Una noche en los Polígonos de Irán

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Si me quedaba en el mismo sitio más de un día, la agenda se me llenaba de eventos, me gustase o no.

 El día había sido de lo más completo. Por la mañana fuimos a visitar a Mehdi, amigo de Abbas, mi anfitrión en Daland, que necesitaba saber cómo hacer para irse a vivir a Europa. Pues bien poco podía hacer yo desgraciadamente. En Teherán está la embajada y allí debes pedir los papeles, una vez que te los den, me llamas y yo te busco lo que sea. Esta era mi respuesta habitual ya que era bien complicado que les dieran los papeles. Si dieran los papeles a todo el que le digo cómo conseguirlos, se me junta una en Madrid que no quiero ni pensar.

   Después fuimos al río un equipo bien divertido. Abbas y sus      dos hijos: Ehsan e Imán, y Houssein, el íntimo de Abbas con su   hijo Mahmoud, el cual cada vez que quería decirme algo, me lo  decía o bien sujetándome del brazo, o bien aferrándose a mi  hombro, o bien cogiéndome de la mano.  Esto era bastante  habitual en el mundo musulmán, pero yo no me acost

3umbraba  del todo. Era una manera de mostrar su afecto y aunque  pudiera confundirse con gestos homosexuales, nada más lejos  de la realidad. No hay nada peor visto en la sociedad iraní que las relaciones homosexuales. De lo poco que sabían de España era en primer lugar: su fútbol, en segundo lugar, que los hombres se podían casar entre ellos y en tercer lugar algunos sabían de toros, de paella o de la Tomatina. El matrimonio entre hombres les parecía escandaloso y no lo podían entender de ninguna manera.

En el río pasamos un rato muy agradable los seis; Hossein, Abbas y yo charlando, y los otros tres haciéndose selfies y colgándolas en redes mientras intercambiaban gafas de sol entre ellos…

  Cocinaron brochetas de pollo en una hoguera que hicimos y  pepino en rodajas, presente en todos los rincones de este país.

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   Al regresar, Hossein me dijo que teníamos Party esa noche y    que no podía  faltar. A mí el concepto de Party en este país me  generaba por un lado  curiosidad, y por el otro rechazo.  Mezclar alcohol con gente de cultura  totalmente diferente a mí  nunca me ha funcionado. En Senegal hubo que  salir por la puerta de atrás de un bar, en Marruecos tumbamos a un guía  que contratamos en el Atlas, teniendo que guiarle nosotros a él, en vez de  él a nosotros, y una vez en Nueva York con unos rusos dicen que la monté  macarena después de beber vodka. Yo no me acuerdo de nada, como  dicen los que no quieren recordar. El alcohol aquí está prohibido pero  supongo yo que si había una fiesta, habría alcohol.

Houssein llegó puntual y de punta en blanco. Repeinado, con americana y con unas gafas doradas diferentes a las que llevaba en el río. Fuimos en su coche a las afueras de la ciudad donde había dos especies de polígonos muy iluminados. En uno entraban mujeres, y en otro hombres. Nada más entrar no me hubieran sobrado unas gafas de sol por la cantidad de luz que desprendían unas arañas bien voluminosas y que generaban un calor indecente. Aquello parecía un lugar de bodas, bautizos y comuniones de la carretera de Toledo. Mesas y mesas con sillas con lazos y flores en medio. Todas las sillas seguían plastificadas como si acabaran de salir de la tienda de muebles. Este detalle en Irán lo tienen para muchas otras cosas, como por ejemplo los coches. La mayoría de coches que quieren tener una imagen de nuevos aún llevan los plásticos en los asientos, y en alguna casa también los he visto en los sofás.

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Nos sentamos Hossein y yo con dos amigos suyos y al momento teníamos a unos 40 hombres mirándonos. La escena imponía. Fue curioso encontrarme con el dueño de la pastelería del pueblo. La pastelería fue el primer sitio donde paré hacía dos días sin conocer a nadie. Me regalaron unas magdalenas ante mi impresentable aspecto y me indicaron dónde podía acampar. Ahora veían que había prosperado, estaba limpio y me codeaba con la élite de Daland. Mi mesa parecía la de un ministro; la gente no paraba de acercarse a presentarse y a conocer a ese chalado español que pretendía llegar a China en bici. Después de las presentaciones una de dos, o selfie conmigo o foto de grupo.

Empezó a llegar la comida y nos sirvieron un plato con un plátano, un tetrabrik de zumo de piña y un pastel de hojaldre de primero, y arrancó la música en vivo. Era para mí una situación un tanto surrealista; empezaron todos los asistentes del mismo sexo a dar palmas y a seguir la melodía de ese peculiar tambor y de esa especie de violín. La música era buena pero lo más surrealista era ver a esa jauría de hombres bailando entre ellos, dando palmas y riéndose a más no poder.

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Llegó el segundo plato. En una bandeja traían latas de Cocacola o Fanta de naranja volcadas, y las distribuían a granel. Si no estabas al quite, te quedabas sin tu refresco, pero de mí estaba pendiente mucha gente así que sed no pasé. De comida arroz con pollo.

A mi mesa se sentaron el Doctor del pueblo, el maestro, los pasteleros, un policía, un juez, dos agricultores y todo tipo de gente deseosa de conocerme.

No hubo alcohol por ningún sitio, tampoco mujeres, pero desde luego allí nadie se aburrió. Unos bailaron todo lo que pudieron, otros socializaron, y otros se hacían fotos con lo que era la atracción del día, el ciclista de España.

  kibr