Sabaidee Laos

La proa de la canoa con la que vimos el Lago Inle

Qué pena da irse de un lugar en el que estamos a gusto. Así estamos en el lago Inle, donde hemos conocido a una pareja de colombianos con los que intimamos y vemos todo lo que hay que hacer en este espectacular lugar.

Conocer el Lago Inle nos supone zambullirnos en una cultura de la que no tenemos ni idea y que es única en el mundo.

En este lago los pescadores tienen una forma única de pescar. Solos, manejan canoas de unos 5 metros de longitud. Se colocan en la proa manteniendo el equilibrio de forma asombrosa y, con un remo larguísimo que sujetan con una pierna, justo detrás de la rodilla, consiguen remar moviendo la pierna con una agilidad admirable a la vez que lanzan sus redes. Verles en acción es un auténtico espectáculo; su equilibrio, mientras se apoyan con un solo pie en una canoa estrechísima mientras lanzan una red a la vez que reman con un pie, es alucinante.

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Pescadores que reman con una pierna. Lago Inle

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Uno de los monasterios que hay en el lago

Por todo el lago hay islas que son templos donde viven comunidades de monjes budistas, así como pueblos flotantes y hasta huertos flotantes. Su gente vive una vida totalmente ajena al mundo moderno y las comunidades que habitan en
él dependen del lago en su totalidad para subsistir.

Pues bien, después de pasar allí unos días, ajustamos las bicicletas, que ya llevan unos kilómetros encima, nos vestimos preparados para pedalear al calor tropical, montamos nuestras alforjas y por último nos despedimos de la encantadora señora que regenta el hostal donde nos alojamos. Muy apenada nos pregunta dónde nos dirigimos. Le decimos que hacia Tachileik, la frontera con Tailandia. De repente la cara le cambia de color y en su inglés infantil nos dice que no, que no podemos irnos. Hay una gripe porcina en el país y han cerrado las fronteras terrestres. Contrastamos la información en Internet y, en efecto, la frontera está cerrada. Sin fecha de apertura. Puede ser mañana como en dos meses. Ella nos dice que vayamos a la otra frontera, la del sur, pero claro, no se da cuenta de que nuestro medio de transporte es una bicicleta. Llegar a la frontera que nos dice puede suponer 10 días de pedaleo y un cambio total de planes, ya que nuestra idea es entrar en el norte de Tailandia para luego ir a Laos.

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El embarcadero del lago, donde se organizan mercados acuáticos

Empezamos a estudiar opciones y la que más nos convence es bajar a Yangon, la antigua capital de Myanmar, y tomar un avión a Chiang Mai, al norte de Tailandia. Así podemos conocer la antigua capital de Myanmar, que nos la íbamos a perder. Todo parece bastante amable dentro de lo que cabe. Cogemos un autobús nocturno y llegamos a Yangon.

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A las 5.30 AM los monjes van por la ciudad recogiendo alimentos que sus fieles les preparan. Yangon

En el aeropuerto de Yangon tengo muchos motivos por los que estar preocupado:

  • Nos piden cuarenta dólares por bicicleta en el avión
  • Vamos con 13 kg de equipaje extra, lo que puede suponernos 130 dólares
  • Son las 14.15 y el avión sale a las 15h

A la azafata del aeropuerto le decimos que en la agencia no se nos ha informado del sobrecoste por el transporte de las bicis. Cuela. La bolsa que pesa 13kg más le decimos que no nos la llevamos y en cuanto se da la vuelta la metemos como equipaje de mano. Cuela. Enseñamos los billetes a todo el que está delante de nosotros antes de la aduana para que nos dejen pasar y llegar al avión que ya está embarcando. Cuela.

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El lago lleno de nenúfares y Magnífica mojándose los dedos del pie

Así que sin saber bien cómo, allí estamos sentados en ese avión de hélices rumbo a Chiang Mai. Empieza a llover de tal forma que pensamos que no va a salir el avión, pero arrancan motores y con todos los pasajeros asustados, el avión despega sin contratiempos. De nuevo estamos en Tailandia, esta vez en el norte, en Chiang Mai, con idea de pedalear hasta Laos.

Chiang Mai es una ciudad llena de templos impresionantes, los barrios tienen las puertas de las casas siempre abiertas y es muy fácil ver la vida tailandesa de puertas adentro. Sus mercados nocturnos nos encantan y volvemos a probar todo tipo de comida a precios de broma antes de subirnos de nuevo a nuestras bicis rumbo a Laos.

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Cada templo es un mundo. Hay algunos que nos dejan alucinados. Carretera a Chiang Rai. Tailandia.

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Gallos de pelea

Pasamos unos días pedaleando hasta llegar a Chiang Rai, la última ciudad grande antes de llegar a la frontera entre Laos y Tailandia. Las carreteras son bastante amables con nosotros. Hay buen arcén, no hay mucho tráfico y el paisaje es precioso. Recorremos verdes montañas de selvas frondosas, muchos arrozales y pueblos con mucho encanto en los que la cosecha de arroz es el pan de cada día.

