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Camerún

1ª Crónica

Non merci. Voy a empezar hablando de algún significado que yo siempre pensé que significaban una cosa en francés,  pero desde mi llegada a Camerún, creo que significan otra. Porque cuando uno dice non merci, en principio significa no gracias, pero aquí parece que significa, “me lo voy a pensar”, dándole la opción al vendedor a que si insiste, quizá te pueda seducir con su oferta.

Bajamos del avión después de 30 min de espera para abrir las puertas del mismo. Una vez abajo, ni finger ni autobus, directamente cruzamos la pista de aterrizaje a pie y lloviendo como si no hubiera mañana llegamos a aduanas.

La escena siguiente podía ser o muy cómica, o muy desesperante. Había tres cabinas con un policía en cada una para sellar nuestros pasaportes; pero sólo en una de ellas había un policía despierto. En las otras dos había uno que dormía con la cabeza hacia atrás y con la boca muy abierta, y en la tercera otro que estaba desplomado frente a un desvencijado teclado de ordenador.

El aeropuerto se encontraba en un estado de lo más decrépito que yo he visto nunca. Podría decir que había goteras en el techo, pero mentiría, parecía que habían colocado duchas de un solo chorro allí para todo el que quisiera refrescarse. Solo había una cinta de equipajes y al lado de esta había una montaña de maletas de una altura considerable acumulada de otros vuelos. Había algún que otro cartel que decía “travaux”, igual estaba en obras pero debe ser que desde hace mucho tiempo, por lo que vi después de tropezarme con una baldosa partida en dos.

Viendo este panorama me invadió un sentiminiento de angustia horrible, y me cuestioné hasta el sentido de este viaje. Yo solo, en un país así y sin bicicleta, porque estaba claro que mi bici no iba a llegar en un panorama como éste.

Expectantes Jose Maria y yo( los únicos blancos del vuelo) esperamos nuestras maletas. Los demás ya bromeaban de haber llegado, charlaban o dormitaban en las dos únicas filas de aisentos que había allí. Como si la llegada de sus maletas no fuera con ellos.

Arranca la cinta y mi sorpresa fue enorme al ver el primer bulto mi bici!! No me lo podia creer, había llegado hasta allí!

Me despido de jm y al salir fuera me invade esa sensacion especial que tiene este continente: vida. Esa vida  que las personas te dan al intentarte timar porque eres blanco, esa vida que tienen los incontables vendedores que te invaden con productos que jamás comprarías, esa vida que tiene la calle atestada de gente incluso siendo las 3 AM, esa vida que sin importar cómo ni por qué, se la toman sin pensar en mañana, sobreviviendo sin angustias hasta la noche y sabiendo que mañana empezarán desde cero.

Regateo un taxi y me instalo en una mision católica bien limpia y céntrica. Douala, a pesar de ser típica ciudad africana, es bien segura.

Al día siguiente veo algo de Douala pero como toda ciudad africana, no hay nada que me interese. Para encontrar lo que busco debo salir de la urbe. Así que esa misma noche me voy a la gare routiere(estación de carretera) rumbo a Bamenda, capital del reino Batuf y ciudad rodeada por diferentes tribus que habitan en montañas.

Pero Antes de emprender mi viaje hacia Bamenda he de superar diversos obstáculos que merece la pena mencionar.

La gare routiere de Douala no difiere mucho de las de otras ciudades africanas. Al final es una explanada llena de vehículos cochambrosos que en un principio jamás creerías que pueden llegar hasta sitios tan insospechados, y aunque siempre salgan tarde y doblando su capacidad de carga, llegan a destino siempre.

En esta explanada, o barrizal según se mire, puedes encontrar lo que quieras, y si no lo encuentras, es porque no existe, así de simple. Jóvenes con barreños en la cabeza con tiras de pastillas de jabòn, pilas alcalina (qué lejos quedaron en nuestra malquerida Europa), tabletas de chocolate, pasta de dientes, cds, albornoces, tabaco, palos de madera que usan a modo de pasta de dientes, pantalones vaqueros de marca Liberto o El Charro, camisetas de todas las marcas habidas y por haber y de toda calidad menos la original, guantes, radiocassettes, periquitos enjaulados, caramelos y un etcétera que me abarcaría tres gigas de memoria…por cierto también vendían pendrives pero de 250mb.

