Encuentros y desencuentros

Zambia está en elecciones y el ambiente es o bien festivo, o bien tenso. Por primera vez han autorizado a los observadores electorales de la ONU supervisar el proceso y pinta limpio. Hay caravanas de gente vestidas de rojo por todas las ciudades haciendo propaganda sobre el opositor y caravanas de gente vestida de verde haciendo propaganda sobre “his excellency, the president of Zambia”. Esas caravanas nos asustan y cada vez que las vemos venir entramos en algún bar o restaurante. En ellas casi siempre suele entrar alguien del partido contrario y se ven buenas trifulcas. Incluso vemos a dos mujeres a puño limpio en plena calle.

El país cuenta cuenta con un desarrollo que nos es totalmente nuevo. Vemos anuncios de inmobiliarias; en las ciudades, la gente tiene a los perros como mascotas y no como animales de granja, y es muy común ver a cualquier zambiano tan exhorto en su smartphone como cualquier persona en el metro de Madrid.

image

Inmobiliarias, un negocio que no habíamos visto antes

Entrar en Lusaka, la capital de Zambia, es confuso. Nos pasamos un rato recorriendo sus calles hasta llegar al hostel muy desconcertados; parece que África ya se termina. Coches de gama alta ocupanimage sus anchas avenidas y los centros comerciales se encuentran cada dos esquinas. Hay supermercados,cines, restaurantes de cualquier parte del mundo, luces por todas partes, pizzerías en gasolineras, bancos y una frenética vida urbana. Una vida urbana que nos defrauda por completo. ¿Dónde están esos puestos de fruta en la calle? ¿Dónde están las miles de bicicletas que circulan por las carreteras? ¿Qué fue de esas tenues luces de tiendas de ultramarinos? Es culpa nuestra, no nos hemos documentado bien y pensamos que Zambia va a suponer otro país africano lleno de encantos. No digo que no tenga encantos Zambia, pero nos va a costar encontrarlos.

image

Uno de los pocos ciclistas con los que nos cruzamos

Salir de Lusaka es como salir de Madrid. Hay unos barrios colindantes, una autopista que te lleva a otro barrio, después llegas a nuevos municipios atravesando fábricas y centros comerciales, y por fin, después de recorrer unos 40 km, ya podemos afirmar que salimos de Lusaka. Por lo menos el arcén es ancho y los miles de camiones que nos adelantan lo hacen a cierta distancia.

image
Una vez acabada nuestra huida de la capital, nos adentramos en la Zambia rural rumbo oeste, hacia Namibia. Desde que empezamos nuestro viaje en Uganda, hace ya casi 3 meses, casi nunca hemos tenido que planear dónde dormir en los cuatro países que llevamos recorridos. Cuando estamos cansados o vemos que se avecina la noche, buscamos cobijo en el pueblo por el que estamos pasando. En este continente lo que no falta es gente y sus respectivos asentamientos, pero en Zambia las distancias son mucho mayores que antes y pecamos de confiados. imageLa carretera atraviesa hectáreas de ranchos privados, siendo difícil encontrar donde acampar. Después de un día de arduo pedaleo preguntamos a unos locales que vemos en un bar de carretera. Nos dicen que no hay nada y que preguntemos en la comisaría a ver si es posible hacer noche ahí.

image

El alcohol, presente hasta en el pueblo más recóndito

Esa opción no nos convence y en el siguiente rancho por el que pasamos preguntamos a los trabajadores si hay posibilidad de acampar en el poblado donde ellos viven. La respuesta es afirmativa y allí nos quedamos, pero dormir al lado de una carretera nunca es agradable. Así se nos plantea Zambia en un comienzo, así que nos toca planificar más los días para no pernoctar en el arcén de la carretera nacional.

image

Uno de los ranchos donde dormimos

Una vez que le cogemos el tranquillo a cómo atravesar este país, encontramos sus encantos. Su gente es muy alegre, viva y muy curiosa por saber qué pasa en ese país donde viven los dos ciclistas que están imageconociendo. En los pueblos seguimos encontrando cobijo en los colegios y el desarrollo nos trae ciertas ventajas. Aunque hacer la compra en mercados callejeros tenga mucho encanto, un supermercado es un negocio de lo más cómodo que hay. Tienen helado, chocolate; de repente encuentras fiambre, tuppers para guardar comida o grasa para la cadena de la bici. Nos sentimos como Paco Martínez Soria en el Corte Inglés de la Castellana al ver tanta diversidad de productos en el mismo lugar. Hasta ahora para encontrar grasa de la bici tenemos que buscar una ferretería en el barrio de las ferreterías, para encontrar carne hay que buscar una carnicería en su respectivo barrio, para comprar fruta tenemos que ir a la zona del mercado donde venden fruta, y para encontrar helado sólo podías imaginártelo en sueños, entre nubes que vuelan. Ahora tenemos todo al alcance de nuestras manos, todo en el mismo lugar.

imageLlevamos 3 meses de viaje y estamos en nuestro quinto país. En un continente donde hay animales salvajes de todo tipo, nosotros no encontramos ni uno salvo los chimpancés que vimos en Uganda, algo que nos supuso una experiencia inolvidable. ¿Dónde andarán esos leones asesinos, esos elefantes pisahombres o esas serpientes que con la mirada te mandan a otro barrio?
En pocos días llegamos a Livingstone y gracias a Abus, nuestro nuevo patrocinador, contamos con unos fantásticos candados. El envío tardaun poco más de lo esperado y nos quedamos allí varios días, así que un día nos levantamos con el ansia de encontrar elefantes. Sabemos, por lo que nos han dicho, que están ahí al lado. Sabemos que suelen pasar por el camino que va a las cataratas Victoria, así que a las 6AM y helados de frío pedaleamos hasta esa zona.

image

Las majestuosas cataratas Victoria

Nos perdemos por caminos y sendas pero sólo localizamos sus enormes huellas. “Pasaron ayer por aquí, pero ya no están”, nos informan.image
Decepcionados y adormilados volvemos a casa sin haber visto nada. Pasamos el día poniendo a punto nuestras respectivas bicicletas Genesis, apodadas “El Torete” la bici de Magnífica y “La Gerarda”, mi querida compañera.

image

Hacemos un nuevo intento por la tarde. Cogemos la misma carretera hacia las cataratas y en el camino alguien nos dice que nos demos prisa, que acaban de ver una familia de 12. Pedaleamos como perseguidos por la policía y al llegar a un puente que cruza un río, allí están. imageNuestra emoción es enorme, se bañan en el río y con la trompa se duchan, igual que en la televisión pero delante de nuestros ojos y sin tener que pagar un prohibitivo safari. Es maravilloso poder verlos en su esencia. image

image

image

El elefante con el que tuvimos el encontronazo

Poco a poco se mueven y avanzan hacia la carretera donde estamos, así que es mejor salir de allí. Monto en mi bici y detrás de mí va Magnífica. Justo pasa por allí un camión, así que me coloco a su lado para que me proteja; en el otro lado está el elefante. Nada más empezar a avanzar en paralelo con el camión y sin saber por qué, el conductor se detiene. Yo me asomo por delante del camión y veo al enorme animal al otro lado avanzando hacia la carretera pero a una distancia prudencial, así que pedaleo fuerte y avanzo hasta una zona lejana al elefante pensando que Magnífica me sigue de cerca. Negativo. Ella se confunde y piensa que no voy a cruzar así que de repente se lo encuentra mucho más cerca que yo. El corazón se me para y le grito que corra. Así lo hace y por suerte el animal ha reculado y no viene. Fue un susto tremendo, pero por fin vemos elefantes.

De aquí avanzamos hacia Botswana, un país que no estaba en nuestro plan de viaje, pero para llegar a Namibia desde Zambia se acorta por allí y no tenemos que pagar visado, así que perfecto. Botswana, nos vemos en dos días.

image

image

Ugali, nshima o pap. Una masa hecha con harina de maíz que llevamos comiendo desde Uganda.

image

image

image

Campañas contra el Sida están en todas partes

Casas zambianas de adobe y paja

Casas zambianas de adobe y paja

Niños zambianos con sus juguetes

Niños zambianos con sus juguetes

image

Por cierto, a día de hoy nos enteramos de que finalmente Edgar Lungu vuelve a proclamarse presidente de Zambia en un proceso nada limpio. Entre otras cosas han encontrado un camión que viene de Botswana lleno de votos a favor del presidente.


