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La Ruta de la Seda

Llevo muchos años queriendo conocer Asia Central. Viajé por Turquía hace unos años y me quedé con muchas ganas de conocer Irán y los “Tanes”, así que ahora es el momento de llevar a cabo mi sueño.

Wikipedia define la Ruta de la Seda así:

“La Ruta de la Seda fue una red de rutas comerciales organizadas a partir del negocio de la seda china desde el siglo I a.C., que se extendió por todo el continente asiático, conectando a China, con Mongolia, el subcontinente indio, Persia, Arabia, Siria, Turquía, Europa y África.”

Mi idea es salir de Teherán, subir Turkmenistán, seguir hacia Uzbekistán pasando por Samarcanda, hasta llegar a Tajikistán. De ahí, subir a Kirguizistán por la Carretera del Pamir, la segunda carretera más alta del mundo (4.600m) y entrar en China para desde ahí bajar a la India. Veremos si llego! Aquí unas imágenes de por dónde quiero ir:

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De camino al Wakhan Corridor

Me costó unos 12 sprints, gritos, patadas al aire y todos los insultos que existían en la peor esquina de la peor barriada de las afueras de mi lejano Madrid, y aún no conseguía deshacerme de ellos. En muchas ocasiones salían de un matorral y no había cómo huir, en otras les veía venir y por más fuerte que pedalease, siempre me iban a alcanzar. Los perros han sido mis peores enemigos hasta ahora. En Turkmenistán me libré del mordisco de uno por centímetros y por fin en Tajikistán conocí la manera de ahuyentarlos.

Podíamos llevar 4 horas subiendo y nos quedaban otras 5 horas de subida. El Khaburabot son 3200m de image-6altura, así que subirlo no iba a ser coser y cantar. El camino estaba lleno de piedras del tamaño ideal para que la rueda de delante patinara por la lluvia del día anterior y te fueras al suelo sin casi darte cuenta. De pronto, otra vez un perro, ladrando muy fuerte y directo hacia mí; su cara de furia presagiaba otro momento de pavor del cual no iba a ser capaz de salir. Pedaleé un poco más fuerte, pero era inútil con ese peso y cuesta arriba. Ya cerquita le insulté a grito pelado como si de mi peor enemigo se tratara, pero nada le disuadía. Pasé una curva gritando y de repente apareció un niño de unos 10 años que pastoreaba unas ovejas. Nada más oír mis gritos de miedo le entró la risa, levantó la mano como si tuviera una piedra, y el perro que me pisaba los talones se dio media vuelta y bajó monte abajo.

image-9Exhausto y aliviado, pensé en besarle o abrazarle pero claro, mi orgullo estaba a la altura del betún. Aquel chavalillo de monte me había visto totalmente acongojado, gritando a todo lo que daba mi voz y pedaleando con todas mis fuerzas para huir de un perro que con sólo levantar la mano se hubiera ido por otro sitio. Los urbanitas como yo no conocíamos esta técnica y sin duda yo había hecho el ridículo con él, incluso seguía riéndose de mí… Yo me reí también, por empatizar con el joven pastor, pero no porque me hiciera la más mínima gracia la situación que acababa de vivir. El caso es que a día de hoy ya he tenido otros dos encontronazos y la técnica de la piedra ficticia va como la seda, ya podían habérmela enseñado antes. Ahora yo tengo el poder y los perros ya ni me tosen.

Continuamos monte arriba y todo el esfuerzo que estábamos haciendo se olvidaba si conseguíamos mirar en algún momento hacia los lados y ver el paisaje. Era algo alucinante, montañas verdes interminables con riscos altísimos y un río bien caudaloso debajo. Cada vez que nos cansábamos parábamos, mirábamos a los lados y bebíamos un poco de agua helada del río y era como arrancar de nuevo. Sólo de pensar en la suerte que teníamos de estar en ese lugar y ser uno de los pocos que se atreve a subirlo en bici, valía la pena.