Consigo atravesar esa marabunta con un ejército de unos 6 vendedores detrás y mis inútiles non merci que de nada sirven. Finalmente localizo mi destino, la taquilla de amour mezal, la compañía que me llevaría a Bamenda. La escena tampoco tiene desperdicio. “Amour mezal, le maestro de l’interurbain” es el slogan, y debajo del cartel veo algo que me recordaba mucho a las misas de una capilla: 4 bancos de madera de caoba en un sitio y cuatro en otro bien atestados de gente y todos mirando hacia un mismo lugar. Ese mismo lugar no es el sermón de un cura sino una televisión que está dando el penúltimo capítulo de una telenovela nigeriana, algo así como Boliwood pero a la africana. Toda esa gente va muy abrigada ya que estamos en temporada de lluvias y las temperaturas mínimas son de 20 grados, o incluso hasta 18 si es que ha venido una ola de frío polar. Todos los hombres con plumífero o cazadoras de cuero y no puedo, guantes, bufanda y hasta gorro metido hasta la altura de las cejas. Está claro que más que frío es moda, pero yo no soy nadie para cuestionarlo. Debajo de la tele está Moisés, un buscavidas más que ha encontrado un modo de supervivencia de lo más original. Vista la atención que la telenovela nigeriana crea en los señores viajeros antes de partir;  y visto que por supuesto la televisión donde se ve, no retransmite bien el canal, Moisés se ha fabricado una banqueta de aglomerado al lado del improvisado mueble que aguanta la Telefunken, y ha encontrado el trabajo de atizarle a la tele una colleja amistosa cada vez que pierde la señal. Cada poco tiempo en vez de pasar el cepillo como en la iglesia, se acercará a los fieles a la telenovela nigeriana y les pedirá unos acortantes por la importante labor desempeñada y por aguantar los gritos de los fieles pidiéndole que resintonice la telenovela.

Finalmente parece que partimos. El Amour Mezam es un autobús que dentro de lo que hay alrededor, no está nada mal. A las 11, y no a las 9 como nos habían dicho, nos abren el autobús. Consigo meter mi bici y mis alforjas en el portaequipajes de abajo entre sacos de arroz, gallinas atadas por las patas, maletas sin asas y bolsas de cuadros impermeables enormes. Esta gente cada vez que viaja es como si se mudase de por vida a un país lejano, ahora entiendo el dineral que hacen las líneas aéreas de bajo coste con ellos.

Me siento donde puedo y vuelven a la carga los mismos vendedores con los mismos productos imposibles de colocar. Tardamos otra hora y media en salir, y es que, hasta que no se llene el autobús, no se sale de esta ciudad.

Me fijo en las ventanas y leo: salida de emergencia en español; me emociono. Este autobús ha debido prestar servicio para La Sepulvedana o para Enatcar, esas compañías que tanta depresión me causaban cuando me recogían en la garita de la urbanización y me llevaban al colegio. Supongo que el gobierno español habría hecho algún trato justo con el gobierno camerunés. Te cambio un par de autobuses por la explotación de una mina de gas, y encima seguro que les hacen creer que es mucho mejor el autobús  que la explotación de la mina. Los habituales expolios al continente negro.

La música muy alta para que el conductor no duerma, y la velocidad a todo lo que da es lo que caracteriza este trayecto que cubrimos sin más contratiempos. Me espera el reino Bafut y sus gentes, los nervios me corroen.

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2ª Crónica

Por fin salí de Bamenda. No tenía ningún interés y era mucho más grande de lo que pensaba. Viajando en bici intento evitar este tipo de lugares ya que, sobra gente, sobran coches, sobran productos, realmente casi todo te sobra viajando en bicicleta cuando llegas  a una ciudad. Si a ello le añades lo complicado de aparcar la bici cargada, el tráfico y en este caso las cuestas que tiene, poco tiempo quería quedarme aquí.

