Where are you go?

Nuestra emoción al entrar en Tanzania es enorme, ya que hemos oído hablar mucho de este país y todo lo que hemos oído es bueno. La aduana la pasamos sin ningún contratiempo y en poco tiempo nos vemos cenando en un restaurante local probando comidas nuevas y entablando conversación con gente nueva.

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Así nos reciben los atardeceres en Tanzania

A nuestro lado se sientan un grupo de gente joven que nos pregunta si Magnífica es mi mujer o mi hermana. Esta pregunta es tan habitual como la pregunta de nuestra nacionalidad. Todo el mundo se interesa por nuestro vínculo. Les pregunto a los de la mesa de al lado por una especie de hojas amarillas que le echan a todos los platos y me invitan a probarlo. Todo el mundo me mira muy expectante mientras lo cojo. Yo, tanto por integrarme como por curiosidad, me meto sin dudarlo un par de esas hojas en la boca y de repente noto un incendio en mi lengua; pica a rabiar y no soy capaz de disimularlo. La cara se me pone roja, los ojos llorosos y de repente la nariz me chorrea. Al instante todo el público allí presente se desternilla de risa. Unos me dan la mano felicitándome, otros agachados se ríen del blanquito y la cocinera y su hija, que estaban embutidas en el guiso que estaban preparando, también salen para ver cuál es el motivo de esas sonoras carcajadas. Les cuentan que el Muzungu ha probado el piri piri y hasta tosen de la risa. Por más agua que bebo nada cambia, mi boca arde. Por lo menos les he hecho reír y sin duda hemos hecho migas con ellos. Al momento empiezan a bromear con una de las camareras y le dicen a Magnífica que la camarera ha preguntado por mi número de teléfono. Magnífica les dice que no se lo puedo dar y, estallando en risas de nuevo y llamándola Sister, le chocan los cinco unas diez personas allí presentes. El ambiente es de cachondeo constante y nos integran muy rápido. Parece que no va a costar mucho llevarse bien con los tanzanos.

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Haciendo la compra en swahili

Al día siguiente empezamos a dar pedales rumbo este. Queremos llegar hasta Zanzíbar, así que vamos a recorrer el norte del país encontrándonos de nuevo con las costas del Lago Victoria, para después atravesar la zona de los lagos y el reino Maasai para llegar a Moshi, a los pies del Kilimanjaro. 

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Las infinitas carreteras de este país

Pedaleamos por una región completamente distinta a las tierras ruandesas. Se acabaron los montes para empezar a atisbar símbolos de sabana, en una carretera mal conservada y que pronto se convierte en camino de tierra. Dónde quedarían esas carreteras de Ruanda con sus arcenes bien delimitados… pensamos.

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Los básicos poblados de Tanzania

Los pueblos por los que pasamos son bastante pobres y ya nadie habla inglés. De las pocas cosas que saben decir es “Where are you go?”. En la mayoría no tienen electricidad y el agua tienen que ir a por ella a los pozos que la Cooperación Internacional les dejó. Es frecuente ver a mujeres con cántaros enormes de agua en la cabeza caminando por un lado de la carretera. 

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Marabú, siempre presente allá donde haya desechos

Seguimos durmiendo en casas de gente que nos acoge y nuestra primera noche en casa de una familia tanzana fue tan peculiar como todas las que tenemos desde que estamos en este continente.

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Atardeceres sin igual

Después de recorrer una región de sabana bastante remota en la que cada pueblo dista mucho de los otros, encontramos un colegio donde pedimos pernoctar. Nos dicen que esperemos porque tienen que llamar al director. Nos sentamos en unos bancos en lo que parece un aula al aire libre y aparece una señora interesada en nosotros. Se presenta como Madame Coq y es profesora en ese colegio. Le comentamos nuestras intenciones de dormir en una de las clases y nos dice que mejor vayamos a su casa, que allí estaremos mejor. Aceptamos felices y al momento pega un grito a dos adolescentes que merodean por allí para que lleven nuestras bicis a su casa. Su casa queda justo detrás del colegio y pronto nos ofrece cacahuetes que está pelando una niña en la puerta de su casa. Madame Coq es de condición acomodada, cuenta con una amplia casa en la que conviven unas diez cabras, diversas gallinas e infinitos insectos. Su marido no tarda en llegar y se nos presenta. Nos costó entender su nombre, pero por fin lo desciframos: Deusgratias. No cabía la menor duda de su religión.

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Sopla el viento en contra y no dudamos en chupar rueda

Deusgratias nos trae un poco de maracuyá y lo comemos llenándonos la barbilla de líquido y pepitas, como es de esperar. Es una fruta poco amable para comerla a mordiscos pero después de no sé cuántos kilómetros en bicicleta cualquier cosa que nos engañe el estómago nos supone una fiesta.

Deusgratias nos enseña el pueblo y luce orgulloso los visitantes que tiene. Nos presenta a todo el mundo y todo el mundo se nos presenta. Pocos blancos pasan por allí y somos una fuente inagotable de curiosidad por saber cómo funcionan las cosas en el Viejo Continente. 

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Me siento a charlar con un exalumno de Deusgratias y me pregunta:

 – ¿qué diferencias hay entre tu país y el mío? Al ver a las mujeres del pueblo vendiendo sus cosechas en el suelo, le pongo el ejemplo de que eso en España no sería posible. 

 – El que quiere vender en España necesita de un permiso para vender, otro permiso para vender en esa zona, otro permiso de manipulador de alimentos y un local que pagar y mantener. Vender en la calle está prohibido-, le digo.

Muy decepcionado me agradece la explicación. 

A veces en este continente tienen una imagen muy confusa de nuestros países y se creen que es El Dorado. En todos los países que he visitado de este continente me pasa lo mismo y este tipo de conversaciones las he tenido más veces intentando hacer entender que venir a España les va a suponer una vida muy dura o incluso peor que aquí.

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Volvemos a su casa y Madame Coq ha sacrificado a una de las gallinas para el banquete de esa noche. Acompañado de arroz y plátano frito, no nos da mucha pena esa gallina y no dejamos ni un grano de arroz en el plato del hambre que manejamos ese día.

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El sentido del humor tanzano expresado en sus señales de tráfico

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Los pozos de agua

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La correa de la alforja de Magnífica se ha roto. No importa, aquí todo se arregla

 

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Primer país en el que vemos a mujeres montando en bicicleta

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Nos reencontramos de nuevo con el Lago Victoria

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Esperando que nos hagan hueco en el ferry que nos lleva hasta Mwanza

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Cuando nos fuimos de su colegio, las hijas de Sosthenes nos esperaban con un regalo