1 Reply

Las mil caras de Namibia

“Para entrar a Namibia desde Zambia lo mejor es hacerlo por Botswana”

Tirados en el suelo de un pueblo perdido de Zambia compartimos un mapa tamaño XL con tres ciclistas imageescoceses que nos encontramos en la carretera. Han salido desde Johanesburgo hace unos meses y el
encuentro nos ilusiona enormemente. Dos de ellos quieren subir hasta Etiopía, y Jaimisch, el más joven de los tres, vuelve a Edimburgo en dos semanas desde Lusaka. Se nota el cansancio en sus miradas. Protegiéndose del sol llevan prendas de manga larga y sudan como pollos. Nosotros vamos tan frescos como podemos, qué diferencia de costumbres.

image

Jaimisch nos dice que somos muy afortunados, en Namibia “volaremos”. Los vientos a estas alturas del año soplan rumbo oeste, así que las noticias que nos dan son muy alentadoras. Nosotros les damos todo tipo de consejos también, ya que van a hacer exactamente la misma ruta que nosotros ya hemos hecho. Este tipo de información es de lo más valioso que encontramos. Si preguntamos a los locales la distancia a un determinado lugar nadie nos la sabe decir correctamente; si preguntamos acerca de las cuestas, tampoco, y si preguntamos acerca del viento, menos aún, así que con el cuaderno lleno de apuntes nos despedimos afectuosamente.image

La frontera que vamos a cruzar es distinta a las demás. Navegando el río Zambezi nos despedimos de Zambia; al otro lado está la frontera con Botswana. Nuevamente la cruzamos sin contratiempos, salvo por image
un pequeño detalle: cuando estamos a punto de abandonar el recinto de la frontera para entrar en
Botswana, un policía con cara de pocos amigos nos dice que no hemos desinfectado las ruedas de las bicicletas. Conteniendo la risa le preguntamos que cómo se desinfectan. A su lado hay un
depósito con un producto químico por donde los coches deben pasar para desinfectar las ruedas de un parásito que hay en las heces de vaca zambiana. Así que pasamos las bicis por allí y continuamos hacia un nuevo país.image

La mañana en Botswana fue de lo más provechoso. Nada más cruzar la frontera vemos jabalíes facocheros cruzando la carretera, a la media hora encontramos un río donde hacer un descanso y en sus aguas nos encontramos con 5 hipopótamos chapoteando y a los lados de la carretera elegantes gacelas trotan sin miedo ninguno.image

Continuamos hacia la frontera namibia y tenemos el problema de que hay que cruzar el Parque Nacional de Chobe y en bici no es posible. Apostados en la entrada del parque hacemos auto-stop, pronto un coche nos deja subir las bicis y nos lleva hasta el otro lado del parque, la frontera con Namibia. Mientras cruzamos Chobe vemos elefantes, cebras y gacelas. El coche nos deja en la frontera y en la misma hay una inmensa llanura en la que vemos ñus campando a sus anchas, búfalos y macacos mientras un río divide esa llanura en dos.image

imageLa entrada a Namibia nos confunde bastante. No hay cambistas, no hay vendedores, no hay movimiento ninguno y el edificio es muy moderno y su personal muy profesional. Parece la frontera de Bruselas con Holanda antes del euro. La séptima frontera la cruzamos sin contratiempos y buscamos donde cambiarimage dinero, pero allí no hay nada. Tenemos que recorrer 40 km para encontrar el primer cajero automático. Vemos una gente muy diferente a la de otros países. Hay bastantes mestizos, no son tan abiertos como en otros países y se saludan de una forma muy peculiar. Antes de darse la mano, dan una palmada en señal de respeto hacia la otra persona. Nosotros dejamos de ser “muzungus” por primera vez en siete países de África y pasamos a ser “makúa”, así llaman aquí a los blancos.

El paisaje es desértico y los poblados se componen de casas redondas de barro con tejado de paja. No hay gente en la carretera y por primera vez en los tres meses que llevamos de viaje, pasamos calor.image

En este país también conviven muchísimas tribus distintas y de nombres rimbombantes, desde los Hereros, cuyas mujeres usan vestidos isabelinos heredados de la colonización alemana, hasta los Himbas, que jamás se lavan y se cubren el cuerpo con barro como protección contra el sol o incluso la suciedad. Los Damaras también son muy característicos y están por todas partes. Lo más peculiar de ellos es su forma de hablar, combinando entre sus palabras sonidos que hacen tocando la lengua con el paladar. Si la gente dice que aprender chino es difícil, que prueben el damara.image

Después de unos días recorriendo el norte del país, llegamos al Corredor del Caprivi. Un corredor que va de este a oeste, con Angola a 12 km al norte y Botswana a 25 km al sur.

image

image

Es temporada seca con lo cual los animales viajan mucho buscando agua, así que hay que extremar precauciones porque parece que en esta zona hay todo tipo de vida salvaje. Empezamos el día pedaleandoimage rápido y sin mirar al frente, sólo miramos a los lados por si nos salta cualquier animal. A medida que
avanzamos nos confiamos más y ya nos olvidamos de por dónde vamos. De vez en cuando pasa algún coche pero en general estamos totalmente solos. Nos dirigimos a Chetto, un pueblo que hay en la mitad del corredor, donde pensamos pernoctar. Después de pedalear todo el día con viento de cola, como nos presagiaron los escoceses, llegamos a Chetto. Encontramos una tienda y engullimos dos Sprite como si nohubiéramos bebido en días.

image

Nidos gigantes

– ¿De dónde venís?-, nos pregunta el dueño del establecimiento.
– De Kongola, hemos salido esta mañana.
– Y no habéis visto al león.
– ¿El león?
– Esa señora que acaba de irse ha visto hoy uno, al lado de Omega.
En Omega es donde hemos parado a comer. Hemos hecho un picnic como si estuviéramos en los Alpes suizos, Lucía haciendo el papel de Heidi y yo de Pedro, vaya suerte hemos tenido de no encontrárnoslo.

Al día siguiente nuestro ritmo en la bicicleta es frenético y casi ni hablamos entre nosotros. Ya sólo miramos a izquierda y derecha y empujamos los pedales sin descanso.

imageimageDespués de unos días llegamos al Paso de Mururani.

“A partir de aquí es otro país, se acabaron los poblados. Planificar bien cada día porque las distancias son largas y no hay nada entre pueblo y pueblo”. Recordamos las palabras de Jaimisch y eran ciertas. El desierto se hacía largo y entre un pueblo y otro puede haber distancias de 200 km que en bici no se pueden recorrer en un día. Cambia nuestra forma de viajar teniendo que planificar y hacer acopio de agua para no quedarnos secos.image

Se nota cada vez más la presencia de gente blanca y las ciudades tienen una clara influencia alemana hasta en sus nombres:

Grootfontein, Kalkfeld o Wilhelmstal son ejemplos de sus ciudades.

imageLa primera ciudad que visitamos después de cruzar Mururani es Grootfontein y no nos gusta. Nada más llegar encontramos grupos de niños callejeros esnifando cola industrial en botellas de plástico usadas. Todo el mundo nos mira raro y no hay nada interesante que hacer, así que salimos de allí rápidamente.

En las ciudades vemos un ambiente enrarecido en el que los negros no son tratados bien y los blancos son los que manejan tanto las tierras como los negocios.

image
Aún así encontramos gente buena vayamos donde vayamos. Cerca de Grootfontein está el Parque Nacional de Etosha. Aún no hemos entrado en ningún parque natural sin que sea de paso y Etosha tiene todos los alicientes que buscamos: hay todo tipo de animales y contiene un salar enorme que hacen de ello un paisaje único e impresionante.image

Nuevamente nos colocamos en la puerta del parque a ver si alguien nos lleva ya que no se puede ir en bici imagepor allí. De repente, una pick-up grande conducido por una sola persona pasa por delante de nosotros. Me
acerco y le pregunto si podemos unirnos. Nos dice que sólo hay un asiento delantero, le decimos que donde cabe uno caben dos y nos acepta. El parque es maravilloso. Un lago salado seco le da un aspecto lunar al parque y está lleno de animales. En un solo día vemos leones, rinocerontes, jirafas, chacales, avestruces y elefantes. Además Mungu, nuestro compañero de coche, es un personaje encantador y nos hace pasar un día increíble.
imageimage

Seguimos bajando hacia el sur por el Kalahari y llegamos a Skeleton Coast, un desierto espectacular que acaba en el mar donde el viento sopla con furia. Acampar allí es como acampar en el fin del mundo. No vemos a casi nadie en días y el sitio es espectacular. Las distancias entre los pueblos son enormes y tenemos que hacer acopio de agua y provisiones para días.

image

image

imagePor fin llegamos al mar y nos emocionamos. La última vez que lo vimos fue en Tanzania y era el Océano Índico. Ahora es el Atlántico y sus aguas están llenas de focas. El olor en una de sus playas es horrible de la cantidad de ellas que hay.

image

Unos días después llegamos a Swakopmund, una ciudad con mucha influencia alemana, pero nos pasa lo imagemismo, el ambiente de las ciudades no nos convence. Así que pedaleamos rumbo sur, hacia Sudáfrica ynuestra siguiente escala es en Sossusvlei, un desierto de dunas rojas impresionante. Al llegar allí subimos a la duna más alta y una vez más nos damos cuenta de lo pequeños que somos ante la naturaleza. Miremos donde miremos sólo hay dunas y en función de cómo les de el sol cambian bastante de color.image

imageUna vez visitado Sossusvlei y el Parque Nacional del Namib avanzamos hacia Fish River Canyon, un cañón que atraviesa el río Fish y desde arriba dicen que hay unas vistas alucinantes. El camino hasta allí se nos hace duro. La pista que lleva hasta allí es de arena y es muy difícil manejar la bici sin perder el equilibrio. imageAdemás las distancias nuevamente son larguísimas y con lo único que nos cruzamos es con avestruces. Una vez que llegamos al cañón nos pasa lo mismo, alucinamos con el paisaje. No habíamos visto nada parecido y nos quedamos en lo alto del cañón un tiempo largo, disfrutando del lugar en el que estamos.image

imageHemos recorrido Namibia de norte a sur y, sin duda alguna, es el país que paisajísticamente más nos ha llamado la atención. Los desiertos, la vida salvaje y la inmensidad de este país en el que sólo viven 2 millones de personas hace que nos sintamos hormigas ante una naturaleza exuberante. A pesar de ver esos detalles racistas, es un país que nos impresiona muchísimo y en el que la gente nos trata de maravilla.

image

image

image

image

image

image

image

image

image

image

image

image
image
image

 


1 Reply

Sudáfrica, las últimas pedaladas

– ¡No está permitido parar ahí!