Así que arranqué mi viaje pedaleando hacia el reino Batuf y sus poblados. A medida que me alejaba de la ciudad, me iba gustando más lo que veía. Los edificios de cemento sin pintar empezaban a convertirse en casitas de adobe con tejado de paja, los vendedores ya no vendían cosas inútiles sino verduras de sus huertas, leña de sus árboles o vino de palma.

Mi primera parada sería Sabga Hills, un monte donde según decían, había sido una de las capitales del reino batuf hace unos 600 años y las vistas eran de quitar la respiración.

Empecé la subida confiado, sin saber lo que se me avecinaba en mi primera etapa. Fueron 11km de subida con pendientes de hasta un 14%, y todo ello con una bici que entre alforjas y que la bici es una tartana, llega a los 35 kg de peso.

Finalmente coroné despuès de hora y pico subiendo. Arriba había un pseudo centro turístico en el que un policía te dejaba o no entrar mientras sujetaba una cuerda a modo de comba que estaba atada a un árbol al otro lado del carril. Si no cumplías con los requisitos de admisión subía la comba, y solamente faltaban un grupito de niñas cantando el “a lo loco co, a lo loco co, una vieja se ha caído de la moto to”. En fin que en el momento en el que iba a pasar se quedò tan alucinado de ver a un blanco con la bici cargada en ese remoto lugar que creo que no tuvo tiempo de subir la comba. Pasé y comí algo que una señora estaba cocinando. A día de hoy sigo sin saber bien lo que era, el sabor me recordaba al de la mantequilla de cacahuete, y venía envuelto en una hoja de palmera muy bien doblada. Me senté un rato con ellas a reposar la subida y me contaron que malvivían vendiendo sus productos, cuidando de sus numerosas familias y soportando unas malarias de un mes al año como buenamente podían.

Comenzó el descenso y pocas veces recuerdo un paisaje tan espectacular. Las verdes montañas se fundían con cascadas altísimas y bosques súper frondosos. Empecé a coger velocidades de vértigo y poco a poco se volvían a ver signos de gente por allí. Por fin llegué al primer pueblo después del agradable descenso y vi que la labor principal de sus habitantes era la cerámica. La verdad es que la fundían y le daban forma de una manera espectacular, si no fuera por lo que pesaban me hubiera comprado un par, pero bastante cargado voy ya como para cargar con vasijas de cerámica que jamás llegarán a destino de una sola pieza.

Me paré a hablar con uno de los dueños de uno de los negocios y me decïa que trabajar con las manos es lo más gratificante del mundo. Acabas una vasija, la vendes según el número de horas empleado y sigues trabajando manteniendo la cabeza ocupada sin estrés ni jefes que te agobian. La felicidad es fácil de conseguir siempre que uno se atreva a dar los pasos adecuados.

Proseguí mi camino y cada vez volví a ver más gente, todos agricultores trabajando en campos de arroz o de maíz. Si no saludé a 300 personas ese día, no saludé a ninguna. Me sentí famoso por momentos, o especial según se mire. Solo viajar en bicicleta te da estos momentos tan especiales y te hace llegar a estos sitios donde jamás harías una parada.

Después de muchas horas al pedal, empiezo a gestionar la noche. Es importante gestionarla antes de que caiga el sol ya que sino nunca sabes bien dónde estás. así que al llegar a Bamessi me paro en el único restaurante que tiene nevera, pido una cocacola fresquita y al poco tiempo se me presenta Peter Lee. Peter Lee me cuenta que ha vivido en Grenoble, que conoce San Sebastián y que además de tener negocios madereros, es subchief de Bamessi. Le pregunto dónde puedo dormir y me dice que hay un hotel que está bien. Yo obviamente dudo de que haya un hotel que esté bien en este remoto lugar, así que le pregunto dónde puedo acampar. Me indica que tiene un lugar donde puedo acampar y que en un rato me lleva. Me froto las manos por debajo de la mesa sin que me vea, primera conversación y ya tengo resuelto donde dormir.

