Nuestras primeras pedaladas birmanas

FullSizeRender 13

El delicioso curry de la zona

Es bastante divertido pedir en un restaurante a ciegas. En muchos de ellos, las cartas tienen fotos de los platos, pero si no las tienen, nos paseamos como guardias de la Gestapo inspeccionando los platos de los comensales y mediante señas le decimos al camarero que queremos uno igual que éste o aquél. Que un occidental sudoroso se acerque a tu mesa cuando estás en plena cita romántica a inspeccionar lo que comes no es plato de buen gusto, pero pidiendo perdón antes que permiso se consigue casi de todo. Así nos apañamos para comer nada más llegar a Bangkok, esa ciudad que tanto nos ha gustado a nuestra llegada al sudeste de Asia y en la que comer es siempre una aventura porque casi nunca sabes lo que estás pidiendo.

IMG_3931

A la espera del visado para Myanmar

En Bangkok pasamos tres días de arriba a abajo gestionando el visado a Myanmar, visitando la ciudad, su fascinante submundo flotante y preparando el viaje. Da pena cómo se ha llenado la ciudad de turistas.
En el barrio donde nos hospedamos, los cafés están llenos de gente buscando la señal de wifi y se ven grupos de mochileros emborrachándose como si no hubiera mañana.

Niña dando de comer a los peces en un mercado flotante de Bangkok

Vendedora ambulante en Bangkok

Acabadas las gestiones, volamos a Myanmar y todo son buenas sensaciones.

Se nota mucho menos desarrollo que en Tailandia. En las calles conviven animales con puestos de comida, coches de alta gama con rickshaws, carrozas de caballos con desvencijados camiones y, en el medio de todos ellos, una pareja de ciclistas españoles recién casados buscando cómo ser respetados en un supuesto “ceda el paso”.

Hace poco que el país se ha abierto al turismo y en muchas cosas, se mantiene bastante intacto. Todavía se ven bastantes signos de la dictadura militar que ha gobernado Myanmar durante casi 50 años. Aunque se haya abierto a la democracia, todavía el peso de los militares sigue muy presente.

IMG_4216

Un mercado en el que nos hacemos famosos

Entramos a un mercado a comprar fruta y todo el mundo quiere ayudarnos sin pedirnos nada a cambio. Preguntamos por el precio de unos plátanos y nos ofrecen un ramo entero. Mediante gestos les decimos que sólo queremos cuatro, les enseñamos nuestra forma de viaje y nos regalan la fruta. Si echamos la vista atrás, entrar en un mercado en otro lugar suponía un constante agobio de gente queriéndonos vender algo. Múltiples intermediarios se intentaban sacar una comisión haciendo de traductores y lo único que querías era salir de ahí lo antes posible en busca de un poco de tranquilidad. Aquí nada de eso ocurre, sino que todo el mundo nos sonríe de forma tímida y el día de los plátanos nos enseñan algo inusual. Un elefante se ha colado en el mercado con su dueño. Parece que vienen de un circo o algo y todos le dan de comer lo que pueden. Todos nos avisan de que corramos a hacer fotos.

La sorpresa del elefante

La sorpresa del elefante

Las mujeres van maquilladas con Thanaka, unos polvos que extraen de la madera de un árbol similar al sándalo. Además de aclararles la piel, les protege del sol que aquí cae a plomo desde pronto por la mañana. Los hombres visten con pareo y camisas de manga corta, muy elegantes, y en general no pegan ni sello. El día lo pasan retozando tumbados en bancos o bebiendo con sus compinches mientras sus mujeres se desgañitan vendiendo en puestos callejeros o cosechando en el campo.

Magnífica maquillada con Thanaka

Magnífica maquillada con Thanaka

IMG_4249

Deambulantes de la carretera

En pocos sitios hemos visto tanto trabajo infantil. En casi todos los restaurantes de carretera en los que hacemos un alto los camareros son niños y los que friegan los platos, igual. En los templos siempre hay algún niño intentando vender algún souvenir, y en las tiendas es bastante frecuente verles haciendo el trabajo duro. Pedaleando por las carreteras birmanas, también les hemos visto en trabajos de construcción.

