El antillano de Uganda

Después de visitar la selva de Kalinzu y ver sus chimpancés llegamos a Ishaka. Empieza a oscurecer, así que toca buscar dónde dormir. Saliendo de la ciudad oímos un ritmo bastante pegadizo pero no sabemos de dónde viene. A medida que avanzamos se escucha mejor y es algo como música Gospel. Subimos la enésima colinaIMG_0718 del día y nos damos cuenta de que la música viene de una iglesia que hay justo arriba de esa colina. Nos acercamos y allí estaba el coro bailando y cantando al ritmo de un órgano desafinado. Asomo la cabeza y veo que todos se dan cuenta de nuestra presencia. Con cierta vergüenza, Magnífica y yo permanecemos en la puerta de la iglesia. Al segundo se acerca Byron, un joven elegante con chaqueta americana, zapatos puntiagudos y reloj brillante a preguntarnos en qué puede ayudarnos. Le contamos nuestro viaje y que buscamos dónde dormir y nos invita a pasar. Entramos y todo el coro está encantado de conocernos. Nos dedican una canción y la cantan a voz en grito, con bailes y con el órgano a punto de ensordecernos. Es muy emocionante ver cómo viven aquí la música, casi nos arrancamos a bailar con ellos y todo. 

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Pronto llega una señora de edad más avanzada, nos saluda encantada y empieza a dirigir otra canción. Su aspecto es de lo más peculiar, con un vestido rojo y con un peinado que nos recuerda a una menina de Velázquez. El pelo que tiene alrededor de las orejas lo lleva cardado, lo cual le da cierto aspecto medieval y va bastante escotada a pesar de ser domingo y estar en la iglesia. Acaban esa canción y les pide a todos que por un momento cierren los ojos. Algo poseída les implora que expulsen los malos hábitos de sus vidas, que expulsen los espíritus satánicos de su día a día y que se olviden de las costumbres de la fornicación. Lo implora a voz en grito, muy muy acalorada, dando puñetazos al aire y con los ojos cerrados. Todos asienten con la cabeza o con palabras. Por un momento pensamos que estamos en una ceremonia de vudú africana y no en una ceremonia de una iglesia protestante. No nos es nada fácil contener la risa de la situación en la que nos encontramos, así que Magnífica y yo intentamos no cruzarnos miradas para no estallar en carcajadas. 

Al rato llega su marido, el reverendo Adam, que también nos da una calurosa bienvenida y siguen cantando. Una vez acabadas las canciones nos dicen que podemos dormir ahí mismo, en la iglesia, que en un rato nos traerán algo de comer y que nos quedemos. Algo escépticos por dormir en una iglesia, aceptamos. A la media hora viene la mujer del reverendo cargada con fruta, tomates y varios platos para cenar.

De esta velada no hay quien se olvide…

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Cada día nos pasan tantas cosas que al día siguiente, cuando recordamos esas cosas que nos han pasado, parece que nos han pasado hace años. Saludamos a unas 100 personas por día y somos el centro de atención de cualquier lugar que atravesamos. “Muzungu” (blanco) nos gritan mientras atravesamos los maravillosos pueblos que este país tiene, “Muzungu” nos chillan desde el interior de las casas, y los niños nos persiguen corriendo durante kilómetros animándonos en las incontables subidas que hacemos cada día. Estamos alucinados con los paisajes de Uganda y con su gente.

      Es un país muy verde en el que hemos visto selvas con chimpancés, hectáreas de plantaciones de té, preciosos palmerales y muchos paisajes distintos que, al hacerlo viajando en bicicleta, se vive todo mucho más intensamente. Otra característica de Uganda es su “antillano”, y es que desde que dejamos Entebbe no hemos hecho otra cosa que subir y bajar. Después de haber atravesado ya el “antillano” ugandés estamos al lado de Ruanda, donde entraremos mañana.

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La hospitalidad sigue siendo el denominador común en esta gente y casi siempre dormimos en colegios o centros de salud donde nos acogen en cuanto nos ven aparecer con bicis cargadas hasta los topes.

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