Peter Lee me dice que le acompañe, que deje ahí mi bici que allí no pasa nada. Se va sin pagar y veo cómo le indica a la camarera que cuide de mi vehículo.

Subo a su Mercedes 190 con 682.000km y me cuenta que tiene 3 mujeres y que tiene una escuela en el pueblo y que ahí es donde puedo acampar. Perfecto. Eso sí, antes ha de hacer unas gestiones.

Recorrimos unos 500 m en dos horas y media. Peter Lee estaba feliz de tenerme con él. Su caché subía cada vez que le veían con “su amigo español”. Primero me llevó a casa de su segunda mujer, la cual estaba acompañada de su hermana, su padre y una amiga. Todos iban vestidos de forma bastante tradicional salvo la mujer de Peter Lee que iba con unos vaqueros y con una camiseta de escote generoso. Me presentó nada más entrar y en ese mismo momento, la niña pequeña que estaba con ellos huyó despavorida. Les pregunto si he hecho algo malo o si molesto y me explican que Happiness, así se llama la niña, es la primera vez que ve a un blanco y le da miedo. Al momento la cuñada de Peter Lee empieza a sacar potingues parecidos al que me tomé en Sabga Hills pero en cantidades mayores. Yo lo como algo desconfiado pero lo como, la comida aquí es un tesoro al que jamás se debe renunciar. Happiness empieza a asomar su cabecita por detrás de la puerta donde se había escondido, va cogiendo confianza.

Echamos allí una hora larga en la que por fin consigo que Happy me de la mano, mientras me como el tercer plato de otro mejunje que de sabroso tiene lo que yo de jugador de squash.

Al fin cambiamos de escenario y Peter me dice que vamos a ver a su madre. Avanzamos 30m en el Mercedes y llegamos a un recinto que o es un hospital, o es un colegio. Aparcamos y me doy cuenta de que es un hospital de lo más básico del mundo. La sala, tiene todas las puertas y ventanas abiertas y dentro hay unas 20 camas, todas con mosquitera y algunas con suero. Peter Lee me presenta a su madre y rápidamente me doy cuenta de que esta es una visita protocolaria, no duramos más de quince minutos allí.

Al salir una señora entrada en años nos pide que la acerquemos al pueblo. Se sube al coche de mala manera mientras le sujeto la bolsa de plástico y el bastón de bambú y le acercamos al pueblo.

Peter me dice que si quiero que vaya yendo hacia el colegio y que luego quizá pase a verme.

En el colegio están sus sobrinos que viven allí también. Uno de ellos, Orlando, es un chico de 12 años con un ojo a la virulé que se muestra a mi entera disposición. Me trae agua en un barreño para que me duche, me ofrece comida y entablo conversación en la oscuridad de la noche hasta que llegan las 8.30, hora de dormir. Me encanta Orlando y su madurez a esta edad, dice que quiere trabajar en una oficina y no en la granja ya que quiere hacer de Camerún un lugar mejor. Entre luciérnagas y el canto de las ranas me cuenta que el conocimiento y la cultura son todo para él.

3ª Crónica

Me sobran horas cuando cae el sol. De repente ves que son las 6.30 de la noche y no te vas a acostar aún. Terminada mi charla con Orlando, que aunque tenga 12 años es como hablar con alguien de mi edad, me pongo a revisar la bici. El estado es bastante lamentable, el cambio está a punto de caerse del cuadro de tanto desenroscarlo y enroscarlo cada vez que meto la bici en un avión, los frenos andan desajustados por los múltiples descensos de hoy y la cubierta trasera está bastante plana del peso que soporta. Así que ajusto frenos  y cambio la cubierta delantera por la trasera, y viceversa, crasso error…

Al día siguiente Amanezco prontito y en la puerta de mi habitación ya estaba Peter Lee esperándome para desayunar, en su cara una sonrisa de oreja a oreja y en su actitud una verdadera ilusión de verme de nuevo. De la forma más educada que sé, le digo que miles de gracias pero que me tengo que ir, que me espera un día largo y duro. Si me voy a desayunar con Peter Lee con suerte a la hora de la cena he conseguido salir.

