Sudáfrica, las últimas pedaladas

– ¡No está permitido parar ahí!

– Perdone, sólo quería sacar una foto.

– Ahí no puedes parar, es un sitio de riesgo.

Es el último policía que veremos en Namibia y tiene cara de pocos amigos. Magnífica ha parado en medio del puente que cruza el Río Orange y delimita Namibia con Sudáfrica; parece que ha cometido una grave infracción.

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Le enseñamos nuestros pasaportes al policía y, sin mirarnos, nos los devuelve mientras nos da paso.

El último país que visitamos nos recibe de noche y, como nadie nos recomienda estar en la calle a esas horas, rápidamente nos metemos en un camping a dormir.

img_7758Al día siguiente salimos temprano y nos encontramos con la primavera en todo su esplendor. Flores de todos los colores adornan las carreteras que suben y bajan, un viento fuerte nos sopla en la cara y las nubes y el sol se turnan para hacer de nuestro primer día en Sudáfrica un día bastante singular. Los pueblos nos recuerdan a Holanda; las casas son blancas y de madera, los nombres de las ciudades suenan a idioma flamenco, la gente es rubia y todo es muy verde. Estamos en Namaqualand.

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Nos sorprende también ver la división tan grande que hay en las ciudades. Por un lado está el barrio de los negros, donde las casas son pequeñas, construidas en ladrillo, tejado de uralita y de un solo piso. Anexo a casi todas ellas han instalado algún tipo de cabaña o chabola que alquilan a amigos. Estas casas las construyó el gobierno en su día, siempre apartadas del centro.

img_7749Por otro lado están las soberbias urbanizaciones de blancos que se asemejan a las construcciones americanas; casas grandes de madera con jardín abierto, garaje amplio y coches tamaño americano. Estos barrios también se encuentran lejos del centro, pero sobre todo muy lejos del barrio de los negros.

Entablamos conversación con cualquiera, como viene siendo habitual, y se nota que la convivencia entre ellos no es cordial, el Apartheid parece seguir presente. Si hablamos con un blanco, abiertamente nos dirá que los negros son unos vagos, unos borrachos y unos delincuentes. Si hablamos con los negros, abiertamente nos dirán que los blancos les explotan y controlan el país.img_7075El primer día hacemos noche en Springbok. Al ver tanto desarrollo pensamos que aquello de acampar por libre o pedir sitio para dormir se ha acabado, pero como somos inconformistas, decidimos hacer un intento. La hospitalidad también es grande con los ciclistas en este país y no nos cuesta que nos inviten, no sólo a dormir, sino también a cenar y desayunar. Hace frío y en todas partes lo primero que nos ofrecen es un delicioso Rooibos caliente que jamás declinamos.

Un par de días más tarde, después de pasar el día pedaleando entre colinas llenas de flores, llegamos aimg_7751 Garies. Como siempre, la ciudad está dividida en barrios de negros y blancos. Se nos hace tarde, así que encontrar dónde dormir es urgente. Un hospital es lo primero que encontramos y preguntamos a su guardia de seguridad qué posibilidades hay de dormir ahí. La mayoría de las veces el sitio donde dormir depende de cuánto quiera ayudarnos la persona a la que preguntamos.

El guardia de seguridad del hospital no puede ser de más ayuda; nos pregunta que de dónde somos y al decirle que somos españoles nos contesta que va a intentar contactar con el Dr. Vega, un cubano que seguramente nos pueda acoger. Nos encanta su actitud y agradecemos haber dado con una persona tan rápida de reflejos y que sabe que los cubanos y los españoles hablamos la misma lengua, algo que por estas latitudes no es tan evidente.img_7753

El Dr. Vega no está de servicio en ese momento, pero vive cerca. Contactan con él y al poco tiempo aparece una persona de tamaño grande, y con un corazón aún más grande, como comprobamos pronto. El Dr. Vega acude algo aturdido al haberse despertado de la siesta hace poco tiempo y con un fonendoscopio colgado del cuello, ya que cree que le han llamado por una urgencia. Cuando ve el motivo de la llamada se pone contento de poder hablar su lengua y de conocernos. Rafael nos lleva directos a su casa donde nos acomoda en una de sus habitaciones y pone el horno a calentar. Tenemos la suerte de que le encanta cocinar y a nosotros comer, así que hacemos un tandem ideal. Rafael trabaja para el gobierno cubano como médico de familia y está de intercambio en Garies. Pasamos una velada de lo más divertida escuchando sus historias en el hospital y conociendo mejor los secretos del sistema de salud sudafricano que, en líneas generales, funciona mejor que en cualquier país africano.

img_7750El paisaje va cambiando a medida que nos adentramos en la zona de Orange County, donde la principal fuente de economía son el vino y las naranjas. Además de viñedos, naranjos y limoneros por todas partes, nos vemos rodeados de montañas que afortunadamente no tenemos que subir en nuestro camino a Ciudad del Cabo.

Pronto nos volvemos a encontrar con la costa y la zona recuerda mucho a la costa californiana, con ciudades muy enfocadas a la vida playera. Hay mucha afición a los deportes de agua y la vida sana está a la orden del día. Atravesamos un parque natural en el que abundan las avestruces y las tortugas terrestres. Estas pobres criaturas son atropelladas con frecuencia en las carreteras, así que en dos ocasiones paramos nuestras bicis para salvarlas de una muerte segura.

