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Nuestro compañero el Mekong

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Puestos callejeros con venta de batidos y bocadillos. En la imagen su dueña/o

Laos nos trae un montón de placeres pero, sin duda, el que más apreciamos son los batidos. Fruta troceada con hielo picado, un poquito de leche condensada, almíbar y a la batidora. Los encontramos en casi todos sitios y después de pedalear durante horas, que aparezca un puesto de “shakes”, como aquí los llaman, nos hace olvidar las palizas que manejamos.

Nos dirigimos hacia el sur de Laos así que pasamos por su capital, Vientiane. La ciudad no vale mucho, tiene algo de  aire colonial francés. Incluso tiene una Avenida de los Campos Elíseos, con su Arco del Triunfo y todo. Algo se puede parecer a París la avenida, pero sólo en el orden de los elementos con su arco al fondo y una avenida ancha que llega hasta él.

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Edificio colonial francés en Vientiane

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Campos Elíseos de Vientiane

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Una de las mil cascadas de Laos

Pasamos en Vientiane una noche y nos dirigimos hacia la Meseta del Bolavén, más al sur. La meseta tiene como recurso principal la plantación de café. La zona nos encanta no sólo por el peculiar modo de vida que sus habitantes tienen, sino porque está llena de cascadas. Así, de vez en cuando, aparece lo que para nosotros es un regalo de la naturaleza, una cascada en la que nos podemos bañar. Con este calor no podemos pedir nada mejor así que, aunque sea un poco duro el pedaleo, la zona nos da ciertas recompensas.

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La meseta de Bolavén

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Un Toc-Toc

En la meseta todo parece otro país. Las gentes son de otra etnia, con pieles mucho más claras, hablan otro idioma y la mayoría son agricultores. Trabajan el café o la yuca principalmente y lo trabajan en familia. El padre maneja una especie de tractor pequeño al que llaman Toc-Toc; en la parte de atrás llevan la cosecha y encima de la cosecha van su mujer y sus hijos. Si el hijo es mayor de diez años ya está capacitado para manejar el Toc-Toc, así que no es sorprendente ver niños manejando ni estos peculiares vehículos, ni motos. Las mujeres fuman como carreteros. Bien fuman largos puros, o bien fuman de una caña de bambú en la que colocan un puñado de tabaco al otro lado del tubo, absorbiendo el humo por arriba. Es curioso ver que sólo ellas fuman. Al verles volver del campo siempre vienen de barro hasta las orejas y, aunque seguro que han hecho jornadas maratonianas, siempre nos regalan sonrisas y saludos divertidos. Si su velocidad no es muy alta, aprovechamos para agarrarnos a su parte de atrás y así nos remolcamos unos kilómetros. Estupefactos, no ponen pegas a nuestra caradura.

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Mujeres contando mazorcas en la Meseta de Bolavén

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Laos rural

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Estirar las piernas es siempre un placer

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Puente de madera

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Búfalos por todas partes

El paisaje cambia por completo, con montañas algo rocosas y bosques algo más penetrables que la selva a la que estamos acostumbrados. Además, hay cascadas, ríos y puentes cada pocos kilómetros.
Pasamos allí unos días yendo de pueblo en pueblo por la meseta, bañándonos siempre que podemos y bebiendo mucho café. Aquí está buenísimo y nos lo ofrecen vayamos donde vayamos. Hasta pedaleamos con más energía de vez en cuando.

Aunque estamos en época de lluvias, no nos estamos mojando demasiado. Cada vez que llega el monzón nos cobijamos en los miles de techados que aquí instalan para la ocasión. Además es una buenísima ocasión para conocer gente. En esos techados siempre hay motoristas, que suelen ir con 3 o hasta 4 pasajeros y algún que otro ciclista esperando que pase el chaparrón. Es alucinante ver llover así. Llueve con una fuerza y una violencia espe
ctaculares pero como ya están acostumbrados, ellos hacen vida normal. Además, las infraestructuras están bastante preparadas para ello. La mayoría de casas son elevadas y de madera. Así cada vez que vamos a una casa hay que subir una escalera. Abajo suele ser lugar de reunión para comer o guardar un coche y animales.

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Parada en un techado mientras esperamos a que pase el chaparrón

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Un chiringuito a orillas del Mekong después del monzón


Vista y vivida la meseta, nos dirigimos hacia Camboya haciendo escala en las “4000 Islas”; un archipiélago que se forma en el lado laosiano del Mekong justo antes de entrar en Camboya. Pasar unos días allí nos apetece por ser unas islas con un estilo de vida muy tradicional, muchas cascadas y playas muy bonitas. Además, para llegar hasta allí la carretera va por la orilla del río, así que pedaleamos sin esfuerzo y con buenas vistas en todo momento.