– Perdone, sólo quería sacar una foto.

– Ahí no puedes parar, es un sitio de riesgo.

Es el último policía que veremos en Namibia y tiene cara de pocos amigos. Magnífica ha parado en medio del puente que cruza el Río Orange y delimita Namibia con Sudáfrica; parece que ha cometido una grave infracción.

img_7766

Le enseñamos nuestros pasaportes al policía y, sin mirarnos, nos los devuelve mientras nos da paso.

El último país que visitamos nos recibe de noche y, como nadie nos recomienda estar en la calle a esas horas, rápidamente nos metemos en un camping a dormir.

img_7758Al día siguiente salimos temprano y nos encontramos con la primavera en todo su esplendor. Flores de todos los colores adornan las carreteras que suben y bajan, un viento fuerte nos sopla en la cara y las nubes y el sol se turnan para hacer de nuestro primer día en Sudáfrica un día bastante singular. Los pueblos nos recuerdan a Holanda; las casas son blancas y de madera, los nombres de las ciudades suenan a idioma flamenco, la gente es rubia y todo es muy verde. Estamos en Namaqualand.

img_7708

img_7643

Nos sorprende también ver la división tan grande que hay en las ciudades. Por un lado está el barrio de los negros, donde las casas son pequeñas, construidas en ladrillo, tejado de uralita y de un solo piso. Anexo a casi todas ellas han instalado algún tipo de cabaña o chabola que alquilan a amigos. Estas casas las construyó el gobierno en su día, siempre apartadas del centro.

img_7749Por otro lado están las soberbias urbanizaciones de blancos que se asemejan a las construcciones americanas; casas grandes de madera con jardín abierto, garaje amplio y coches tamaño americano. Estos barrios también se encuentran lejos del centro, pero sobre todo muy lejos del barrio de los negros.

Entablamos conversación con cualquiera, como viene siendo habitual, y se nota que la convivencia entre ellos no es cordial, el Apartheid parece seguir presente. Si hablamos con un blanco, abiertamente nos dirá que los negros son unos vagos, unos borrachos y unos delincuentes. Si hablamos con los negros, abiertamente nos dirán que los blancos les explotan y controlan el país.img_7075El primer día hacemos noche en Springbok. Al ver tanto desarrollo pensamos que aquello de acampar por libre o pedir sitio para dormir se ha acabado, pero como somos inconformistas, decidimos hacer un intento. La hospitalidad también es grande con los ciclistas en este país y no nos cuesta que nos inviten, no sólo a dormir, sino también a cenar y desayunar. Hace frío y en todas partes lo primero que nos ofrecen es un delicioso Rooibos caliente que jamás declinamos.

Un par de días más tarde, después de pasar el día pedaleando entre colinas llenas de flores, llegamos aimg_7751 Garies. Como siempre, la ciudad está dividida en barrios de negros y blancos. Se nos hace tarde, así que encontrar dónde dormir es urgente. Un hospital es lo primero que encontramos y preguntamos a su guardia de seguridad qué posibilidades hay de dormir ahí. La mayoría de las veces el sitio donde dormir depende de cuánto quiera ayudarnos la persona a la que preguntamos.

El guardia de seguridad del hospital no puede ser de más ayuda; nos pregunta que de dónde somos y al decirle que somos españoles nos contesta que va a intentar contactar con el Dr. Vega, un cubano que seguramente nos pueda acoger. Nos encanta su actitud y agradecemos haber dado con una persona tan rápida de reflejos y que sabe que los cubanos y los españoles hablamos la misma lengua, algo que por estas latitudes no es tan evidente.img_7753

El Dr. Vega no está de servicio en ese momento, pero vive cerca. Contactan con él y al poco tiempo aparece una persona de tamaño grande, y con un corazón aún más grande, como comprobamos pronto. El Dr. Vega acude algo aturdido al haberse despertado de la siesta hace poco tiempo y con un fonendoscopio colgado del cuello, ya que cree que le han llamado por una urgencia. Cuando ve el motivo de la llamada se pone contento de poder hablar su lengua y de conocernos. Rafael nos lleva directos a su casa donde nos acomoda en una de sus habitaciones y pone el horno a calentar. Tenemos la suerte de que le encanta cocinar y a nosotros comer, así que hacemos un tandem ideal. Rafael trabaja para el gobierno cubano como médico de familia y está de intercambio en Garies. Pasamos una velada de lo más divertida escuchando sus historias en el hospital y conociendo mejor los secretos del sistema de salud sudafricano que, en líneas generales, funciona mejor que en cualquier país africano.

img_7750El paisaje va cambiando a medida que nos adentramos en la zona de Orange County, donde la principal fuente de economía son el vino y las naranjas. Además de viñedos, naranjos y limoneros por todas partes, nos vemos rodeados de montañas que afortunadamente no tenemos que subir en nuestro camino a Ciudad del Cabo.

Pronto nos volvemos a encontrar con la costa y la zona recuerda mucho a la costa californiana, con ciudades muy enfocadas a la vida playera. Hay mucha afición a los deportes de agua y la vida sana está a la orden del día. Atravesamos un parque natural en el que abundan las avestruces y las tortugas terrestres. Estas pobres criaturas son atropelladas con frecuencia en las carreteras, así que en dos ocasiones paramos nuestras bicis para salvarlas de una muerte segura.

img_7756

img_7747

Finalmente divisamos Table Mountain, la montaña que caracteriza Ciudad del Cabo. Aunque no la hayamos visto nunca es inconfundible, tiene la forma que le da su nombre; es una mesa. Nos entristece enormemente ver que se acerca el fin de nuestro viaje, pero por otro lado nos alegra enormemente ver que lo hemos conseguido, que aquel sueño de una fría noche de diciembre se va a convertir en realidad. Por nuestras cabezas fluyen las miles de experiencias vividas y somos conscientes de que, efectivamente, lo vamos a lograr.img_7638

El aire del mar nos empuja directos hacia Ciudad del Cabo. Hace un par de días, uno de nuestros anfitriones nos dice que cuando lleguemos podemos quedarnos en casa de su hermano. Llamamos a nuestro contacto y nos dice que allí están esperándonos, en el 451 de Vortrekker Avenue.

La aplicación del teléfono que hemos usado durante estos 4 meses para orientarnos no nos falla y poco a poco nos acercamos al destino. La zona cada vez se deteriora más y pasamos por barrios con casas bastante desvencijadas, mucha gente en la calle sin hacer nada y negocios a los que nunca entraríamos. De repente, un señor nos previene de que esa zona no es segura y que vayamos con precaución. Afortunadamente es por la mañana y todavía no hay tanto riesgo. img_7636

El edificio está frente al cementerio y en absoluto parece una vivienda. Entro en el 451 y el ambiente no es para nada amigable. Hay una recepción con una larga cola de gente cariacontecida y nadie saluda. Al fondo hay varios despachos con gente ocupada, el suelo es de moqueta, los muebles de madera oscura y las cortinas de las ventanas, que fueron blancas algún día, ahora son color hueso.

Haciéndome el despistado para no tener que hacer la cola pregunto por el Sr. Anton, que sale de su despacho al escucharme y sonríe al verme. Es insólito ver a alguien sonreír en esa oficina, así que me tranquiliza bastante. Nos invita a meter las bicis por una puerta trasera y vemos que en ese mismo edificio hay una capilla. Hemos visto mucha fe en nuestro viaje, pero dudamos de que esta gente tenga una capilla en su casa.

– ¿Sabéis cuál es nuestro negocio?- Nos pregunta el Sr. Anton.

– No…

– Esto es una funeraria y nos encargamos de los cuerpos desde su muerte hasta su incineración.

Ahora entendemos todo. A esa gente con cara larga se le ha muerto alguien y están allí contratando los servicios de la funeraria. Esa capilla es donde se celebran los entierros y esa cantidad de coches fúnebres aparcados en la parte de atrás de la oficina son los cuerpos que traen desde las casas de la gente. El sitio no nos gusta, pero el Sr. Anton no puede ser más amable. Nos lleva hasta uno de los velatorios y nos indica dónde dejar las bicis. Allí, donde suelen depositar el ataúd, aparcamos a La Gerarda y al Torete, frente a unas 15 sillas donde los familiares suelen despedirse de sus seres queridos.