Así que emprendo la marcha camino de Kumbo, o de algún sitio más lejano según se me de el día.

Nada más salir de Bamessi empiezo a subir un Puerto que me rompe las piernas en dos. No veo la llegada cerca y la pendiente es infernal. Son las 8.30 de la mañana y ya estoy empapado en sudor..vaya comienzo. Las gentes como siempre alucinan de verme en semejante lugar y con semejante medio de transporte, yo ya ni les saludo. No por hartazgo sino por el cansancio que manejo. Me empiezo a cansar de los coches pitando. Cada vez que te van a adelantar pitan, parece que no se den cuenta que les oyes desde 200metros antes; y si tenemos en cuenta el estado de los coches que hay por aquí, les sueles oír desde 1km antes, pero aún así pitan. todos. sin excepción. En una de esas oigo un ruido constante de un motor muy revolucionado y durante más tiempo de lo habitual. Debía ser un camión, y si va tan lento como parece lo más probable es que pueda agarrarme a su parachoques trasero y remolcarme. Después de escucharlo cada vez más cerca consigo verlo y efectivamente es un camión que va un poquito más rápido que yo porque lleva un cargamento de bombonas de gas. Se me va acercando y me posiciono muy muy concentrado en su parachoques trasero. Justo en el momento en el que me está adelantando, pedaleo fuerte para ponerme a su velocidad y consigo agarrarme. Qué felicidad, qué delicia sentir ese tubo de escape a unos palmos de mi cara echándome un humo negro que hasta colocaba. Eso sí, me ahorré un buen trecho de esa infernal subida mientras los compinches del conductor se tronchaban de risa de ver lo que llevaban remolcado.

Después de un día horrible de subidas por fin llego a Kumbo a eso de las 2 de la tarde. Kumbo por supuesto es una ciudad en cuesta. si quieres ir a por pan súbete 500m, si quieres ir a por agua baja 600m que después tendrás que subir.

Me dirijo hacia la catedral, que está en el punto más alto y al igual que en Europa, suele ser el núcleo de la ciudad. Nada más llegar veo un cartel donde ofrecen sandwiches, pasta y wifi. La mezcla perfecta.

Entro allí, me conecto a la red y nada más sentarme ya tengo a varios curiosos que me preguntan desde dònde vengo, cuál es mi destino, etc. Pido una tortilla, ya que lo de la pasta y los sandwiches es un reclamo, allí no sirven ni lo uno ni lo otro desde hace meses.

Empiezo a notar cierta presencia occidental al ver a un chico blanco sentado y cuando ya estoy rebañando los últimos trozos de pan entra un tipo como de mi edad, rubio, con perilla, con una gorra de “Citta del Vaticano” y un niño de unos 4 años de la mano. Empiezo a bromear con el niño y el tipo se me presenta, me hace la retahíla de preguntas habitual y me pregunta si tengo donde dormir. Le digo que no y me dice que espere. Al minuto aparece y me ofrece dormir en su casa. Acepto la propuesta, cómo no. Me indica cómo llegar a su casa, que casualmente està en el sitio más alto de la ciudad pero después de la comida, y sabiendo que es mi destino final por hoy, subo como si nada.

Eric es americano y vive y trabaja en el colegio Saint Augustine, y no sólo eso, se ha traído desde Santa Fe, Nuevo Méjico, EEUU a su mujer y a sus 5 hijos! 32 años y cinco hijos, alucino. Niños rubios por todas partes correteando, preguntándome de todo y con una conexión entre ellos fenomenal. Me presenta a su mujer que además de guapa, tiene bastante barriga. Aún es pronto para preguntarle si está embarazada pero todo apunta a que sí. Me cuenta que son enthusiastic catholics y que por eso tanto niño. Además la primera camada de niños, es decir, los primeros 4 los tuvieron en dos años. Tuvieron gemelos dos veces seguidas! nunca había conocido nada igual. Estoy alucinado y ellos no paran de reír ante mis comentarios. Además de criar a 5 niños en Kumbo, Camerún tienen 6 gallinas, dos conejos y un gato, este último para que acabe con los ratones según me cuentan. El funcionamiento de la casa es perfecto, horarios, un baño para todos, mucha religión y mucha tranquilidad, era admirable lo bien que lo manejaban.