FullSizeRender 5

Trabajo infantil por todas partes

El pedaleo es maravilloso salvo por un factor bastante condicionante: el calor. Hemos venido en una época en la que aprieta el sol muy fuerte y al ser temporada de lluvias, la humedad es altísima. Tenemos la suerte de que este país está lleno de templos budistas, y en toda entrada a todo templo hay tinajas con agua. Ese agua, en vez de bebérnosla, nos la tiramos desde la cabeza a los pies ante el estupor de los monjes que allí habitan.

FullSizeRender 3

Las tinajas de agua a la entrada de los templos budistas

Nos preocupa dónde dormir ya que este país está semi gobernado por una junta militar y en algunas cosas son muy estrictos. Está terminantemente prohibido acampar y es obligatorio dormir en hoteles si eres turista. Además, los hoteles deben tener un permiso para acoger a turistas extranjeros. No está permitido dormir en casas particulares; si una familia acoge a un turista en su casa puede tener un disgusto. Aquí entra el “vacío legal” del turista ciclista, o mejor dicho, del cicloviajero. Si viajas en bici va a haber noches en las que no puedas llegar a ninguna ciudad con hotel, así que o infringes la ley, o bien buscas dónde dormir en sitios que están por encima de la ley.

IMG_4250

Uno de los monjes que nos acoge

La primera noche, después de pedalear bajo un calor abrasador, llegamos exhaustos a un templo en medio de la nada. Es un templo muy grande, con estatuas enormes de sus dioses en color dorado y con flores por todas partes.

Establecemos el protocolo habitual de ciclista que no tiene dónde dormir,  que le ha caído la noche y que está hecho polvo. Sin dudarlo los monjes nos acogen. Nos indican una de las estancias del templo donde podemos instalarnos y, muy amablemente, nos traen mantas y almohadas. No caen en la cuenta de que llevamos de todo para acampar y cuando sacamos nuestro equipo alucinan con nuestras esterillas hinchables y nuestra tienda de campaña. Nosotros estamos felices de poder dormir en un sitio tan peculiar.

Nos traen té y mediante gestos y señales hasta nos llegamos a entender los unos a los otros.

FullSizeRender

Conversando sin entendernos

Siendo las diez de la noche no entra ni una brizna de aire. Cada poco tiempo salimos de la tienda a mojarnos pero nada funciona. Seguimos luchando con ello hasta que por fin empieza a refrescar, damos las gracias al viento por aparecer. Cerramos los ojos, nos acomodamos, empezamos a conciliar el sueño y a los quince minutos empiezan los maitines de los monjes. A las 4:30 se levantan con cánticos en un idioma indescifrable y con una campana que acompaña sus versos con voces guturales. Cantan durante una larga hora y después en el templo la actividad es frenética. Vendedores con fruta, fieles, niños curiosos, obreros, camiones que entran… Aquello supuso el fin de una mala noche.

IMG_4248

Arrozales

IMG_4234

Ese señor que nos vende refrescos…

IMG_4222

Los niños de aquí muy curiosos con nosotros

Al día siguiente seguimos la carretera camino a Bagán, una ciudad que cuenta con cientos de templos budistas y es alucinante. Pasar un par de días visitando la ciudad y sus encantos nos devuelve las fuerzas de nuevo.

IMG_4268

La exuberante Bagan

FullSizeRender 2

El interior de un templo en Bagan

IMG_4265

Los miles de medios de transporte en Myanmar

IMG_4263

La entrada a otro templo

IMG_4267

Bagan y su luz

Templo a orillas del río Irawadi

Templo a orillas del río Irawadi

Ahora avanzamos hacia el Lago Inle y de ahí enfilaremos camino hacia Laos con muchas ganas de descubrir lo que nos queda por delante.


One thought on “Nuestras primeras pedaladas birmanas

    Very descriptive post, I loved that a lot. Will there be a
    part 2?

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *


*