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Entrando a Chiang Rai

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Arrozales por todas partes

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Todo es sabroso, pero picante

En todos los pueblos encontramos dónde comprar refrescos fríos y platos de comida deliciosa y a buen precio. Incluso nos sorprende encontrar cafeterías modernas con café de autor servido en vasos tamaño XL con tanto hielo como café. Parece que en España la moda de los cafés de autor ha llegado más tarde que aquí. Paramos en numerosas ocasiones a reponer fuerzas en estos cafés. Nos encanta el Mocha helado que en todos sirven, su aire acondicionado a gélidas temperaturas y la conexión wifi que tienen, incluso estando en medio de la nada.

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Café moderno hipster en medio del arrozal

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Carreteras verdes tailandesas

Hace dos años que sigo por las redes sociales a Begoña y Hugo, una pareja de donostiarras que abandonaron una vida acomodada por darse la vuelta al mundo en bicicleta sin fecha de vuelta. Les conocí en Dushanbé en 2015, mientras recorría la Ruta de la Seda. Entonces nos alojamos en casa de una francesa que acogía a cualquier viajero que su medio de transporte fuese una bici y allí coincidimos. Hicimos buenas migas y seguimos en contacto. Habiendo pasado por India, Myanmar, China, Mongolia, Japón, Filipinas y bajado por China, ahora da la casualidad de que se encuentran en Laos y parece que nos cruzamos, así que genial.

Encontrarnos con ellos es una maravilla. Escuchar sus historias, la de anécdotas que tienen que contar después de recorrer todos esos países y verles de nuevo nos encanta. Nos despedimos al día siguiente después de pasar un día entero con ellos. Con mucha pena les damos un hasta luego y recorremos los 10km que nos quedan hasta la frontera con Laos.

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La eterna pelea de las aduanas y las bicis

Llegamos a la aduana y, después de bastantes problemas con mi pasaporte, conseguimos entrar. La idea es bajar el río Mekong hasta Luang Prabang en un barco. La carretera es bastante montañosa y siendo la época de lluvias no es lo más recomendable pedalear por allí, así que al día siguiente nos embarcamos durante dos días en ese barco que nos lleva hasta Luang Prabang.

El barco es bastante grande y los asientos son asientos de coche usados que han clavado en el suelo de madera para que la gente pase la travesía lo más cómodo posible. No hay más que un solo piso y el techo es de chapa, donde van nuestras bicis. El capitán va delante bebiendo cerveza sin descanso y detrás vamos un grupo de unas 50 personas, todas sentadas en esos bancos poco uniformes ya que hay asientos que pueden ser de un Mercedes 190 como de un Toyota Corolla. Hay una tripulación de tres chavales que ayudan al capitán cada vez que se para en las aldeas de la selva a recoger pasajeros. Con enormes palos de bambú tocan el fondo y dirigen el barco hacia las playas donde hay pasajeros. Les recogemos y seguimos río abajo.

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El slow boat que baja el río Mekong hasta Luang Prabang

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La vida dentro del barco

La gente viene cargada con todo tipo de enseres de lo más dispar como sacos de alimentos, gallinas o electrodomésticos. Toda la carga la sitúan en un almacén que tienen en la parte de atrás, al lado del sonoro motor de gasoil que hará que este peculiar barco descienda el Mekong. Cada parada, el barco se llena de un humo negro que nos hace tener que taparnos la boca para no inhalar gasoil. A mitad de camino hace parada en Pakbeng, allí nos depositan hasta las 9 de la mañana del día siguiente donde el barco zarpará rumbo a Luang Prabang. Pakbeng es un pueblo de piratas de río en el que no hay nada, pero hay de todo. La impresión al llegar es que no hay nada, pero luego al llegar te ofrecen de todo, hay bastantes restaurantes y también muchas tiendas de comida. Está claro que la principal fuente de ingresos son los barcos que por allí hacen escala.

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Pakbeng de noche

Laos nos parece muy diferente de Tailandia; se circula por la derecha, lo cual agradecemos; su gente es amabilísima, la comida tiene influencia francesa debido a su pasado colonial, y el país se ve mucho menos desarrollado que Tailandia. Las sensaciones son muy buenas desde que entramos en este país. Ahora nos encontramos en Luang Prabang, una ciudad preciosa de arquitectura colonial mezclada con impresionantes templos budistas que nos tiene encantados. Por más que recorremos sus calles no nos cansamos de ver sitios preciosos, rincones peculiares y situaciones muy auténticas. Pronto empezaremos a pedalear hacia el sur del país, rumbo a Camboya.

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El Palacio Real de Luang Prabang

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Venta de sombrillas

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La colonial Luang Prabang

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Monumentos budistas en cualquier rincón

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Hay que ir tapada y guapa para entrar a los templos. Magnífica siempre cumple con la ley

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Panadería francesa en Laos

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Acampados en un colegio tailandés. Los niños nos trataron genial