La inesperada Zanzíbar

La llegada a Zanzíbar

Cruzar a Zanzíbar en barco de vela es lo que buscamos. Siempre tiene más encanto y si lo hacemos en los barcos de vela locales, llamados dhow, aún mejor. Al llegar al puerto de Pangani no damos un duro por salir ese día. Hay que buscar barco, negociar precio, comprar provisiones para la travesía y bastantes preparativos, pero nada más llegar nos dicen que esa misma noche sale un dhow hacia Zanzíbar, que si nos unimos. Acordamos un precio, corremos a por provisiones y nos dicen que estemos allí a las 8:30 de la tarde. Como clavos llegamos a esa hora pero nos damos cuenta de un factor importante: para navegar hace falta un barco y agua donde navegar. La marea ha bajado tanto que no hay quien zarpe. Los marineros nos dicen que pronto subirá y que subamos las bicis al barco. El dhow en el que vamos a embarcarnos es de madera y no mide más de 8 metros. Perfectamente plegada va una vela enorme triangular que izarán más adelante.

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Extraños seres autóctonos

Es noche cerrada y caminamos por la arena en lo que se supone que va a ser el mar en unas horas…cuesta creerlo. El dhow está varado en la arena así que no cuesta cargar todo lo que llevamos. Subimos y nos dicen que esperemos, que van a echarse una cabezadita hasta que suba la marea. Muy cerca unos de otros, los tres marineros se acuestan al lado del timón bajo las estrellas mientras nosotros les miramos incrédulos.
– Pues habrá que echarse un rato, me dice Magnífica.
– Pues sí.
Sacamos nuestras esterillas y nos acostamos en el suelo del dhow.

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Cuatro horas después un pequeño balanceo nos despierta y los tres marineros se ponen en marcha en lo que nos parece una maquinaria perfecta. Colocan el mástil, ubican la carga en su sitio y con un palo gigante van tocando fondo ubicando el dhow en las zonas más profundas posibles. En la popa va el más joven de los tres mientras guía al capitán hacia donde debe dirigirse para no encallar. El más joven de los tres saca la vela y nos ponemos a navegar a una buena velocidad mientras subimos y bajamos las olas.

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Recién llegados. A la derecha, la embarcación que nos trajo hasta Zanzíbar

En poco tiempo ya estamos rumbo a Zanzíbar con un mar algo revuelto pero sin llegar a estar picado. La noche en un barco así es espectacular, el cielo está lleno de estrellas y la luna ilumina perfectamente las olas que el capitán esquiva con una pericia admirable.

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Los marineros

Ese sube y baja me revienta el estómago y me paso la travesía entera vomitando por la borda mientras amanece en alta mar.
Al cabo de 6 horas de travesía divisamos Zanzíbar. A medida que nos acercamos a la costa el agua empieza a hacerse transparente y desde el mismo barco, me dicen que se ven peces de colores. Yo no puedo desviar la mirada para verles, vomitaría de nuevo.

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Finalmente llegamos a la playa de Kendwa, en el norte de la isla, y nos encontramos con niñas vestidas de forma tradicional y jugando en la playa. Mujeres tapadas de pies a cabeza entran en el agua y recolectan algas que luego venderán para productos cosméticos.

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Los niños que nos recibieron en la isla

Nos sentimos algo escépticos ante Zanzíbar ya que es un sitio demasiado turístico y nos da la impresión de que su autenticidad va a estar bastante corrompida por los resorts hoteleros. Después de las experiencias que estamos viviendo lo último que buscamos es la masificación.
Afortunadamente nos equivocamos. Zanzibar no tiene nada que ver con Tanzania y es de los lugares más genuinos que visitamos.

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La bahía de Stone Town

imageLas mujeres van vestidas con colores que nada tienen que ver con la gente del continente. Con los labios, los párpados y la cara maquillada a más no poder, ocultan su pelo bajo velos y llevan vestidos que se pueden asemejar a los saris indios. Esto contrasta con la sobriedad de las musulmanas que venimos viendo y nos hace ver un lugar con una cultura y una gente totalmente diferente.
Después de pasar unos días pedaleando la isla, llegamos a Stone Town, la capital. Atrás quedan carreteras con árboles centenarios, pequeños poblados con gente encantadora y playas impresionantes. También algo escépticos nos instalamos en un hostal en el centro y al perdernos por sus calles nos damos cuenta del sitio tan especial que es.

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La bici sigue siendo el principal medio de carga

El Ramadán acaba de terminar y el ambiente no puede ser más festivo. La gente se echa a la calle con sus mejores galas para reunirse con los amigos o llevar a los niños a comer algo especial. El espectáculo está servido en la misma calle.

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Todo el mundo en la calle al final del Ramadán

Los tipos duros en África son buena gente

Los tipos duros en África son buena gente

Pequeños rincones de la ciudad esconden puertas antiguas de la civilización de Omán que pasó por allí.  Además de ellos, los indios también tienen una colonia grande aquí establecida, así que la mezcla de culturas es de lo más variado que hemos visto. Lo notamos también en la gastronomía. Hay comida local por todas partes, frutas que no hemos visto nunca y un mercado de especias de lo más original.

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Escenas del mercado

Nos perdemos por sus calles, su fuerte y, por supuesto, sus preciosas playas durante unos días antes de volver a Dar es Salaam.

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