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Por fin llegamos a la cima después de 50km de subida y nuestra alegría no pudo ser mayor, lo habíamos conseguido. Habíamos subido la M41 por la vertiente norte, la más dura, pero la más impresionante. Nos abrigamos ya que ahí arriba había hasta nieve, y lo que pensábamos que iba a ser una preciosa bajada, fue la mayor tortura que se puede vivir en una bajada. El camino tenía una pendiente fortísima y seguía lleno de piedras, con lo cual no hubo forma de soltar los frenos en los 30 km de bajada que hicimos. Cada piedra que pisábamos, parecía que se nos iba a partir la bici en dos y teníamos que controlar bien la velocidad porque llovía y todo era muy resbaladizo.

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Al fin llegamos abajo y nuestras bicis daban pena. La Gerarda se había quedado sin pastillas en el freno delantero, la cubierta delantera tenía una pequeña raja, los cambios no hacían ni caso de lo que se les pedía, se me rompió un enganche de la alforja trasera, el manillar llegó casi del revés, cada maneta de image-10freno a una altura distinta, el sillín caído y el premio gordo: el transportín trasero partido. Todas las demás averías eran subsanables porque llevaba repuestos, pero el transportín trasero iba a necesitar de una buena soldadura porque aún me quedan muchos puertos como el Khaburabot. Iba a necesitar a McGyver para salir de este aprieto y aquí McGyvers, en medio de las montañas tajikas, no abundan.

Llegamos a Khorog después de dos días de pedaleo espectacular junto a un río maravilloso de agua helada, el Panj, que separa Tajikistán de Afghanistan. Era una maravilla pedalear al lado de un río así. Contábamos con agua para lavarnos y cocinar, el clima era más fresco y acampar en sus playitas era una experiencia muy superior a dormir en un Shilton, el hotel que tiene todo lo del hotel Sheraton y el hotel Hilton a la vez.

image-12Conseguí llegar con el transportín atado con alambres, la alforja atornillada, los frenos apañados y varias chapuzas más con la esperanza de que en un pueblo de mayor tamaño como Khorog, alguien tuviera máquina de soldar e ideas brillantes para poner a punto a La Gerarda para la siguiente fase: el Wakhan Corridor. Nos instalamos en el Pamir Lodge después de no probar una cama durante 12 días y el ambiente no podía ser mejor. Varios ciclistas de varias nacionalidades venían de recorrer el Pamir o bien iban en nuestra dirección. Yo sólo pensaba en encontrarme con alguien que supiera cómo dejarme bien mi bici.image-7

Bajito y con cara de buena gente, Eneko entró en el Lodge unas horas después de habernos instalado nosotros. Él ya llevaba allí un par de días recuperándose de una fuerte indigestión. Me presenté y, siendo los únicos españoles del lugar, pronto hicimos buenas migas. Le pregunté si sabía de frenos de disco y me dijo que sí, y de repente suspiré aliviado. Aunque hubiera cambiado las pastillas, había algo en mi freno que no iba bien. Eneko fue el hombre que yo necesitaba en el lugar que yo necesitaba. La suerte me guiñó un ojo encontrando a alguien tan buen mecánico y con tan buen corazón. Eneko consiguió arreglarme los pistones de mis pinzas de freno, que estaban atascados, diseñó un refuerzo para mi transportín que nos soldaron al día siguiente, reajustó mi manillar y apañó mis alforjas…

Encima ahora somos tres para recorrer las semanas que nos quedan hasta Kirguizistán, así que no puedo estar más contento de haberle conocido.

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Moscas sin mal de altura‏

Se me hacía extraño ver que una nube de moscas pudiera volar a 20 kilómetros por hora. También se meimage-15 hacía extraño que todas estuvieran merodeando mi alforja delantera, pero bueno, estaba en plena subida al puerto de Khargus y no iba a ser esa mi preocupación.