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Un señor reparando su red antes de ir a pescar por el Mekong

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Puente de madera encima de unas cataratas.. Resbalaba tanto que mejor pasarlo a pie

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Arrozales vayamos donde vayamos

De vez en cuando hacemos paradas en unos chiringuitos bastante peculiares. Muchos de ellos están, literalmente, encima del río; las mesas, colocadas encima de un agujero que dejan ver el Mekong por debajo, están preparadas para que uno pueda comer con los pies en remojo. Pero eso no es lo más surrealista de la situación. La primera vez que vamos a uno de estos bares, colocamos nuestros pies en el agua y nos invade un extraño cosquilleo en las plantas de los pies que nos hace sacar los pies del agua inmediatamente, mojando nuestro plato de comida y parte de la mesa. Las que regentan el chiringuito nos explican que son peces, que no nos asustemos.

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Chiringuito donde los peces te hacen podoterapia

“Es que nos están mordisqueando”, le explicamos.

Ellas, muertas de risa, nos explican que es bueno que nos mordisqueen, se comen pieles muertas del pie. Un mes antes, en Tailandia, vimos alguna tienda donde la gente metía los pies en acuarios y cientos de peces les comían la piel seca. Nosotros no nos vimos atraídos por ese peculiar tratamiento. Ahora, en Laos, se repite la situación pero de forma natural. Finalmente nos acostumbramos a ello y hasta nos resulta agradable. Así que si alguien se anima a pedalear por Laos puede contar con café delicioso, cascadas preciosas donde darse un chapuzón y podoterapia gratuita.

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Templo Wat Phou en Champasak

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Día de barros

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Lagos de nenúfares

El peor día es aquel que decidimos ir, en vez de por la carretera, por un camino menos transitado y con pueblos más remotos. Mala idea la de ir por allí en época de lluvias. Sólo conseguimos avanzar 40 kilómetros en 7 horas de pedaleo. Hay tanto barro que no es posible avanzar en bicicleta y nos toca empujar como nunca. Empujar una bici cargada es una labor dura ya que es fácil que se caiga, el barro ralentiza mucho porque nos hundimos en él y frustra mucho. Además, el barro se acumula en el
guardabarros y se seca. Una vez seco choca con la rueda y es bastante difícil avanzar; es como si nos pusieran un freno. En efecto conocemos pueblos encantadores rodeados de jardines de nenúfares y verdes arrozales donde búfalos pastan a sus anchas que jamás olvidaremos. Sin embargo, al final tenemos la suerte de que esa carretera termina por la inundación y un barquero nos cruza al otro lado, a nosotros y a nuestro barro.

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Pedaleando entre arrozales

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Por fin el fin del camino embarrado, salimos de allí en barca

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Llegando a las 4.000 islas

Las “4000 Islas” albergan encantos como una especie única de delfín, pueblos de pescadores, cascadas y playas de río preciosas. Nada de ello conocemos porque nada hay como una hamaca a la orilla del río después de varios duros días de bicicleta. De ahí no hay quien nos mueva durante dos días antes de encarar la carretera rumbo a Camboya.

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Nuestras vistas desde el bungalow en Don Khon, una de las 4.000 Islas

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Nuestra actividad principal en las 4.000 Islas

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El mojilao. Un mojito de licor local de arroz que nos alegró más de una tarde

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Búfalos al agua


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Sabaidee Laos

La proa de la canoa con la que vimos el Lago Inle

Qué pena da irse de un lugar en el que estamos a gusto. Así estamos en el lago Inle, donde hemos conocido a una pareja de colombianos con los que intimamos y vemos todo lo que hay que hacer en este espectacular lugar.

Conocer el Lago Inle nos supone zambullirnos en una cultura de la que no tenemos ni idea y que es única en el mundo.

En este lago los pescadores tienen una forma única de pescar. Solos, manejan canoas de unos 5 metros de longitud. Se colocan en la proa manteniendo el equilibrio de forma asombrosa y, con un remo larguísimo que sujetan con una pierna, justo detrás de la rodilla, consiguen remar moviendo la pierna con una agilidad admirable a la vez que lanzan sus redes. Verles en acción es un auténtico espectáculo; su equilibrio, mientras se apoyan con un solo pie en una canoa estrechísima mientras lanzan una red a la vez que reman con un pie, es alucinante.