Dedicamos la tarde a conocer Ciudad del Cabo.captura-de-pantalla-2016-10-11-a-las-13-42-10

La ciudad es fascinante, con un barrio malayo con casas de colores, la montaña en medio de la ciudad muestra unas vistas espectaculares y el ambiente es de una ciudad totalmente desarrollada y con mucha vida sana centrada en la vida marítima. Paseamos por un barrio y otro hasta que empieza a anochecer.

img_7632

img_7715

Al llegar a casa, el Sr. Anton prepara un “braai” en nuestro honor. Se parece bastante a lo que nosotros conocemos como barbacoa, pero en afrikaans. En Sudáfrica siempre existe un buen motivo para preparar un braai y, sea la ocasión que sea, se ponen a asar carnes de todo tipo. El Sr. Anton nos recibe con su mujer y unas deliciosas chuletas de cordero. Durante la cena nos dicen que al día siguiente no tienen demasiado jaleo de trabajo y que, si queremos, nos pueden llevar a las bodegas a pasar el día. Encantados, aceptamos. Pensábamos que no podríamos ir, ya que están a las afueras de Ciudad del Cabo y de repente, por un golpe de suerte, esta genial familia se ofrece a llevarnos.
img_7642

A las 10.30 de la mañana nos subimos con ellos a su coche y visitamos 3 bodegas preciosas. En cada una nos hacen degustación de vinos y quesos, con lo cual en la segunda bodega que visitamos ya no sabemos ni lo que nos dan a probar. El plan es genial y lo pasamos en grande con este matrimonio de la tercera edad, bebiendo vino y charlando sobre la cultura sudafricana.

img_7712

captura-de-pantalla-2016-10-11-a-las-17-37-09

captura-de-pantalla-2016-10-11-a-las-17-37-41

Son tan encantadores que así es fácil acostumbrarse a la lúgubre vida de una funeraria, por lo que decidimos anular nuestros planes de irnos a un hotel y nos quedamos en casa de Anton hasta el día en que tenemos que coger el avión que nos lleva de vuelta a España. Entablamos tan buena amistad con la familia que incluso nos llevan al aeropuerto con nuestras bicicletas para despedirse de nosotros.

img_7764

Orgullosos de lo que hemos conseguido, pero muy tristes por acabar el viaje, nos subimos al avión. La vuelta no va a resultar fácil. Ha sido una experiencia increíble con muy pocas preocupaciones y muchas satisfacciones en el que nuestra simple forma de vida ha sido maravillosa. Lo único que hemos tenido que hacer estos meses ha sido pedalear por lugares impresionantes, buscar comida y sitio donde dormir. Hemos conocido gente de lo más dispar y de toda condición que siempre nos ha ayudado en todo lo que ha estado de su mano. Gente con recursos nos ha acogido dándonos una habitación con baño y todo tipo de comida y facilidades, y gente con menos recursos también nos ha facilitado un sitio donde dormir, así como comida y ayuda en lo que hiciera falta.

Pronto escribiré una crónica resumiendo esta maravillosa experiencia y pronto haremos una expo con las fotos del viaje, como siempre, en Slowroom.


Leave a reply

2 Cycle Africa. Conclusiones

No es momento de echar nada de menos, sino más bien lo contrario. Hemos aprendido mucho en este viaje y aunque cueste adaptarse a la vuelta, tenemos que saber aplicar lo que hemos aprendido a nuestro día a día. Cosas que antes eran de una importancia crucial en nuestras vidas, van a dejar de serlo. Toda esa gente con la que hemos convivido estará en nuestra memoria siempre, aunque no vayamos a verles nunca más, y esas palabras que tanto significaron para nosotros, las intentaremos aplicar cada día.

Una paradita en el camino. Malawi

Una paradita en el camino. Malawi

Hemos vuelto a casa y el ritmo de aquí no tiene nada que ver con el de allí. Aquí se le da demasiada importancia a muchas cosas que en el fondo no la tienen. Miles de cosas pueden suponer un desastre, una tragedia o mejor dicho, un fracaso, pero en realidad nada es realmente grave.

img_0770

Niños ruandeses locos con ver la pantalla de la cámara

Hemos aprendido que vivir son dos días y que no se necesita casi nada para ser feliz. Nosotros lo hemos sido con casi nada de ropa, una bici y material de camping. No podemos vivir así siempre, nuestro sitio no es ése, pero intentaremos aplicar lo que hemos vivido. Esos recuerdos quedan en la memoria para siempre y cada vez que nos invada una sensación de desesperación, tragedia o fracaso intentaremos acordarnos de la gente que hemos conocido y de cómo afrontarían esa situación.

vlxd7618

El mestizaje de Zanzíbar

Esas lecciones de vida que te da viajar son inolvidables y eternas. Aprendemos a vivir con lo puesto, a querer sin interés, a vivir como uno quiere y no como a uno le imponen, y rápidamente nos damos cuenta del regalo que es estar en esta vida.

img_2904

Descansando en el Lago Bunyonyi, Uganda

Hemos convivido con todo tipo de gente y situación social. Todos nos han echado una mano porque viajábamos en bicicleta. Todos nos han puesto al alcance de nuestras manos un plato de comida, una cama o una conexión wifi sin interesarles el dinero que llevábamos encima. Consideraron que nos lo merecíamos por viajar como lo hemos hecho.

En África la mayoría de gente vive al día, sin preocuparles demasiado el qué pasará mañana. En una sociedad como la nuestra vivir así es impensable, pero tiene muchas ventajas. No digo que quiera vivir sin saber qué haré mañana, admito que me generaría inquietud, pero desde luego he de decir que tiene sus beneficios.

Reconozco que tengo cierta debilidad hacia el continente africano y después de conocer Sudáfrica, el decimoséptimo país africano que visito, creo que todavía me quedan muchos lugares de África donde pedalear. Una vez más, me cuesta destacar el país que más me ha gustado de este viaje. La salida del aeropuerto de Entebbé, en Uganda, supuso el inicio de un sueño y la llegada a Ciudad del Cabo, ese sueño hecho realidad. Me emociono al mirar un mapa y ver lo que hemos hecho.

img_2770

Lion´s Head Mountain, en Ciudad del Cabo

Cada día nos llenábamos la cabeza de cientos de experiencias nuevas, todas ellas tan fuertes que cuando te acordabas de las experiencias del día anterior, parecía que había pasado un año o dos. Es tanta la gente que hemos conocido y que nos ha tratado bien que cuando echamos la vista atrás pensamos que sin ellos este viaje habría sido imposible. Esa señora que nos indica el camino a seguir, ese señor que nos da agua parando su coche en medio de un desierto, esa profesora que mata una gallina para que comamos porque necesitamos energía para el día de mañana, esos niños que nos regalan incontables sonrisas, esos ancianos y sus sabios consejos, esos policías que nos advierten, esos jóvenes que nos saludan y, cómo no, esos comerciantes que nos intentan sacar un dinerillo extra en nuestras compras. Todos han sido imprescindibles en cada uno de los 8 países que hemos recorrido.

img_1390

Uno de los desiertos que cruzamos, Tanzania

Hemos vivido situaciones de todo tipo, arriesgando bastante según se mire, pero ahora las recordamos y serán historias para toda la vida, de las que no nos arrepentimos, sino más bien nos alegramos.

Llegamos a integrarnos tanto en la cultura africana que cuando conocíamos a occidentales viajando con sus mochilas, alardeando de lo auténtico de sus viajes y del poco dinero que gastaban, nos suponía sentir cierto rechazo y abrazábamos más la cultura local que la nuestra.

Llegada a las Cataratas Victoria, Zambia

Llegada a las Cataratas Victoria, Zambia

Ha sido mi primer viaje en bicicleta acompañado de alguien, y ha sido el viaje de mi vida. Magnífica me ha enseñado mucho en este viaje y vivir lo vivido entre dos es dos veces mejor, por lo menos. Antes siempre que vivía una situación bonita o disfrutaba de un lugar, me faltaba alguien con quien compartirlo. En este viaje lo hemos hecho posible y ha sido alucinante. Las cosas vividas por dos valen más del doble.

Con respecto a los países que hemos recorrido, insisto que no sé destacar el que más me ha gustado, pero de ellos puedo decir que Uganda me supuso el reencuentro con un continente que amo y en el que tuvimos situaciones maravillosas en el Lago Victoria y en su interior. Ruanda es un país que está muy cerca del desarrollo después de lo que ha sufrido por su genocidio de 1994. Ya quisieran muchas sociedades una convivencia como la que tienen ellos, después de lo que han sufrido. Se acabaron las castas y las razas, todos son iguales y el país no hace más que crecer en desarrollo.