Hice noche allí y costándome mucho, al día siguiente salí. Debería haber apurado y quedarme allí otro día, se estaba muy bien en ese ambiente, con esos niños, en ese lugar pero me supo mal abusar de su hospitalidad, aunque creo que hubieran estado encantados de tener a alguien con quien hablar de cosas habituales y compartir vivencias africanas. A mí me vino de lujo dormir allí no sólo por el dinero que ahorré en hoteles y restaurantes sino también por lo muchísimo que aprendí del país que me estoy recorriendo. Me contaron que la parte anglófona en la que me encuentro ahora, es el bastión de la oposición al gobierno, además de informarme de qué puedo y no puedo comer, precios de las cosas y un sinfín de información super útil acerca de Camerún y sus gentes.

Salí bastante tarde por la mañana después de despedirme de todos y seguí subiendo hacia mi siguiente destino que aún no tenía muy claro cuál iba a ser. Unas nubes bastante oscuras amenazaban un día de lluvias y además me esperaba otra etapa de montaña, aunque menos dura que la anterior según me dijeron los americanos. Así que me tomé el día con calma, cada vez que llovía, me paraba. Y la verdad es que en cada parada que hice me pasaron cosas mejores.

Al pasar Kumbo se acabó aquello de las carreteras asfaltadas. En principio no había mucho problema porque el camino era de tierra bastante arcillosa así que no se embarraba mucho, lo cual era mi preocupación inicial. Empecé a pedalear con el firme bastante húmedo por las lluvias del día anterior y la bici se me iba escapando de lado a lado como si estuviera pedaleando en el palacio de hielo de Chamartín. Me derrapaba constantemente y la genial idea de poner la cubierta más gastada alante no pudo tener peores consecuencias. Si derrapa de atrás te puedes hacer con ella pero si derrapa de alante lo más probable es que muerdas suelo. Yo era consciente de ello y iba con un cuidado extremo colocando el peso atrás y nivelandola como podía pero a la que cogía un mínimo de pendiente eso era un caballo desbocado. Me libré de una, me libré de dos, pero a la tercera va la vencida y en un monticulillo que atravesé, la rueda de alante se me fue.Sin darme cuenta ya estaba en el suelo, y como el suelo es bien arcilloso, estaba en el suelo y con toda mi ropa roja. Al momento empecé a oír las risas de unos campesinos que había a lo lejos y no pude hacer otra cosa que reírme con ellos del pringao que acababa de morder el suelo. Me paré un ratillo a hablar con ellos cuando por fin se les pasó la risa. Nos sentamos en un bar que había y visto que todos pedían cerveza me pedí una. Nos las trajeron después de unos 40 minutos de espera y empezamos a beberlas. Nunca he probado la orina pero estoy convencido de que estas cervezas son lo más parecido a beberla. Si a ello le añadimos la temperatura con la que te la sirven pues el cocktail no puede ser más repugnante. Sólo le di un trago y no pude escupirla porque me estaban viendo, sino ni la trago.

Me contaron que esa zona era de plantaciones de arroz y de té mientras vaciaba la botella de 0,75 l entre mis piernas sin que me vieran. Me esperaba un día de paisajes de quitar la respiración, y así fue. Las montañas verdes a un lado estaban adornadas de terrazas de plantaciones de arroz, y en el otro lado los interminables matorrales de plantaciones de té quitaban el hipo, era espectacular. Si a ello le añadimos las aldeas con casas de arcilla y tejados de paja negra, y las gentes vestidas muy coloridas para rematar la postal, el cocktail era perfecto.

Paró la lluvia y seguí mi camino despidiéndome cálidamente de los agricultores. “Ojo no te resbales más ” me decían, y yo les contesté que lo intentaría.