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Pescadores que reman con una pierna. Lago Inle

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Uno de los monasterios que hay en el lago

Por todo el lago hay islas que son templos donde viven comunidades de monjes budistas, así como pueblos flotantes y hasta huertos flotantes. Su gente vive una vida totalmente ajena al mundo moderno y las comunidades que habitan en
él dependen del lago en su totalidad para subsistir.

Pues bien, después de pasar allí unos días, ajustamos las bicicletas, que ya llevan unos kilómetros encima, nos vestimos preparados para pedalear al calor tropical, montamos nuestras alforjas y por último nos despedimos de la encantadora señora que regenta el hostal donde nos alojamos. Muy apenada nos pregunta dónde nos dirigimos. Le decimos que hacia Tachileik, la frontera con Tailandia. De repente la cara le cambia de color y en su inglés infantil nos dice que no, que no podemos irnos. Hay una gripe porcina en el país y han cerrado las fronteras terrestres. Contrastamos la información en Internet y, en efecto, la frontera está cerrada. Sin fecha de apertura. Puede ser mañana como en dos meses. Ella nos dice que vayamos a la otra frontera, la del sur, pero claro, no se da cuenta de que nuestro medio de transporte es una bicicleta. Llegar a la frontera que nos dice puede suponer 10 días de pedaleo y un cambio total de planes, ya que nuestra idea es entrar en el norte de Tailandia para luego ir a Laos.

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El embarcadero del lago, donde se organizan mercados acuáticos

Empezamos a estudiar opciones y la que más nos convence es bajar a Yangon, la antigua capital de Myanmar, y tomar un avión a Chiang Mai, al norte de Tailandia. Así podemos conocer la antigua capital de Myanmar, que nos la íbamos a perder. Todo parece bastante amable dentro de lo que cabe. Cogemos un autobús nocturno y llegamos a Yangon.

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A las 5.30 AM los monjes van por la ciudad recogiendo alimentos que sus fieles les preparan. Yangon

En el aeropuerto de Yangon tengo muchos motivos por los que estar preocupado:

  • Nos piden cuarenta dólares por bicicleta en el avión
  • Vamos con 13 kg de equipaje extra, lo que puede suponernos 130 dólares
  • Son las 14.15 y el avión sale a las 15h

A la azafata del aeropuerto le decimos que en la agencia no se nos ha informado del sobrecoste por el transporte de las bicis. Cuela. La bolsa que pesa 13kg más le decimos que no nos la llevamos y en cuanto se da la vuelta la metemos como equipaje de mano. Cuela. Enseñamos los billetes a todo el que está delante de nosotros antes de la aduana para que nos dejen pasar y llegar al avión que ya está embarcando. Cuela.

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El lago lleno de nenúfares y Magnífica mojándose los dedos del pie

Así que sin saber bien cómo, allí estamos sentados en ese avión de hélices rumbo a Chiang Mai. Empieza a llover de tal forma que pensamos que no va a salir el avión, pero arrancan motores y con todos los pasajeros asustados, el avión despega sin contratiempos. De nuevo estamos en Tailandia, esta vez en el norte, en Chiang Mai, con idea de pedalear hasta Laos.

Chiang Mai es una ciudad llena de templos impresionantes, los barrios tienen las puertas de las casas siempre abiertas y es muy fácil ver la vida tailandesa de puertas adentro. Sus mercados nocturnos nos encantan y volvemos a probar todo tipo de comida a precios de broma antes de subirnos de nuevo a nuestras bicis rumbo a Laos.

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Cada templo es un mundo. Hay algunos que nos dejan alucinados. Carretera a Chiang Rai. Tailandia.

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Gallos de pelea

Pasamos unos días pedaleando hasta llegar a Chiang Rai, la última ciudad grande antes de llegar a la frontera entre Laos y Tailandia. Las carreteras son bastante amables con nosotros. Hay buen arcén, no hay mucho tráfico y el paisaje es precioso. Recorremos verdes montañas de selvas frondosas, muchos arrozales y pueblos con mucho encanto en los que la cosecha de arroz es el pan de cada día.

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Entrando a Chiang Rai

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Arrozales por todas partes

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Todo es sabroso, pero picante

En todos los pueblos encontramos dónde comprar refrescos fríos y platos de comida deliciosa y a buen precio. Incluso nos sorprende encontrar cafeterías modernas con café de autor servido en vasos tamaño XL con tanto hielo como café. Parece que en España la moda de los cafés de autor ha llegado más tarde que aquí. Paramos en numerosas ocasiones a reponer fuerzas en estos cafés. Nos encanta el Mocha helado que en todos sirven, su aire acondicionado a gélidas temperaturas y la conexión wifi que tienen, incluso estando en medio de la nada.