En Tanzania, el turismo y la cooperación han hecho mucho daño. En algunos casos nos hicieron sentir que por ser blancos teníamos que pagar el doble de lo estipulado y a veces se generaron situaciones tensas. La culpa no es de ellos, sino más bien nuestra. Si cada vez que un turista visita Tanzania y entrega dinero a sus habitantes sin buscar nada a cambio, ellos van a pensar que todos los blancos somos así. Cada vez que vemos una carretera bien asfaltada, un hospital, una escuela o un puente se ve un cartel de “Cortesía de la Unión Europea”, “Donado por USAid”, “Cedido por el gobierno de Japón”, etc. Allí parece que los blancos sólo vamos a dar dinero. En materia de cooperación hemos visto muchas taras en todos los países que hemos recorrido. Qué gran error es intentar imponer una cultura que no es la de otro.

img_1131

Mercado en Moshi, Tanzania

Malawi nos conquistó nada más cruzar sus fronteras. Vimos una gran diferencia de pobreza con respecto a los otros países, nos costaba encontrar comida que no fuesen tomates o huevos, la gente desborda amabilidad. Su lago hace del país un lugar paradisiaco con playas preciosas y pescado delicioso.

En Zambia llegó el desarrollo y empezamos a ver ciudades con cines, centros comerciales y hamburgueserías, pero en cuanto salimos de sus metrópolis vimos un país muy auténtico con gente muy acogedora. Vivimos alguna situación incómoda, ya que atravesamos el país en plenas elecciones, pero eso lo hizo aún más interesante. Encontramos gente muy bromista y dicharachera, especialmente las mujeres.

Namibia es un país de contrastes y que puede dividirse en dos. La parte africana y la parte sudafricana. El norte de Namibia es totalmente “africano”; aldeas con casas de adobe y tejado de paja y tribus que cantan con tambores, pero a medida que bajamos descubrimos ciudades pseudo alemanas llenas de blancos que dominan los negocios y el poder.

Sudáfrica nos sorprendió muy gratamente. Nos avisaron de lo peligroso del país, pero no encontramos situaciones peligrosas salvo cuando, por equivocación, nos metimos con las bicis en una autovía de peaje. Recorrimos el país en plena primavera y era precioso pedalear sus carreteras rodeados de flores de mil colores. Además Ciudad del Cabo es una ciudad impresionante y en la que nos hubiera encantado quedarnos más tiempo.

img_7708

Sudáfrica en primavera

Me gustaría acabar esta crónica recordando que hacemos una expo de fotos sobre nuestro periplo donde siempre empiezan nuestros periplos, en Slowroom. Enseñaremos fotos de cada uno de los países que hemos visitado, y podremos disfrutar de un delicioso vermut Zecchini y cervecitas.

 

 


Leave a reply

La Ruta de la Seda

Llevo muchos años queriendo conocer Asia Central. Viajé por Turquía hace unos años y me quedé con muchas ganas de conocer Irán y los “Tanes”, así que ahora es el momento de llevar a cabo mi sueño.

Wikipedia define la Ruta de la Seda así:

“La Ruta de la Seda fue una red de rutas comerciales organizadas a partir del negocio de la seda china desde el siglo I a.C., que se extendió por todo el continente asiático, conectando a China, con Mongolia, el subcontinente indio, Persia, Arabia, Siria, Turquía, Europa y África.”

Mi idea es salir de Teherán, subir Turkmenistán, seguir hacia Uzbekistán pasando por Samarcanda, hasta llegar a Tajikistán. De ahí, subir a Kirguizistán por la Carretera del Pamir, la segunda carretera más alta del mundo (4.600m) y entrar en China para desde ahí bajar a la India. Veremos si llego! Aquí unas imágenes de por dónde quiero ir:

mapa.jpg

Mapa2.jpg


Leave a reply

Aterrizaje en Teherán

Plaza de Isfahan

Contento de empezar el viaje me subí al avión y me di cuenta de que algo iba mal…ese avión no podía ser el mío..sin duda estaba en el sitio equivocado. Tantas horas de espera confunden a cualquiera y debí haber entrado a un avión que por su público debía ir directo a la playa de Copacabana, y no a Teherán, Irán. Parado en el principio del avión donde las azafatas suelen hacer la coreografía similar a las
cheerleaders de la NBA, me fijé en el público del avión y me costaba creer que los allí sentados fuesen iraníes, as que llegué a la conclusión de que ese no era mi avión. Me di media vuelta muy agobiado y le pregunté a la azafata si ese avión iba donde yo creía que iba, y me contestó que sí, que íbamos a Teherán.

Bigote local

De los allí sentados no había absolutamente nadie que pareciese iraní, o ninguno de los allí sentados parecía lo que yo pensaba que podían ser iraníes. Las mujeres todas iban maquilladas hasta en el último poro de sus caras; las cejas tatuadas, los labios pintados hasta las fosas nasales, las gafas de sol de Chanel a modo de diadema, los pendientes que brillan hasta en la oscuridad y las pestañas que rozan los flequillos no indicaban para nada que podían ser de donde eran. Por supuesto no vi ni medio velo tapando su pelo como exige la férrea ley iraní. Así que avancé hacia mi asiento entre una extraña mezcla de olor a perfume recién adquirido en el duty free y keroseno, qué dulces son los aromas de los aviones. Pronto caí frito, como suele ser habitual.

Isfahán

Finalmente aterrizamos, y al ponerme de pie para recoger mi maleta, miré alrededor y vi que el público que había en el avión al salir de Abu Dabi, ahora era otro muy diferente. Esas mujeres que iban tan descocadas al inicio del vuelo, habían cambiado totalmente de atrezzo. Sus camisetas sin mangas se habían convertido en una especie de camisas de seda que les llegaban hasta las rodillas, y su despampanante aspecto inicial había quedado completamente relegado por la prohibición de mostrar el pelo, los brazos o cualquier elemento que pudiera considerarse “provocador”. Por supuesto ya ninguna iba sin velo.

Shiraz

La aduana iraní no me daba buena espina. Los foros hablaban de varios casos en los que la policía había mandado de vuelta a casa a varios viajeros, porque no llevaban visado o porque habían contestado algo que la policía no quería oír, así que yo me empeñé en llevar todo lo más atado posible.

La cola se me hizo larga aunque no lo fue, estaba nervioso por si llegaría mi bici, por si metería la pata con yo qué se qué o por si vendrían a buscarme al aeropuerto o no.
Mi turno. El policía que me tocó parecía bastante dormido. Le entregué mi pasaporte bien abierto por la página que mostraba mi visado, y lo sujetó con una mano, mientras con la otra se peinaba las puntas de un bigote bien poblado, mostrando unas uñas bien roñosas. Apenas me miró a los ojos, puso el sello, me devolvió el pasaporte y acto seguido le sonreí, levantando el dedo gordo de la mano. Su gesto se torció por completo y lo que ya aparentaba mal humor se convirtió en ira, así que rápidamente bajé hacia la cinta de equipajes sin ni siquiera dar las gracias.

Mi bici apareció por la cinta a los 7 minutos y 32 segundos que para mí fueron una eterna eternidad.

Salí fuera y vi que a la mayoría de los que iban en mi avión, les recibían familias enteras. Me recordaba a esas escenas que me contaba mi padre cuando iban a buscar a mi abuelo al aeropuerto primos, hijos, tíos y hasta las señoras de servicio de la casa, allá por los años 60.

Por fin se cumplió uno de los sueños de mi vida. Después de muchos años soñando con este momento, tenía que ser en Irán donde se iba a hacer realidad. Por más que coja aviones, siempre envidio a esos pasajeros a los que les espera alguien con un cartel con su nombre y les lleva a casa. En general cuando llego a un aeropuerto empieza la fase 2 del viaje; esa fase en la que tienes que conseguir llegar a una dirección en una ciudad que no conoces de nada cargado como un sherpa del Himalaya. Esta vez no iba a ser así y me sentí como alguien francamente importante.

DSC00186

Bazar de Shiraz

Mohammed me esperaba con un cartel que decía “Miguel Gato” y mi alegría fue tan grande que sin conocerle de nada le di un abrazo. Por primera vez en mi vida no iba a ser el pringao que tiene que regatear un taxi o preguntar qué autobús era el mío. Esto era un súper lujo para mí.

Le di la mano a Mohammed, que aunque no conseguí entender nada de lo que decía, establecimos un lenguaje de signos más o menos comprensible entre nosotros. Cada vez que él me decía algo, yo le decía que sí y levantaba el dedo pulgar, algo que no parecía gustarle demasiado, y cada vez que yo le decía algo a él; él me decía que sí con una sonrisa interminable, ¿diálogo de besugos? Por supuesto.

Más tarde me explicaron que levantar el dedo pulgar, aquí significa un corte de manga, así que veo que he tenido bastante suerte entrando en una República Islámica haciendo cortes de manga a un policía y a un conductor sin que me hayan llamado al orden.

Ahora estoy en Teherán a la espera de los visados de Turkmenistán y Tajikistán. La semana pasada fui con mis amigos de aquí a Isfahan, Yazd, Persepolis y Shiraz, ciudades alucinantes que recomiendo a todo el mundo. En cuanto me den el visado comienzo a pedalear hacia el Caspio, estoy nervioso por empezar.