Si no fuera por la subida, aquello era un paraíso. La cordillera del Hindu Kush con montes de 7000m anuestra derecha, enfrente Afghanistan y abajo el río Panj bajando a toda pastilla. Por todos lados había praderas verdes donde tumbarnos cuando queríamos y ríos helados donde bañarnos y abastecernos de agua. Era difícil que mis moscas y yo pudiéramos pedir algo mejor.

image-16Por fin paramos en el último checkpoint a 4.100m de altura y ya empezábamos a notarlo. Nos ahogábamos un poco al pedalear y nos entraba un poco de mareo, pero era difícil pararnos. Nuestra alegría de estar ahí era enorme. Habían sido muchos meses viendo fotos de ese lugar en el que nos encontrábamos, habían sido muchas horas delante del ordenador viendo esa misma ruta que estábamos recorriendo. Cada poco se me ponía la carne de gallina de estar donde estaba y de subir tan alto a lomos de La Gerarda, que traqueteaba como una carraca de lo cargada que iba. Tuvimos que llevar provisiones para unos tres días, ya que no íbamos a encontrar nada en la ruta, y se notaba bastante el peso. Eran tantas horas escuchando el traqueteo de las bielas y de las ruedas que ya hacía percusión con mis manos en el manillar y con el sonido de los bajos de mi bicicleta.

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De pronto, entre la nieve vimos una marmota enorme cruzando el camino. Más alegrías si cabe.

image-23Paramos en otro prado paradisíaco a comer. Nos disponíamos a cocinar un arrocito con tomate, así que abrí mi alforja pidiéndoles paso a las moscas y me encuentro con que el bote de tomate que había comprado un día antes, se me había abierto por los baches del camino. Ahora me explicaba por qué tenía esa compañía durante tanto tiempo. Era genial encontrarme todo lo que llevaba en mi alforja teñido de color rojo y apestando a tomate Orlando.

Por supuesto fui el hazmerreír de mis compañeros, y el arroz, en vez de tomarlo con tomate, lo tomamos con ajo.

Acampamos en un lugar impresionante con bastante frío, y a laimage-24 mañana siguiente nada más abrir la cremallera de la tienda de campaña y ver dónde estaba, se me escapaba una sonrisa que me duraba minutos, y toda la piel se me ponía de gallina de la emoción. Agradecí hacerla acompañado porque en 24 horas sólo nos cruzamos con un coche; todo lo demás, marmotas y pájaros.

Continuamos y pasamos por unos lagos espectaculares de agua transparente. Una pena no bañarnos, pero estábamos muy altos y hacía bastante frío.

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Estábamos despidiéndonos del Wakhan corridor para metermos en la M41, la Pamir Highway, la segunda carretera más alta del mundo. Agradecimos que estuviera asfaltada porque llevábamos muchos días pedaleando por caminos llenos de baches, arena, rodadas y agujeros que hacían bastante complicado el pedaleo. Si no poníamos los cinco sentidos en la bici era muy fácil perder el equilibrio y morder tierra.

image-25Entramos de lleno en el altiplano del Pamir, una carretera bastante llana que no baja de los 4.000m y llegamos a Alichur, el primer pueblo después del Wakhan Corridor.

Aquello parecía otro mundo. El pueblo entero era blanco, y entre las casas vimos las primeras yurtas, una especie de tiendas de campaña con forma de iglú que emplean las tribus nómadas del Himalaya, algo que no habíamos visto en todo Tajikistan, pero lo que más nos impresionó fue la gente. Todos tenían los ojos achinados, la piel morena y vestían de una forma muy diferente a lo que habíamos visto. Los hombres llevaban un gorro en forma de pluma y las mujeres tapaban su pelo con pañuelos muy coloridos y preciosos, y llevaban pendientes brillantes, generalmente de aro.image-19

La gente del Pamir se siente más kirguiz que tajika por temas de la guerra civil y es por ello que no sólo hablan otro idioma, sino que también han atrasado una hora sus horarios para ir a contracorriente del país que repudian, Tajikistan.

Ahora nos encontramos en Murgab, donde hemos coincidido con bastantes ciclistas que vienen de muy lejos y el ambiente es muy bueno. En poco tiempo entraremos en Kirghizistan, pero antes tenemos que pasar el Akbaital Pass, el puerto más alto de nuestra ruta, a 4.655m de altura. Los ánimos siguen por las nubes, así que tenemos muchas ganas de “atacarlo”.