A la media hora volvió a llover y me paré en el siguiente pueblo. Eran las 12 y decidí comer. Ahora que los americanos me habían dicho lo que podía comer, mi menú se ampliaba a pinchos morunos. “Si los coges recién hechos los puedes comer ya que las bacterias están muertas” me dijo Eric, y así hice. Me comí unos pinchitos morunos bastante chiclosos pero sabrosos, de beber, fanta, nada de cerveza por supuesto.

Era curioso ver en estos sitios la cantidad de animales que campan a sus anchas. De repente ves un cerdo como ves una gallina con sus 4 pollitos entre la gente merodeando. Me fijé en la gallina y en cómo comían lo que pillasen, nada de pienso ni cereales como en España, aquí si la gallina come es porque se sabe buscar las habichuelas. Mientras me fijaba en ellas ocurrió algo impresionante que sólo había visto en la televisión a la hora de la siesta. Mientras la gallina picoteaba del suelo lo que pillaba y sus pollitos hacían lo mismo, en un abrir y cerrar de ojos apareció no sé qué ave rapaz y se llevó a uno de los pollitos mientras la gallina aleteaba y chillaba con frenesí. La naturaleza es dura, que me lo digan a mí que llevo todo el día viendo llover.

Paró la lluvia y seguí hasta que volvió la lluvia. Esta vez me metí en el rellano de la puerta de una casa a esperar a que parara de llover y poco a poco empezó a aparecer gente de la nada. Uno de ellos me invitó a entrar en su casa ya que tenían un fuego prendido. Eché un buen rato con ellos y estando dentro de la casa me di cuenta de que eran realmente  pobres. No tenían casi camas, la casa era diáfana, el suelo era la tierra del campo y dormían todos juntos. Echamos un rato largo de conversación, paró de llover y al irme le dije que tenía un regalo para él. Vacié la alforja derecha y por fin localicé la bolsa en la que me he traído teléfonos móviles viejos. Le di el que mejor pinta tenía y su alegría no podía ser mayor. Me abrazó hasta que me quité ya que su olor no era del todo agradable, la mujer me dio la mano miles de veces y los niños de alrededor todos intentaban quitárselo de las manos para verlo. La escena fue muy enternecedora.

Seguí monte arriba y volvió a llover, ya no tenía sentido para mí seguir pedaleando. Por la mañana había tenido suerte pero si me vuelvo a caer y me tuerzo una muñeca o cualquier cosa se me acaba el viaje así que esperé a un autobús y tras una larga espera apareció uno relativamente amplio. Este pertenecía a Patience Express, y después de subir la bici arriba, entré y la escena era la de siempre: música a todo volumen, conducción temeraria a más no poder y conversaciones inolvidables con mis compañeros viajeros.

Llegué a Kabe y busqué la Misión de Saint Rita a ver si por un casual me daban cobijo. Estas líneas las escribo desde una fabulosa habitación con baño que me han ofrecido unas monjas filipinas mientras digiero una cena bien sabrosa que me han preparado, alabado sea el Señor.

4ª Crónica

El desayuno se alargó pero pronto ya estaba Atravesando Kambe que a esa hora era ya un hormiguero y cogí el bosque que me llevaría a Misagé.

Qué gusto empezar el día bajando, pensaba mientras sorteaba miles de piedrecitas y baches. Al tercer bache la bici empezó a traquetear como nunca y al parar vi que el cambio se había salido del cuadro. Al sacar las herramientas e intentar colocarlo de nuevo vi que la rosca estaba totalmente pasada con lo cual difícil solución..

Empujé la bici todo lo que habïa bajado y la metí en el primer taxi que pasó por la carretera en la que empezaba el bosque. No hizo falta ni quitarle las ruedas ni nada, directamente la llevábamos con el maletero muy abierto y atada al asiento trasero.