1 Reply

Reza y la familia Iraní

image (4)Cansado y atrasado, llegué a Mahmud abbad y se me acercó el enésimo coche a saludarme conducido por una madre con muchos niños detrás. Parecía que recorría Irán en Papamóvil y no en bici. era frecuente que un coche se me pusiera al lado y me diera algo de conversación. El copiloto era un niño de unos 15 años que hablaba inglés. Me preguntó dónde dormía hoy y le dije que no sabía. La madre, que le utilizaba de traductor le dijo que si era una noche me podía quedar con ellos. Fantástico, gracias tipo raro por no dejarme acampar en el arrozal de antes, me acababas de abrir a una de las familias más generosas que he conocido en mi vida. Les seguí hasta un edificio donde vivían y me dejaron un pequeño apartamento donde me instalé yo solo. Me pidieron que me diera prisa porque habían avisado a la familia y me habían organizado una cena de bienvenida.

La casa de la abuela era de dos pisos. El de abajo lo alquilaban y en el de arriba vivía la abuela con una chica con síndrome de down que había adoptado. También nos esperaban Walid y su mujer con sus dos encantadores hijos, Samira y Samir Alí, y Mohammad y su novia de 17 años, además de Toura, la abuela, que en un principio no me saludó por vergüenza o protocolo, nunca sabré. Ninguno de ellos había conocido a un extranjero antes.

La casa tenía una sala grande con dos alfombras persas enormes y sillones muy anchos e incómodos pegados a la pared. Las paredes de terciopelo estaban muy ornamentadas y había cortinas de encaje de bolillos hasta en la pantalla de la televisión. Fotos enmarcadas con nubes y flores estaban presentes en todas las mesas de madera brillante de la sala.

imagePoco a poco fueron preguntándome cosas y a medida que avanzaba la noche se iban soltando más y más. Me preguntaron sobre mi familia, España, si había niños con síndrome de down como Fátima, sobre Ahmadineyad y los ayatollahs y sobre miles de cosas que se le preguntan a alguien que vive en una realidad muy diferente a la suya.

Mohammed era el hijo pequeño de la familia y pronto empezó a hacer trucos de magia, parodias de gente o bromas muy básicas con bastante gracia.

Las chicas ponían música en la televisión y pronto se arrancaron a bailar una especie de techno persa que era muy difícil de asimilar en un oído no acostumbrado a esos ritmos como el mío. A mí me agasajaban con dulces, té, refrescos y preguntas, muchas preguntas. Ninguna de las mujeres se quitó el velo.

Pronto hicieron la cena, colocaron un mantel grande en el suelo y empezó el banquete. Estaban alucinados con lo que les contaba acerca de las relaciones amorosas, la educación o los salarios de España. La mayoría se habían casado antes de los 15 años y todos por conveniencia entre familias. Fue una cena muy animada y cada vez me iban cogiendo más cariño.

A las 2 de la mañana nos fuimos a dormir y decidí quedarme el día siguiente con ellos.

Me levanté después de dormir plácidamente y bajé al piso de abajo donde vivían mis anfitriones. El desayuno ya estaba servido y pronto nos fuimos ya que teníamos el día cargado de eventos.

Primero Mansour, el padre de la familia que me “adoptó” me llevó a su tienda de repuestos de móviles. Era un negocio muy pequeño pero situado en una zona muy concurrida de la ciudad. Rezah, su hijo de 15 años que nos acompañaba seguía siendo mi traductor. Mansour avisaba a todo el que conocía para presentarme. estaban encantados de tenerme allí.

image (1)

Foto de Rezah, su madre y Mansour su padre.

Al rato nos montamos en el coche y fuimos a la playa. Allí ya estaban todos los miembros de la familia con sus coches en la arena, el mantel en el suelo y comida, mucha comida. Seguían muy interesados en mí y a través de Rezah me preguntaban mil cosas y se hacían fotos conmigo. Mohammed seguía haciendo bromas siempre que podía, y arregló alquilar una patera para que diéramos una vuelta. Allí fuimos los 12. Tardamos en montarnos todos unos 10 minutos pero a los 5 ya se había acabado el paseo. El capitán nos llevó mar adentro todo lo rápido que pudo, todos sacaron los teléfonos para hacer fotos y de vuelta a la playa. Fátima, la chica con síndrome de down se quedó en la playa con un berrinche importante.

image (1)Después de comer, los hombres de la familia fuimos a lo que en su día llamábamos unos “recreativos”, una sala donde había mesas de billar y una mesa de pingpong. Desde que montamos en la patera para hacernos selfies, me hablaban de jugar al ping pong, que les encantaba y que me querían retar, así que allí fuimos. Hubo 3 reñidas partidas de ping pong en las que por suerte les gané a todos, creando un verdadero show en la sala al ver a un español en ese sitio, en ese momento, jugando al ping pong. Después jugamos al billar y aunque se creó aún más show que en el ping pong, no fui capaz de ganar a nadie.
Al acabar las partidas, recogimos a la mujer de Mansour en su peluquería para ir a cenar a casa de la abuela. Era curioso porque más que una peluquería parecía un club de alterne visto desde fuera. La prohibición de enseñar el pelo hacía que el lugar estuviese cerrado a cal y canto por cortinas rojas. Rezah tenía que avisar a su madre desde fuera y a gritos para que se asomase. me dijo que nunca había entrado en la peluquería de su madre. Ninguna de las mujeres se quitó el velo.. La ley es muy estricta con estas restricciones por lo que me cuentan. Si el Cuerpo Especial de Moral de la Policía iraní entra por ejemplo a un restaurante y hay una mujer sin velo, el restaurante inmediatamente queda cerrado por no cumplir con la Ley de la moral y les ponen una multa de esas que duele durante meses en la cuenta bancaria.

Fuimos de nuevo a casa de la abuela. Era espectacular cómo se preocupaban por mí, no me dejaban ir atrás en el coche, me servían té cada dos minutos y me preguntaban si necesitaba algo cada tres. Me pedían que les buscase un parecido con un animal a cada uno de ellos, y si creía que irían al Paraíso o al infierno..preguntas harto complicadas de responder. La abuela Touran se soltó algo más conmigo y las hijas le pidieron que me leyera la mano y el poso del café. Si se cumplen sus predicciones, me espera un futuro halagador.

Al día siguiente me despedí de ellos con verdadera pena. A Rezah le habían permitido faltar a la escuela para despedirme y Mansour abriría su negocio 1 hora tarde por el mismo motivo. Me ofrecieron incluso dinero para seguir mi viaje, algo que ya pasaba todos los límites.

Seguí la carretera que bordea el Caspio hasta donde estoy ahora, una base militar en la que los militares se han apiadado de un ciclista que no tenía donde hacer noche. Ayer sustituimos el arroz con pollo por pescado, y fue un momento apoteósico tanto para mí por comer algo distinto, como para ellos de tener una visita tan fuera de lo común en ese lugar.


1 Reply

Visita al Chiíta

Por todas partes en Irán se ven fotos en blanco y negro de personas muy serias, la mayoría tienen bigote y se ven como antiguas. A veces cuelgan de las farolas, otras están a la entrada de los pueblos, y otras en casas. Me costó saber quiénes eran. al principio hasta pensaba que eran yihadistas por la pinta que tienen, pero aquí aunque oigamos lo contrario, hay poco yihadismo y obviamente no van a hacer apología. Por fin Jerjes, el mejor anfitrión que he conocido, con su mujer Pati, me aclararon que son mártires de la guerra con Irak. Esa guerra acabó en el 88 pero como aquí morir por la patria es un honor, pues aún duran los honores.

Pasaban ya las 7 de la tarde y no tenía donde dormir aún, así que me metí por una salida que vi, y a unos 100 metros había parcelitas con gente trabajando huertas. Me acerqué a una y les pregunté si era posible acampar allí, todo por señas ya que lo de hablar farsi va a ser asignatura suspendida en este viaje. Un señor de unos 60 años y barba blanca con cara entrañable me dijo que sí, pero que ahí no, que me esperase.

segAl rato salieron de entre los árboles el señor de cara entrañable y su mujer cargados de melocotones para mí, y me pidieron que les siguiese.

Les seguí como medio kilómetro en su coche, hasta que llegamos a un pueblo cercano, donde se paró en una panadería y, en vez de comprar pan, avisó de mi presencia. Acto seguido a mi alrededor tenía a 3 panaderos teñidos de blanco hasta en la piel, otros dos chicos en una moto que habían parado ante la algarabía y un grupete más de gente preguntando lo de siempre: Real Madrid o Barsa, dónde voy y de dónde vengo con la bicicleta así de cargada. Seguimos camino hacia su casa y se paró en el sastre por el mismo motivo, y también en el mecánico. Otra vez me exhibían a todo el que fuera posible.

Al llegar a su casa nos abrió la puerta un mullah. A mí los Mullahs no me dan buena espina, el único que conozco es al Mullah Omar iraquí que tanto busca la CIA, aunque he de reconocer que por aquí ya he visto bastantes. También Jerjes y Pati me aclararon en su día que son como pastores musulmanes y son gente muy respetada. estudian como 7 años de teología musulmana para llegar hasta ahí. Así que ese prejuicio ya lo podía ir olvidando porque nuevamente iba a conocer a una de las personas más generosas de mi viaje.

