Mr. Michael y Miss Lucy

Los nombres de las personas en Tanzania no tienen desperdicio. Por eso el momento en que conocemos a Sosthenes es un momento complicado. Primero, por intentar entender cómo se pronuncia y, una vez que lo conseguimos pronunciar, por el esfuerzo de tener que contener la risa ante un nombre así. A pesar de esas dificultades, conocerle es el mejor premio que podemos recibir después de un duro día de pedaleo.

124Sosthenes nos acoge en su colegio, donde instalamos nuestra tienda de campaña al abrigo de una fantástica red Wifi y muy arropados por su mujer y sus hijas, que no quitan ojo a nuestra tienda de campaña. La mujer hasta entra para ver dónde solemos dormir. Una vez instalados en la sala de juntas, nos toca dar la vuelta de reconocimiento habitual por el pueblo. Nos tienen que presentar a la población local.

No vamos más allá del bar del pueblo, donde a base de cerveza caliente pasamos una velada muy divertida. A Magnífica se la llevan las profesoras del colegio a un rincón y bien pronto ya se les oye dar risotadas mientras abren una y otra cerveza caliente. Entablan buena amistad hablando sobre los ligues del pueblo, la vida salvaje y cómo una de ellas deja al marido en casa cuidando de sus 3 hijos mientras ella se va de cervezas con sus amigas. También en los rincones de Tanzania hay igualdad de género, estamos encantados con la situación mientras a mí me saludan las autoridades locales.
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Al día siguiente salimos pronto hacia Mwanza con la tranquilidad de tener dónde dormir esa noche. Sosthenes ha hecho una llamada y George, un amigo suyo nos recibe en su casa.
Después de un rato al sillín hacemos un alto en el camino y de repente un motorista se para. Con patillas afiladas, dientes incisivos separados, pelo rizado peinado para atrás y chaqueta de cuero marrón, parece que le han sacado de Harlem en el año 1978.

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George, el amigo de Sosthenes

– Mr. Michael?- así me hago llamar por aquí, ya que no hay quién pronuncie Miguel correctamente.
– Sí…-, contesto dubitativo.
– ¡Sosthenes me dijo que vendríais por esta carretera y no es frecuente ver muzungus en bicicleta por aquí, así que sólo podíais ser vosotros!

Nos saludamos efusivamente y en un par de horas nos encontramos con él en su casa. Nos trata de maravilla, como viene siendo habitual. A veces nos sentimos mal por la hospitalidad de esta gente. Todo es muy complicado por aquí. Si nos ofrecen darnos una ducha, ese agua con la que nos duchamos la suelen cargar desde el pozo hasta la casa. Si cocinan para nosotros, están gastando un carbón que han tardado una hora en calentar y que también han cargado desde lejos, así que el valor de cada gesto de hospitalidad aquí supone el doble de generosidad de lo habitual.

FullSizeRenderqqqAl día siguiente llegamos a Mwanza, la segunda ciudad más importante de Tanzania. Al ver supermercados, restaurantes con hamburguesas y hasta una pastelería, nos volvemos locos. Después de tanto tiempo en la Tanzania rural llegar a una metrópoli es genial. La ciudad está a orillas del Lago Victoria y, aunque no cuente con ningún atractivo, a nosotros nos apasiona tener al alcance de la mano tantos placeres.

Después de dos días reponiendo fuerzas, nos dirigimos hacia el Lago Eyazi por un desierto bastante difícil de pedalear. La zona merece la pena porque es una de las regiones maasais con menos contacto exterior. Al llegar a la región nos encontramos con una zona llena de baobabs y 11acacias, un clima bastante poco apacible por cómo sopla el viento y un área bastante inhóspita en la que los pueblos distan mucho unos de otros.

Efectivamente, las únicas personas que quieren vivir allí son maasais con sus rebaños de vacas, y los poblados que vemos consisten en cuatro o cinco casas que, rodeadas por plantas espinosas, se delimitan con el desierto. De esa forma se protegen de los depredadores y su ganado ni se escapa ni es atacado. Es muy curioso ver la forma de vida de esta tribu. Son nómadas y su principal fuente de vida es su ganado. Pastan cabras, vacas, alguna oveja y es posible ver algún que otro burro despistado en sus rebaños. Cuanto más ganado tienen, más ricos son.

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Dos maasais saliendo de la peluqueria

Es frecuente verles en poblados integrados con la población local, y nosotros les hemos visto desde jugando al billar, como bebiendo licor tanzano con otra gente o escribiendo whatsapps. FullSizeRenderff

FullSizeRender4Están perfectamente integrados en la sociedad y, aunque su aspecto sea bastante pintoresco con las orejas perforadas, sus mantos de cuadros por encima y un bastón a la altura del hombro, son personas muy amables y curiosas ante la llegada de ciclistas extranjeros, por ejemplo.

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El segundo día de pedaleo nos pilla en pleno desierto, así que acampamos justo antes de caer la noche. El paisaje donde vamos a dormir es una llanura interminable de baobabs alucinante, hay un río cerca y el Lago Eyazi está justo delante de nosotros. No paran de sobrevolar flamencos y garzas bajo un cielo a punto de llenarse de estrellas. Nos emociona dormir en sitios así por más recónditos que son. En medio de la noche oímos un extraño canto o aullido, justo detrás de la tienda, al que no damos ninguna importancia por la cantidad de pájaros que hay. Dormimos plácidamente, desayunamos viendo el amanecer y lo de siempre, a por nuestro próximo destino.

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Noche estrellada en el desierto

Después de varios días pedaleando y durmiendo bajo el polvo de la sabana, nos reciben en Ngorongoro Camp and Lodge a cuerpo de reyes.

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Vistas del Lago Manyara

En unos días llegamos al Lago Manyara, un Parque Natural precioso en el que los hipos y más truhanes de la sabana campan a sus anchas.

La entrada es demasiado cara, así que preguntando por allí, un ciclista local nos enseña cómo colarnos sin tener que pagar las altas tasas. De nuevo estamos ante uno de los sitios más bonitos que jamás hemos estado y tenemos la suerte de pedalear entre ñus y gacelas. Aunque se escuchaba perfectamente a los hipos, no es de recibo acercarse por sus dominios, no hemos sido invitados así que decidimos no arriesgar.

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Por lo visto, el aullido que oímos en la noche del desierto fueron hienas. Después de escuchar sus aullidos en Youtube y lo que nos dijeron sobre la abundancia de las mismas en la zona, parece que esa noche tuvimos compañía.
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Pronto llegamos a Moshi, donde nos acoge Íñigo; un vasco más majo que las pesetas que vive en las faldas del Kilimanjaro. Ese monte es de quitar la respiración, así que pasamos dos días disfrutando de buena compañía y vistas inolvidables.

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Vistas del Kilimanjaro

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Magnifica reparando su alforja en el medio de la nada

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Plantaciones de piñas

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