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Un hasta pronto

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Pues sí, llegó la hora de terminar el viajazo por la Ruta de la Seda. Han sido cuatro meses inolvidables en los que sólo he tenido experiencias positivas. Unas alucinantes, y alguna que otra dura, pero de todas he aprendido y siento que he quemado esa inquietud que tanto me inquietaba (valga la…). Dicen que los que tenemos “culo de mal asiento”, o buscamos esos asientos nuevos, o nos caemos de la silla. A mí me pasaba eso. Necesitaba hacer este viaje. No huía de nada ni de nadie, simplemente buscaba conocer esas culturas que tanto me atraían y recorrer con mi querida Gerarda una ruta milenaria como es La Ruta de la Seda.

He cenado en un club de polo en Teherán con altos ejecutivos y he dormido con pastores kirguises sin más riqueza que su generosidad. No puedo decir que una experiencia sea mejor que la otra, o que me haya enriquecido más desayunar leche de yegua que huevos con bacon. Todo lo que he vivido en estos cuatro meses ha sido inolvidable y hacen de mí una persona un poquito más feliz y con un poquito más de conocimiento sobre lo que pasa ahí fuera, ahí al lado, en lugares que están muy cerca o muy lejos, según el punto de vista.

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Ahora que ya he vuelto a mi querida Madrid me preguntan qué es lo que más me ha gustado, qué momentos han sido más duros o qué he echado más en falta.

Después de recorrer Irán, Turkmenistán, Uzbekistan, Tajikistan, Kirguizistan y la India (este último sin bici), puedo decir que la mejor gente la he conocido en Irán. Me ha encantado romper con esos prejuicios que aquí se tienen sobre los musulmanes y sobre la Yihad. Cuánta gente habla sin decir nada, cuánta gente cree a pies juntillas lo que los medios propagan. En Irán sólo he encontrado una generosidad y una hospitalidad impresionantes para lo que estamos acostumbrados aquí. Allí no es que sea normal acoger a un extranjero, sino que es un honor. Es muy normal que te exhiban como un trofeo cuando te quedas en casa de alguien, enseñándole a todo el mundo la suerte que tienen de tenerte en su casa, como narré en el post de La Visita al Chiíta.

En Turkmenistán encontré un país cerrado a todo lo exterior, desértico y hospitalario. Considerado uno de los países más cerrados del mundo en cuanto a censura se refiere, mi experiencia fue increíble, conociendo gente que me ayudaba sin buscar nada en mí.

En Uzbekistán rompí con la soledad y encontré un compañero de viaje. Descubrí las ventajas de viajar acompañado y de compartir las experiencias. En cada lugar nuevo que conocía me acordaba de todos esos amigos que hubieran disfrutado de ese lugar tanto como yo. Viajar solo es bonito, pero si lo puedes compartir con alguien se puede convertir en el doble de bonito.

En Tajikistán descubrimos la dureza de la naturaleza, con subidas interminables, climas muy duros y un paisaje de quitar la respiración, donde nos dimos cuenta de lo vulnerables que somos ante lugares así. Conseguimos atravesar la Cordillera del Pamir, y su mítica M41, la segunda carretera más alta del mundo, vencimos al Wakhan Corridor, que dejó nuestras bicicletas para el arrastre mientras divisábamos al otro lado del río Panj la pobreza de Afghanistan.

Y Kirguizistan, ese país del que nada me informé y tanto me sorprendió. Sus montañas verdes llenas de caballos salvajes nos conquistaron y conseguimos lidiar con su gente. Nómadas con cara de pocos amigos y corazones enormes.

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En India descubrí un país que no se corrompe, que sigue impasible ante la influencia de lo moderno. Mi primera visita a este país la hice hace 14 años y los únicos cambios que he visto han sido nuevos cajeros automáticos, coches de mejor gama y smartphones. Para todo lo demás, India y sus situaciones cotidianas acompañado de la mejor compañía posible.

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Podría escribir mucho más acerca de este viaje, pero ya estoy en Madrid, viviendo experiencias inolvidables también. Creo que lo bonito de los viajes es volver, e intentar aplicar lo aprendido en nuestro día a día, así que en ello estoy ya.

Tengo muchas ganas de veros a todos, es por ello que en Slowroom, el lugar desde donde partí, el lugar donde todo empezó, organizamos una expo de fotos sobre el viaje. Será el Jueves 17 de Septiembre y me encantará ver a todo el que pueda pasarse. Os cuidaremos con cervecita fría y bicicletas bonitas, ¿qué más se puede pedir a esta vida?