3En fin que la puerta nos la abrió un mullah, con su turbante en la cabeza, su chaleco y su pinta de musulmán. Ismail ( ya supe el nombre del de la cara entrañable) y yo nos sentamos en el suelo y al momento el mullah nos trajo sandía cortada y té. La casa estaba llena de libros y no tenía muebles, sólo alfombras en el suelo.
Ismail me habló de que perdió a un hermano en la guerra, de que su padre falleció y de que tiene 3 hijos: Mohammed Ali, Mohammed Boger y el nombre de la hija no lo recuerdo. Me hacía gracia los dos Mohammeds, vaya lío cada vez que les tuviera que llamar para cenar. Al acabarnos la sandía Ismail se puso a rezar delante mío y yo mientras miraba el móvil disimuladamente ya que tenían wifi.

Al rato vino el mullah y ya lo entendí todo… Esta barrera del idioma me la juega constantemente. El Mullah es hijo de Ismail y aquí son como del opus dei a lo musulmán. El espectáculo estaba servido.

Empezamos a hablar el mullah y yo y vi que llevaba una vida bien normal. Tenía smartphone, ordenador portátil y era bastante cachondo. Nos entendíamos con el traductor del teléfono y con gestos. las palabras por más que me las repitieran en voz muy alta y vocalizando mucho, nada tienen que ver con el español.

2Empezó a entrar cada vez más gente a la sala y nadie hablaba inglés. Al final vino la cuñada de Ismail con el chador negro tapándole de pies a cabeza y no se por qué hablaba inglés y fue muy simpática conmigo. No era fácil pensar que una persona tan tapada pudiera hablar abiertamente con un extranjero pero así fue. Las conversaciones eran muy interesantes, ellos me hablaban de su cultura o de su fe en este caso y yo de la mía.

El mullah cogió su portátil de nuevo y me enseñó un vídeo de la ashura, esa ceremonia que vemos en la tele en la que sale gente latigándose la espalda y me asusté un poco, aunque estos iban todos con camiseta y no les salía nada de sangre. Me explicaron que eso era en Irak y que sólo en determinadas zonas. En Irán estaba prohibido hacerlo si se derramaba sangre. Yo miraba el vídeo y era un desfile bastante harmónico y tenía su gracia porque es como un baile.
Mahmoud, el hermano de Ismail que estaba allí presente, en cuanto me vio no paró de hacer llamadas por teléfono hablando del spaniya, y fue muy cómico cuando me pasó el teléfono y al otro lado había alguien que me dijo que si pasaba por su ciudad estaba invitado y que de verdad debería visitarles. La hospitalidad me llegaba a raudales por todos los rincones de Irán.

El último vídeo que me enseñaron antes de que llegase la cena fue el del entierro del hermano de Ismail. Salía la madre hablando y el padre hecho polvo pero muy orgullosos de su difunto hijo.

1La cena llegó y sólo cenamos los hombres, las mujeres o no cenaron o cenaron en la cocina, no lo se muy bien.
Dormimos Mohammed boger(el mullah), Mohammed Alí y yo en esa misma sala en el suelo bastante plácidamente. Al día siguiente después de desayunar había algo importante que querían que viese. Primero me regalaron un Corán tamaño Atlas que maldita la gracia que me hacía cargar más la bici, pero como para declinar la oferta…

Después me llevaron a la casa de al lado que también pertenecía a la familia y allí tenían una foto tamaño real en el patio, del difunto tío en una especie de trinchera de cartón piedra. Muy orgullosos me hicieron varias fotos para inmortalizar que un extranjero había visitado el mausoleo de su tío.

Por fin recogí y disimuladamente hice como si me dejaba el Corán en la sala. Ya avanzando con la bici, oí unos gritos de Mohammed Boger (el mullah) muy sonriente y con el Corán en la mano como si lo hubiese olvidado. Le di las gracias superficialmente y no me quedó otra que llevármelo de compañero.

4


2 Replies

Una noche en los Polígonos de Irán

1

Si me quedaba en el mismo sitio más de un día, la agenda se me llenaba de eventos, me gustase o no.

 El día había sido de lo más completo. Por la mañana fuimos a visitar a Mehdi, amigo de Abbas, mi anfitrión en Daland, que necesitaba saber cómo hacer para irse a vivir a Europa. Pues bien poco podía hacer yo desgraciadamente. En Teherán está la embajada y allí debes pedir los papeles, una vez que te los den, me llamas y yo te busco lo que sea. Esta era mi respuesta habitual ya que era bien complicado que les dieran los papeles. Si dieran los papeles a todo el que le digo cómo conseguirlos, se me junta una en Madrid que no quiero ni pensar.

   Después fuimos al río un equipo bien divertido. Abbas y sus      dos hijos: Ehsan e Imán, y Houssein, el íntimo de Abbas con su   hijo Mahmoud, el cual cada vez que quería decirme algo, me lo  decía o bien sujetándome del brazo, o bien aferrándose a mi  hombro, o bien cogiéndome de la mano.  Esto era bastante  habitual en el mundo musulmán, pero yo no me acost

3umbraba  del todo. Era una manera de mostrar su afecto y aunque  pudiera confundirse con gestos homosexuales, nada más lejos  de la realidad. No hay nada peor visto en la sociedad iraní que las relaciones homosexuales. De lo poco que sabían de España era en primer lugar: su fútbol, en segundo lugar, que los hombres se podían casar entre ellos y en tercer lugar algunos sabían de toros, de paella o de la Tomatina. El matrimonio entre hombres les parecía escandaloso y no lo podían entender de ninguna manera.

En el río pasamos un rato muy agradable los seis; Hossein, Abbas y yo charlando, y los otros tres haciéndose selfies y colgándolas en redes mientras intercambiaban gafas de sol entre ellos…

  Cocinaron brochetas de pollo en una hoguera que hicimos y  pepino en rodajas, presente en todos los rincones de este país.

irice 4

   Al regresar, Hossein me dijo que teníamos Party esa noche y    que no podía  faltar. A mí el concepto de Party en este país me  generaba por un lado  curiosidad, y por el otro rechazo.  Mezclar alcohol con gente de cultura  totalmente diferente a mí  nunca me ha funcionado. En Senegal hubo que  salir por la puerta de atrás de un bar, en Marruecos tumbamos a un guía  que contratamos en el Atlas, teniendo que guiarle nosotros a él, en vez de  él a nosotros, y una vez en Nueva York con unos rusos dicen que la monté  macarena después de beber vodka. Yo no me acuerdo de nada, como  dicen los que no quieren recordar. El alcohol aquí está prohibido pero  supongo yo que si había una fiesta, habría alcohol.

Houssein llegó puntual y de punta en blanco. Repeinado, con americana y con unas gafas doradas diferentes a las que llevaba en el río. Fuimos en su coche a las afueras de la ciudad donde había dos especies de polígonos muy iluminados. En uno entraban mujeres, y en otro hombres. Nada más entrar no me hubieran sobrado unas gafas de sol por la cantidad de luz que desprendían unas arañas bien voluminosas y que generaban un calor indecente. Aquello parecía un lugar de bodas, bautizos y comuniones de la carretera de Toledo. Mesas y mesas con sillas con lazos y flores en medio. Todas las sillas seguían plastificadas como si acabaran de salir de la tienda de muebles. Este detalle en Irán lo tienen para muchas otras cosas, como por ejemplo los coches. La mayoría de coches que quieren tener una imagen de nuevos aún llevan los plásticos en los asientos, y en alguna casa también los he visto en los sofás.

2

Nos sentamos Hossein y yo con dos amigos suyos y al momento teníamos a unos 40 hombres mirándonos. La escena imponía. Fue curioso encontrarme con el dueño de la pastelería del pueblo. La pastelería fue el primer sitio donde paré hacía dos días sin conocer a nadie. Me regalaron unas magdalenas ante mi impresentable aspecto y me indicaron dónde podía acampar. Ahora veían que había prosperado, estaba limpio y me codeaba con la élite de Daland. Mi mesa parecía la de un ministro; la gente no paraba de acercarse a presentarse y a conocer a ese chalado español que pretendía llegar a China en bici. Después de las presentaciones una de dos, o selfie conmigo o foto de grupo.

Empezó a llegar la comida y nos sirvieron un plato con un plátano, un tetrabrik de zumo de piña y un pastel de hojaldre de primero, y arrancó la música en vivo. Era para mí una situación un tanto surrealista; empezaron todos los asistentes del mismo sexo a dar palmas y a seguir la melodía de ese peculiar tambor y de esa especie de violín. La música era buena pero lo más surrealista era ver a esa jauría de hombres bailando entre ellos, dando palmas y riéndose a más no poder.

spices

Llegó el segundo plato. En una bandeja traían latas de Cocacola o Fanta de naranja volcadas, y las distribuían a granel. Si no estabas al quite, te quedabas sin tu refresco, pero de mí estaba pendiente mucha gente así que sed no pasé. De comida arroz con pollo.

