacterias y que iba bien para nuestras indigestiones.
Entre el calor, el cansancio y la pereza de la conversación el último plan que queríamos hacer era beber vodka con esa gente. Además por supuesto era vodka sin hielo ni limón y servido en buena cantidad porque aquí nadie bebe en vasos. Beben en cuencos.
Qué remedio, vodka.red5
No pudo sentar mejor el brebaje. De repente la tripa se quedó quieta por primera vez en 4 días, las conversaciones empezaron a fluir de una manera espontánea sin importar la barrera del idioma, y aquellos desconocidos se convirtieron en nuestros hermanos.red3
Nos acabamos bebiendo una botella cada uno y todo lo que nos pasaba, se convertía en mágico. Nos despedimos de nuestros hermanos con verdadera pena y buscamos dónde dormir por allí cerca, no estábamos como para coger una bicicleta de 55 kg en ese estado.

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Así que en el primer claro que encontramos, plantamos las tiendas de campaña y caímos fritos.

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Al día siguiente nos despertamos y todo fueron disgustos. A Marko se le pinchó el colchón y había dormido en el suelo directamente, y a míred7 se me había agujereado el suelo de la tienda. Haciendo memoria conseguí acordarme de que movimos mi tienda de un sitio a otro ya montada, y de que la arrastramos con todo dentro porque había como cardos. Así que yo conseguí que no se me pinchara el colchón por los cardos, pero agujereé mi tienda, jugada maestra. No sé quién de los dos salió peor parado, pero desde luego fue una divertida manera de empezar nuestro periplo. Estaba claro que estos contratiempos al final lo único que generan es más risas y más bromas.

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red9Ahora ya nos encontramos cerca de Tajikistan. Hemos estado recorriendo el sur de Uzbekistan. Hemos atravesado unos desiertos de quitar la respiración, no sólo por el paisaje, sino por la dureza del calor y de algunos puertos que hemos tenido que subir. La experiencia ha sido alucinante porque hemos recorrido una zona muy poco explorada de Uzbekistán, y la acogida de la gente ha sido impresionante. Gente montada en burros que nos paraba para darnos fruta recién cosechada, sonrisas de todo el que encontrábamos, y algún que otro encuentro más regado de vodka local.

Una vez más, nos despedimos de un país que sólo nos ha traído experiencias, gentes y recuerdos imborrables.

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