Welcome to Turkmenistan

Llegaba la hora de despedirse del país más hospitalario en el que he viajado: Irán. En ningún sitio me han tratado tan bien, ni me han cuidado como aquí. Por más que escribiese jamás terminaría de contar el sinfín de detalles que han tenido conmigo todos los iraníes con los que me he encontrado, desde que entré hasta que salí del país.

Mi visado se acababa y era el momento de entrar en Turkmenistán, ese gran desconocido que sólo expedía visados de tránsito de cinco días como máximo y que tiene el triste apodo de ser la “Corea del Norte” de Asia Central.

Así que pasé la aduana iraní sin contratiempos y al llegar a las puertas de la aduana de Turkmenistán se percibían cambios por todas partes. Sus militares no pasaban de los 20 años de edad, parecían becarios de la armada, y todos iban con un sombrero que estoy seguro era copiado de algún grupo de boy scouts canadienses. Todos los carteles estaban escritos en nuestro alfabeto, algo nuevo para mí. Otra cosa es que entendiera lo que dijeran esos carteles, pero leerlos, los podía leer perfectamente, encima eran todos de un dorado resplandeciente.

Muy asombrados ante mi medio de transporte, entré en la aduana que estaba limpia como una patena, toda de mármol beige brillante y con fotos del Omnipresente Presidente por todas partes. Como no conseguí aprenderme el nombre del que lo “gobierna”, prefiero llamarle así.

Lo primero que tenía que hacer era visitar a su doctor antes de nada. Así que entré a la consulta con cierta inseguridad acerca de qué podían hacerme. Me senté en una silla mirando la foto del Omnipresente Presidente vestido de Doctor con bata blanca, y el doctor quitó sus ojos de sus papeles y mirándome por encima de las gafas me preguntó

– eres el de la bici ¿no?
– sí – obvio que soy el de la bici si ni siquiera me he quitado los guantes y sudo
– pues entonces debes estar sano
– como una rosa, sir
– gracias, puedes continuar

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El paso siguiente era pagar 12 dólares de “tasa de entrada” y no aceptaban que se pagase en manats (su moneda) sino que debía de ser en dólares. Así fomentaban su economía desde el kilómetro cero. Allí me acerqué al mostrador y vi a un señor dormido encima de la mesa. Detrás suyo la foto del Omnipresente Presidente, esta vez vestido de traje. Carraspeé fuerte dos veces y por fin se levantó. Poco avergonzado ante su siesta, me cobró la “tasa de entrada” y ya sólo me faltaba que registraran mi equipaje y que me sellaran el pasaporte. Lo de mi equipaje no duró demasiado si tengo en cuenta todo lo que llevo. A la cuarta alforja ya casi ni me registraban los becarios de la armada. Estupefacto yo miraba la foto del Omnipresente Presidente que había detrás del scanner, esta vez vestido de camuflaje y con cara de guerrero.

Por fin entré en Turkmenistan y sin duda alguna, aquello era otro mundo. Principalmente porque después de casi 40 días en Irán, cualquier otro lugar me iba a parecer otro mundo.

Pedaleé los primeros kilómetros en busca de un sitio para cambiar dinero y al preguntar a una niña me indicó que en un café que había cerca, podía cambiar dinero.

Me acerqué al Café y como parecía estar cerrado, llamé a la puerta. Al momento me abrió la puerta una mujer. Una mujer rubia. Una mujer rubia sin velo. Una mujer rubia sin velo y con camiseta sin mangas. Una mujer rubia sin velo, con camiseta sin mangas y bermudas. Una mujer rubia sin velo, con camiseta sin mangas, bermudas y que me sonreía.

Lo escribo así porque mi cabeza funcionó así al verla. Tardé unos segundos en reaccionar. Para mí fue un shock experimentar un cambio tan grande en sólo dos kilómetros. Poder hablar con una mujer abiertamente, que vistiera de esa forma tan descocada y que hablase conmigo así me generaba bastante confusión.