A mi mesa se sentaron el Doctor del pueblo, el maestro, los pasteleros, un policía, un juez, dos agricultores y todo tipo de gente deseosa de conocerme.

No hubo alcohol por ningún sitio, tampoco mujeres, pero desde luego allí nadie se aburrió. Unos bailaron todo lo que pudieron, otros socializaron, y otros se hacían fotos con lo que era la atracción del día, el ciclista de España.

  kibr


4 Replies

Welcome to Turkmenistan

Llegaba la hora de despedirse del país más hospitalario en el que he viajado: Irán. En ningún sitio me han tratado tan bien, ni me han cuidado como aquí. Por más que escribiese jamás terminaría de contar el sinfín de detalles que han tenido conmigo todos los iraníes con los que me he encontrado, desde que entré hasta que salí del país.

Mi visado se acababa y era el momento de entrar en Turkmenistán, ese gran desconocido que sólo expedía visados de tránsito de cinco días como máximo y que tiene el triste apodo de ser la “Corea del Norte” de Asia Central.

Así que pasé la aduana iraní sin contratiempos y al llegar a las puertas de la aduana de Turkmenistán se percibían cambios por todas partes. Sus militares no pasaban de los 20 años de edad, parecían becarios de la armada, y todos iban con un sombrero que estoy seguro era copiado de algún grupo de boy scouts canadienses. Todos los carteles estaban escritos en nuestro alfabeto, algo nuevo para mí. Otra cosa es que entendiera lo que dijeran esos carteles, pero leerlos, los podía leer perfectamente, encima eran todos de un dorado resplandeciente.

Muy asombrados ante mi medio de transporte, entré en la aduana que estaba limpia como una patena, toda de mármol beige brillante y con fotos del Omnipresente Presidente por todas partes. Como no conseguí aprenderme el nombre del que lo “gobierna”, prefiero llamarle así.

Lo primero que tenía que hacer era visitar a su doctor antes de nada. Así que entré a la consulta con cierta inseguridad acerca de qué podían hacerme. Me senté en una silla mirando la foto del Omnipresente Presidente vestido de Doctor con bata blanca, y el doctor quitó sus ojos de sus papeles y mirándome por encima de las gafas me preguntó

– eres el de la bici ¿no?
– sí – obvio que soy el de la bici si ni siquiera me he quitado los guantes y sudo
– pues entonces debes estar sano
– como una rosa, sir
– gracias, puedes continuar

image-3

El paso siguiente era pagar 12 dólares de “tasa de entrada” y no aceptaban que se pagase en manats (su moneda) sino que debía de ser en dólares. Así fomentaban su economía desde el kilómetro cero. Allí me acerqué al mostrador y vi a un señor dormido encima de la mesa. Detrás suyo la foto del Omnipresente Presidente, esta vez vestido de traje. Carraspeé fuerte dos veces y por fin se levantó. Poco avergonzado ante su siesta, me cobró la “tasa de entrada” y ya sólo me faltaba que registraran mi equipaje y que me sellaran el pasaporte. Lo de mi equipaje no duró demasiado si tengo en cuenta todo lo que llevo. A la cuarta alforja ya casi ni me registraban los becarios de la armada. Estupefacto yo miraba la foto del Omnipresente Presidente que había detrás del scanner, esta vez vestido de camuflaje y con cara de guerrero.

Por fin entré en Turkmenistan y sin duda alguna, aquello era otro mundo. Principalmente porque después de casi 40 días en Irán, cualquier otro lugar me iba a parecer otro mundo.

Pedaleé los primeros kilómetros en busca de un sitio para cambiar dinero y al preguntar a una niña me indicó que en un café que había cerca, podía cambiar dinero.

Me acerqué al Café y como parecía estar cerrado, llamé a la puerta. Al momento me abrió la puerta una mujer. Una mujer rubia. Una mujer rubia sin velo. Una mujer rubia sin velo y con camiseta sin mangas. Una mujer rubia sin velo, con camiseta sin mangas y bermudas. Una mujer rubia sin velo, con camiseta sin mangas, bermudas y que me sonreía.

Lo escribo así porque mi cabeza funcionó así al verla. Tardé unos segundos en reaccionar. Para mí fue un shock experimentar un cambio tan grande en sólo dos kilómetros. Poder hablar con una mujer abiertamente, que vistiera de esa forma tan descocada y que hablase conmigo así me generaba bastante confusión.

Me invitó a entrar y empezó a recoger los restos de una fiesta que habían tenido la noche anterior. Botellas de cerveza vacías, mujeres en bermudas y música de Enrique Iglesias me daban la bienvenida a Turkmenistan.

imageEn Turkmenistán pasé unos días bastante apurados por no tener demasiado tiempo para cruzarlo y por el calor. El día que entré se me ocurrió seguir hacia la ciudad donde iba y a las dos horas me vi en medio de un desierto, con 45 grados de calor y sin donde parar. Se daba una situación peculiar porque después de haber recorrido bastantes kilómetros, no encuentras donde parar y lo único que puedes hacer es seguir. Sin saber de dónde, saqué fuerzas y conseguí 93 km hasta que llegué al mejor oasis que he visto. Un restaurante con aire acondicionado, comida totalmente nueva a lo que había probado y Ice Tea de Lipton en su nevera. Era como un sueño hecho realidad. Acabé de comer y tenían una tarta de galleta de postre que cada cucharada me parecía que mordía el paraíso. Me quedé allí hasta las 7 de la tarde y a las 7 seguí pedaleando de noche. Era la única forma de no asarse de calor.

Llegué a Mary y aquello fue una total ruptura de esquemas. Lo que yo pensaba que podía ser una especie de Varsovia de los años 70, era una ciudad totalmente moderna, llena de mega edificios con dorado por todas partes y avenidas y aceras anchas y muy limpias. Los coches eran una mezcla de coches de alta gama con vehículos de la Perestroika rusa muy peculiares y el Omnipresente Presidente estaba esculpido en varias esquinas de la ciudad.

Después de tres días así, llegó el momento de dejar el pais y entrar en uno nuevo, Uzbekistán.

Llegué al puesto de control con todo en regla salvo lo más importante, mi visado para el siguiente país, Uzbekistán, que comenzaba al día siguiente. Cuando pedí mi visado para Turkmenistán lo hice de forma que acabase el mismo día que entraba en Uzbekistán, pero cuando llegué a recogerlo a la Embajada de Turkmenistán me lo dieron de forma que terminaba un día antes de mi entrada en Uzbekistán. El error era de los hombres de Asuntos Exteriores del Omnipresente Presidente, pero si yo quería que me lo hicieran de nuevo tenía que esperar una semana en Irán, algo imposible ya que mi visado para Irán estaba a punto de acabar. Así que tenía que salir de Irán a toda costa.

Me comunicaron que debía salir de Turkmenistán a las 16:45 e intentar entrar en Uzbekistán después, cuando la Aduana de Turkmenistán ya estuviera cerrada, así que tenía que pasar el día en la Aduana de Turkmenistán, ya que aún eran las 10 de la mañana.

Cabizbajo me di la vuelta ante el de los pasaportes, mientras el Omnipresente Presidente me miraba vestido de general de sus fuerzas armadas.

image-4Pasé el día con los becarios de la Armada y con los funcionarios de aduanas. Hablé con todo el mundo menos con el Sargento que dirigía a la chavalería recién entrada en la Armada. No por nada, sino porque después de ver cómo les gritaba a los becarios en una de sus visitas rutinarias a la garita por donde pasaban los camiones, le cogí miedo. Fue en el momento en el que me estaba poniendo crema protectora en las piernas y fue de los pocos que no se me acercó a preguntarme por qué estaba allí desde las 10 de la mañana, con lo cual no había mucho argumento para entablar una conversación. Al rato de haberme visto se me acercó y me preguntó si podía darle un poco de crema y con gestos me dijo que tenía mal la rodilla. Por supuesto le tendí la Nivea en cuanto me la pidió. Aunque la crema protectora no sirva para la dolencia que el Sargento tenía, yo con tal de llevarme bien con él lo que hiciera falta. Después de su segunda ronda entre camiones, vino a verme y me dijo que ya no le dolía la rodilla. La Nivea de protección 20 te apaña tanto un roto como un descosido, claro que sí.

A las 16:45 me sellaron el pasaporte, me despedí de todos ellos y avancé hacia Uzbekistán. Pasé lo que denominan el “nowhereland” de las aduanas que estaba llena de camiones esperando un papel o algún documento que les dejase entrar y en la puerta de Uzbekistán me comunican que no puedo entrar hasta el día siguiente. Lo intento por todos los medios y argumentos pero nada, la ley ni los ciclistas la pueden incumplir, así que pasé la noche con camioneros de todas partes de Asia Central. Todos muy generosos conmigo y muy simpáticos. Dormí en un camion a pierna suelta y al día siguiente logré entrar en Uzbekistán. Ahora mismo escribo desde Bukhara, seguramente la ciudad más bonita en la que he estado en mi vida.

DSC00679._DSC00671._DSC00766