Llegamos a una explanadita donde había un chicoo con un mono naranja poniéndole unos radios a una rueda de una bici echa polvo mientras 5 personas miraban. Le cuento mi problema y me dice que no se puede rehacer la rosca pero que me pone un cambio por 5€ en el acto. Le doy luz verde y por 7€ y en 10 minutos ya tengo la bici rodando. El cambio para nada se asemeja a un Shimano pero hace el servicio. Qué gusto que me pasen estas cosas aquí. Si me llega a pasar en España tengo que llamar a alguien para que me venga a buscar ya que en ningún taxi voy a poder meter la bicicleta. Después acudiría a un taller de bicis y me dirían que me la tienen para dentro de unos días en el mejor de los casos y por un mínimo de 60€. Qué lejos quedaron esos tiempos de reparaciones y no de reemplazos como hace todo el mundo en nuestro mundo tan civilizado.

Subí las cuestas de Kambe feliz dirigiéndome a las tonga mountains y al bosque que lo atraviesa cuando sin darme ni cuenta está lloviendo a mares.

Me refugio en una escuela pensando que sería un chaparroncillo pero el diluvio dura 1 hora y media. Finalmente acaba y salgo. Al poco tiempo vuelven los paisajes de ensueño con las plantaciones de té, los ríos súper caudalosos y las aldeas llenas de niños que te gritan White man!! para saludarte.

Además es todo bajada, es como un sueño: Cambio nuevo, paisaje impresionante y gente entrañable por todas partes, qué maravilla.

En el camino me voy topando con campesinos de todas las edades con fardos en la cabeza cargados de mazorcas de maíz. Me saludan moviendo los ojos mucho pero sin mover la cabeza ni un ápice por el peso que soportan en sus

Cabezas claro.

La única cuesta que me encuentro la está subiendo un chico como de diez años a la vez que yo. Le sonrío, y sin dudarlo me empuja la bici hasta arriba de la colina. Yo me dejo claro, y cuando llegamos arriba le digo que suba al sillín y le bajo toda la colina que teníamos por delante. Asange saluda a todos los transeúntes orgulloso del negocio redondo que ha conseguido.

Prosigo y en la siguiente cuesta me encuentro con tres niños con bicicletas hechas por ellos mismos, pero en madera, incluso las ruedas. Alucinante, lo que no puedas tener en este continente te lo fabricas.

Llego a Misagé finalmente a principios de la tarde y pregunto por  la misión católica. Me indican, llego hasta allí y me presentan al Padre Emanuelle. Al padre Emanuelle no consigo metérmelo en el bolsillo y me pone excusas sobre que no tienen espacio y cosas que cualquiera con dos dedos de frente jamás se creería. Así que me despido y pregunto si hay algún hotel. Me indican de uno pero las habitaciones dan verdadero asco. Decepcionado me acerco hacia la zona comercial y me tomo un pincho moruno. Entre mi decepción de no encontrar cobijo fácil y que soy el centro de atención de unas 250 personas decido seguir camino arriba a ver qué aparece.

Nada más pasar la primera cuesta veo una iglesia presbiteriana de tamaño bastante considerable. Adosado a ella hay una escuelita y un almacén. Pregunto por ahí y me dicen que el Pastor está en casa. Llamo a la puerta, le comento mi situación y me ofrece dormir en la escuela. Punto, set y partido.

Finalmente me instala en su despacho, monto la tienda dentro del mismo y me invita a su casa a cenar.

Entablamos conversación y me cuenta que la brujería es el primer atraso en África, que las tradiciones ancestrales siguen lastrando el desarrollo del continente y que le cuesta mucho convertir a ese tipo de gente. El Pastor Samuel ha vivido en Nigeria, República Centroafricana y Gabón, todos limítrofes con Camerún y siempre se ha topado con los mismos problemas. La conversación se vuelve de lo más interesante al contarme varios ejemplos de hasta qué punto la estupidez humana puede llegar con la brujería. Después repasamos un poco del desastre de funcionamiento que hay en su país y me pregunta cuál es el secreto del desarrollo en nuestro país. No sé bien cómo contestarle y le digo que podremos tener desarrollo pero que relaciones humanas faltan por todas partes.