Me invitó a entrar y empezó a recoger los restos de una fiesta que habían tenido la noche anterior. Botellas de cerveza vacías, mujeres en bermudas y música de Enrique Iglesias me daban la bienvenida a Turkmenistan.

imageEn Turkmenistán pasé unos días bastante apurados por no tener demasiado tiempo para cruzarlo y por el calor. El día que entré se me ocurrió seguir hacia la ciudad donde iba y a las dos horas me vi en medio de un desierto, con 45 grados de calor y sin donde parar. Se daba una situación peculiar porque después de haber recorrido bastantes kilómetros, no encuentras donde parar y lo único que puedes hacer es seguir. Sin saber de dónde, saqué fuerzas y conseguí 93 km hasta que llegué al mejor oasis que he visto. Un restaurante con aire acondicionado, comida totalmente nueva a lo que había probado y Ice Tea de Lipton en su nevera. Era como un sueño hecho realidad. Acabé de comer y tenían una tarta de galleta de postre que cada cucharada me parecía que mordía el paraíso. Me quedé allí hasta las 7 de la tarde y a las 7 seguí pedaleando de noche. Era la única forma de no asarse de calor.

Llegué a Mary y aquello fue una total ruptura de esquemas. Lo que yo pensaba que podía ser una especie de Varsovia de los años 70, era una ciudad totalmente moderna, llena de mega edificios con dorado por todas partes y avenidas y aceras anchas y muy limpias. Los coches eran una mezcla de coches de alta gama con vehículos de la Perestroika rusa muy peculiares y el Omnipresente Presidente estaba esculpido en varias esquinas de la ciudad.

Después de tres días así, llegó el momento de dejar el pais y entrar en uno nuevo, Uzbekistán.

Llegué al puesto de control con todo en regla salvo lo más importante, mi visado para el siguiente país, Uzbekistán, que comenzaba al día siguiente. Cuando pedí mi visado para Turkmenistán lo hice de forma que acabase el mismo día que entraba en Uzbekistán, pero cuando llegué a recogerlo a la Embajada de Turkmenistán me lo dieron de forma que terminaba un día antes de mi entrada en Uzbekistán. El error era de los hombres de Asuntos Exteriores del Omnipresente Presidente, pero si yo quería que me lo hicieran de nuevo tenía que esperar una semana en Irán, algo imposible ya que mi visado para Irán estaba a punto de acabar. Así que tenía que salir de Irán a toda costa.

Me comunicaron que debía salir de Turkmenistán a las 16:45 e intentar entrar en Uzbekistán después, cuando la Aduana de Turkmenistán ya estuviera cerrada, así que tenía que pasar el día en la Aduana de Turkmenistán, ya que aún eran las 10 de la mañana.

Cabizbajo me di la vuelta ante el de los pasaportes, mientras el Omnipresente Presidente me miraba vestido de general de sus fuerzas armadas.

image-4Pasé el día con los becarios de la Armada y con los funcionarios de aduanas. Hablé con todo el mundo menos con el Sargento que dirigía a la chavalería recién entrada en la Armada. No por nada, sino porque después de ver cómo les gritaba a los becarios en una de sus visitas rutinarias a la garita por donde pasaban los camiones, le cogí miedo. Fue en el momento en el que me estaba poniendo crema protectora en las piernas y fue de los pocos que no se me acercó a preguntarme por qué estaba allí desde las 10 de la mañana, con lo cual no había mucho argumento para entablar una conversación. Al rato de haberme visto se me acercó y me preguntó si podía darle un poco de crema y con gestos me dijo que tenía mal la rodilla. Por supuesto le tendí la Nivea en cuanto me la pidió. Aunque la crema protectora no sirva para la dolencia que el Sargento tenía, yo con tal de llevarme bien con él lo que hiciera falta. Después de su segunda ronda entre camiones, vino a verme y me dijo que ya no le dolía la rodilla. La Nivea de protección 20 te apaña tanto un roto como un descosido, claro que sí.

A las 16:45 me sellaron el pasaporte, me despedí de todos ellos y avancé hacia Uzbekistán. Pasé lo que denominan el “nowhereland” de las aduanas que estaba llena de camiones esperando un papel o algún documento que les dejase entrar y en la puerta de Uzbekistán me comunican que no puedo entrar hasta el día siguiente. Lo intento por todos los medios y argumentos pero nada, la ley ni los ciclistas la pueden incumplir, así que pasé la noche con camioneros de todas partes de Asia Central. Todos muy generosos conmigo y muy simpáticos. Dormí en un camion a pierna suelta y al día siguiente logré entrar en Uzbekistán. Ahora mismo escribo desde Bukhara, seguramente la ciudad más bonita en la que he estado en mi vida.

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