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Café moderno hipster en medio del arrozal

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Carreteras verdes tailandesas

Hace dos años que sigo por las redes sociales a Begoña y Hugo, una pareja de donostiarras que abandonaron una vida acomodada por darse la vuelta al mundo en bicicleta sin fecha de vuelta. Les conocí en Dushanbé en 2015, mientras recorría la Ruta de la Seda. Entonces nos alojamos en casa de una francesa que acogía a cualquier viajero que su medio de transporte fuese una bici y allí coincidimos. Hicimos buenas migas y seguimos en contacto. Habiendo pasado por India, Myanmar, China, Mongolia, Japón, Filipinas y bajado por China, ahora da la casualidad de que se encuentran en Laos y parece que nos cruzamos, así que genial.

Encontrarnos con ellos es una maravilla. Escuchar sus historias, la de anécdotas que tienen que contar después de recorrer todos esos países y verles de nuevo nos encanta. Nos despedimos al día siguiente después de pasar un día entero con ellos. Con mucha pena les damos un hasta luego y recorremos los 10km que nos quedan hasta la frontera con Laos.

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La eterna pelea de las aduanas y las bicis

Llegamos a la aduana y, después de bastantes problemas con mi pasaporte, conseguimos entrar. La idea es bajar el río Mekong hasta Luang Prabang en un barco. La carretera es bastante montañosa y siendo la época de lluvias no es lo más recomendable pedalear por allí, así que al día siguiente nos embarcamos durante dos días en ese barco que nos lleva hasta Luang Prabang.

El barco es bastante grande y los asientos son asientos de coche usados que han clavado en el suelo de madera para que la gente pase la travesía lo más cómodo posible. No hay más que un solo piso y el techo es de chapa, donde van nuestras bicis. El capitán va delante bebiendo cerveza sin descanso y detrás vamos un grupo de unas 50 personas, todas sentadas en esos bancos poco uniformes ya que hay asientos que pueden ser de un Mercedes 190 como de un Toyota Corolla. Hay una tripulación de tres chavales que ayudan al capitán cada vez que se para en las aldeas de la selva a recoger pasajeros. Con enormes palos de bambú tocan el fondo y dirigen el barco hacia las playas donde hay pasajeros. Les recogemos y seguimos río abajo.

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El slow boat que baja el río Mekong hasta Luang Prabang

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La vida dentro del barco

La gente viene cargada con todo tipo de enseres de lo más dispar como sacos de alimentos, gallinas o electrodomésticos. Toda la carga la sitúan en un almacén que tienen en la parte de atrás, al lado del sonoro motor de gasoil que hará que este peculiar barco descienda el Mekong. Cada parada, el barco se llena de un humo negro que nos hace tener que taparnos la boca para no inhalar gasoil. A mitad de camino hace parada en Pakbeng, allí nos depositan hasta las 9 de la mañana del día siguiente donde el barco zarpará rumbo a Luang Prabang. Pakbeng es un pueblo de piratas de río en el que no hay nada, pero hay de todo. La impresión al llegar es que no hay nada, pero luego al llegar te ofrecen de todo, hay bastantes restaurantes y también muchas tiendas de comida. Está claro que la principal fuente de ingresos son los barcos que por allí hacen escala.

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Pakbeng de noche

Laos nos parece muy diferente de Tailandia; se circula por la derecha, lo cual agradecemos; su gente es amabilísima, la comida tiene influencia francesa debido a su pasado colonial, y el país se ve mucho menos desarrollado que Tailandia. Las sensaciones son muy buenas desde que entramos en este país. Ahora nos encontramos en Luang Prabang, una ciudad preciosa de arquitectura colonial mezclada con impresionantes templos budistas que nos tiene encantados. Por más que recorremos sus calles no nos cansamos de ver sitios preciosos, rincones peculiares y situaciones muy auténticas. Pronto empezaremos a pedalear hacia el sur del país, rumbo a Camboya.

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El Palacio Real de Luang Prabang

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Venta de sombrillas

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La colonial Luang Prabang

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Monumentos budistas en cualquier rincón

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Hay que ir tapada y guapa para entrar a los templos. Magnífica siempre cumple con la ley

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Panadería francesa en Laos

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Acampados en un colegio tailandés. Los niños nos trataron genial