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Finalmente divisamos Table Mountain, la montaña que caracteriza Ciudad del Cabo. Aunque no la hayamos visto nunca es inconfundible, tiene la forma que le da su nombre; es una mesa. Nos entristece enormemente ver que se acerca el fin de nuestro viaje, pero por otro lado nos alegra enormemente ver que lo hemos conseguido, que aquel sueño de una fría noche de diciembre se va a convertir en realidad. Por nuestras cabezas fluyen las miles de experiencias vividas y somos conscientes de que, efectivamente, lo vamos a lograr.img_7638

El aire del mar nos empuja directos hacia Ciudad del Cabo. Hace un par de días, uno de nuestros anfitriones nos dice que cuando lleguemos podemos quedarnos en casa de su hermano. Llamamos a nuestro contacto y nos dice que allí están esperándonos, en el 451 de Vortrekker Avenue.

La aplicación del teléfono que hemos usado durante estos 4 meses para orientarnos no nos falla y poco a poco nos acercamos al destino. La zona cada vez se deteriora más y pasamos por barrios con casas bastante desvencijadas, mucha gente en la calle sin hacer nada y negocios a los que nunca entraríamos. De repente, un señor nos previene de que esa zona no es segura y que vayamos con precaución. Afortunadamente es por la mañana y todavía no hay tanto riesgo. img_7636

El edificio está frente al cementerio y en absoluto parece una vivienda. Entro en el 451 y el ambiente no es para nada amigable. Hay una recepción con una larga cola de gente cariacontecida y nadie saluda. Al fondo hay varios despachos con gente ocupada, el suelo es de moqueta, los muebles de madera oscura y las cortinas de las ventanas, que fueron blancas algún día, ahora son color hueso.

Haciéndome el despistado para no tener que hacer la cola pregunto por el Sr. Anton, que sale de su despacho al escucharme y sonríe al verme. Es insólito ver a alguien sonreír en esa oficina, así que me tranquiliza bastante. Nos invita a meter las bicis por una puerta trasera y vemos que en ese mismo edificio hay una capilla. Hemos visto mucha fe en nuestro viaje, pero dudamos de que esta gente tenga una capilla en su casa.

– ¿Sabéis cuál es nuestro negocio?- Nos pregunta el Sr. Anton.

– No…

– Esto es una funeraria y nos encargamos de los cuerpos desde su muerte hasta su incineración.

Ahora entendemos todo. A esa gente con cara larga se le ha muerto alguien y están allí contratando los servicios de la funeraria. Esa capilla es donde se celebran los entierros y esa cantidad de coches fúnebres aparcados en la parte de atrás de la oficina son los cuerpos que traen desde las casas de la gente. El sitio no nos gusta, pero el Sr. Anton no puede ser más amable. Nos lleva hasta uno de los velatorios y nos indica dónde dejar las bicis. Allí, donde suelen depositar el ataúd, aparcamos a La Gerarda y al Torete, frente a unas 15 sillas donde los familiares suelen despedirse de sus seres queridos.

Dedicamos la tarde a conocer Ciudad del Cabo.captura-de-pantalla-2016-10-11-a-las-13-42-10

La ciudad es fascinante, con un barrio malayo con casas de colores, la montaña en medio de la ciudad muestra unas vistas espectaculares y el ambiente es de una ciudad totalmente desarrollada y con mucha vida sana centrada en la vida marítima. Paseamos por un barrio y otro hasta que empieza a anochecer.

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Al llegar a casa, el Sr. Anton prepara un “braai” en nuestro honor. Se parece bastante a lo que nosotros conocemos como barbacoa, pero en afrikaans. En Sudáfrica siempre existe un buen motivo para preparar un braai y, sea la ocasión que sea, se ponen a asar carnes de todo tipo. El Sr. Anton nos recibe con su mujer y unas deliciosas chuletas de cordero. Durante la cena nos dicen que al día siguiente no tienen demasiado jaleo de trabajo y que, si queremos, nos pueden llevar a las bodegas a pasar el día. Encantados, aceptamos. Pensábamos que no podríamos ir, ya que están a las afueras de Ciudad del Cabo y de repente, por un golpe de suerte, esta genial familia se ofrece a llevarnos.
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A las 10.30 de la mañana nos subimos con ellos a su coche y visitamos 3 bodegas preciosas. En cada una nos hacen degustación de vinos y quesos, con lo cual en la segunda bodega que visitamos ya no sabemos ni lo que nos dan a probar. El plan es genial y lo pasamos en grande con este matrimonio de la tercera edad, bebiendo vino y charlando sobre la cultura sudafricana.

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Son tan encantadores que así es fácil acostumbrarse a la lúgubre vida de una funeraria, por lo que decidimos anular nuestros planes de irnos a un hotel y nos quedamos en casa de Anton hasta el día en que tenemos que coger el avión que nos lleva de vuelta a España. Entablamos tan buena amistad con la familia que incluso nos llevan al aeropuerto con nuestras bicicletas para despedirse de nosotros.

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Orgullosos de lo que hemos conseguido, pero muy tristes por acabar el viaje, nos subimos al avión. La vuelta no va a resultar fácil. Ha sido una experiencia increíble con muy pocas preocupaciones y muchas satisfacciones en el que nuestra simple forma de vida ha sido maravillosa. Lo único que hemos tenido que hacer estos meses ha sido pedalear por lugares impresionantes, buscar comida y sitio donde dormir. Hemos conocido gente de lo más dispar y de toda condición que siempre nos ha ayudado en todo lo que ha estado de su mano. Gente con recursos nos ha acogido dándonos una habitación con baño y todo tipo de comida y facilidades, y gente con menos recursos también nos ha facilitado un sitio donde dormir, así como comida y ayuda en lo que hiciera falta.

Pronto escribiré una crónica resumiendo esta maravillosa experiencia y pronto haremos una expo con las fotos del viaje, como siempre, en Slowroom.